La silueta sigue siendo la de la Copa del Mundo. Una forma reconocible incluso para quien no distingue un fuera de juego de un saque de esquina. En ella no falta ni el pedestal ni las figuras que parecen sostener el planeta ni esa apariencia dorada que durante décadas hemos asociado a victoria, celebración y gloria. Lo que sí es distinto en cada uno de estos trofeos es el material.
La copa de Haití está construida con cuencos esmaltados, los mismos que sirven para recordar que más de la mitad de su población no tiene suficiente para comer. La de Costa de Marfil, con vainas de cacao, en referencia al trabajo infantil que continúa escondiéndose detrás de buena parte de su producción. La de República Democrática del Congo está hecha de piedra de cobalto. La de Marruecos, de tierra agrietada. Y en la española, los billetes sustituyen al oro.



Son algunas de las 48 piezas que forman Ganaron la Copa… ¿y qué más ganaron?, el proyecto con el que el creativo Kico Vidal ha decidido utilizar uno de los objetos más reconocibles del planeta para señalar precisamente aquello hacia lo que solemos mirar menos.
«La idea era simple: coger el objeto más deseado del planeta y reconstruirlo con la denuncia que se hace sobre cada país», explica.
Todo lo que queda fuera del estadio
El punto de partida está en una expresión bastante menos contemporánea de lo que parece: panem et circenses, el «pan y circo» con el que el poeta romano Juvenal criticaba a una ciudadanía dispuesta a cambiar participación política por alimento y entretenimiento. Dos mil años después hemos cambiado el circo romano por bastantes cosas. El fútbol sigue estando entre ellas.
Vidal, sin embargo, evita cargar contra el Mundial. «Soy consciente de los beneficios que ocasiona, tanto económicos como emotivos. No es que el Mundial sea culpable de las desgracias que ocurren en el mundo». El problema es otro: la potencia del foco.

Un Mundial es tan grande, tan brillante y genera tal cantidad de conversación que durante unas semanas parece difícil mirar hacia cualquier otro sitio. Y fuera de ese cono de luz siguen ocurriendo unas cuantas cosas.
Mientras Marruecos, España y Portugal preparan el Mundial de 2030, por ejemplo, miles de familias de la provincia marroquí de Al Haouz continúan reconstruyendo sus vidas después del terremoto de 2023. «Es sencillo criticar a los diferentes países. Todos tienen sus cosas malas. No existe el país perfecto», reconoce Vidal. «Pero no por ello debemos olvidar las cosas que siguen pasando».
Una imagen que tarda medio segundo en estropearse
Ahí está probablemente lo más interesante del proyecto desde el punto de vista visual. Vidal no deforma la copa ni la convierte en una caricatura. Hace justo lo contrario: conserva escrupulosamente su silueta para aprovechar todo lo que ya sabemos de ella.

«Tu ojo la identifica antes de leer el titular, porque llevas toda la vida viendo esa forma asociada a la gloria. Y entonces, medio segundo después, entiendes de qué está hecha de verdad».
Ese pequeño desfase entre reconocimiento y comprensión es el que hace funcionar las imágenes. Primero vemos una Copa del Mundo. Después vemos hambre, explotación, corrupción o destrucción ambiental. «No hace falta gritar para incomodar. Solo hace falta cambiar el material».
IA, sí. Pero no sola
Las 48 copas tampoco existen físicamente. Para construirlas, Vidal recurrió a un proceso en el que la inteligencia artificial tiene bastante protagonismo, aunque no todo.
La investigación inicial se apoyó en NotebookLM, de Google, y las pruebas visuales y de prompting pasaron por distintas herramientas y modelos, entre ellos Claude y ChatGPT, además de Magnific. Pero las imágenes generadas eran solo el comienzo.

Photoshop e Illustrator siguieron siendo fundamentales para terminar las piezas: corregir imágenes, incorporar elementos, ajustar las banderas y construir las composiciones tipográficas.
Una combinación que quizá explique bastante bien dónde empieza a asentarse la IA dentro del trabajo creativo: no necesariamente como máquina a la que se pide una imagen terminada, sino como una herramienta más dentro de un proceso que sigue necesitando criterio, edición y muchas decisiones humanas.
El foco pequeño
Vidal insiste en que el proyecto no pretende arruinarle el Mundial a nadie. «No hice las copas para que nos sintamos culpables, sino para que ciertos temas no se olviden aunque ya no sean de actualidad».

Porque esa es también una de las peculiaridades de la actualidad: los problemas rara vez terminan cuando dejamos de hablar de ellos. El Mundial, en cambio, volverá a encender su gigantesco foco. Habrá estadios llenos, himnos, audiencias millonarias, celebraciones y, finalmente, una selección levantando una copa dorada.
Estas otras 48 copas iluminan bastante menos, pero apuntan hacia lugares que también convendría seguir mirando.