Imagina que tienes cuatro años. A esa edad, el mundo debería ser un patio de recreo, pero tú ya has empezado a notar que tus códigos no coinciden con los de la mayoría. Notas que, cuando te dejas llevar, escuchas reprimendas: «Deja de hacer eso», «No te quedes mudita», «Estate quieto». Sin saberlo, empiezas a construir un muro. Empiezas a camuflarte. No lo haces para