Algunos gestos no parecen nada hasta que alguien decide mirarlos con suficiente paciencia. Sentarse dentro de un coche mientras entra en un túnel de lavado. Esperar en silencio a que el agua golpee el cristal, a que la espuma borre durante unos segundos la idea de exterior. O permanecer inmóvil mientras alguien te corta el pelo, como si en ese pequeño ritual cotidiano se estuviera