En un museo, sabemos cómo comportarnos ante una obra de arte. Nos detenemos, bajamos la voz, mantenemos una distancia prudencial. Si hay una línea en el suelo, no la cruzamos. Si una cartela explica lo que estamos viendo, la leemos, o fingimos que lo hacemos, antes de decidir qué nos parece. Todo está preparado para que entendamos que aquello merece nuestra atención. Pero ¿qué ocurre