Uno sabe cuándo llega a la Antártida, pero nunca cuándo se va. Federico Bianchini lo descubrió pronto. Había viajado hasta una base científica para escribir un reportaje —glaciares, líquenes, pingüinos— y para cumplir un sueño antiguo, difuso, heredado casi como una leyenda familiar. «No sé si de chico tenía una imagen de la Antártida. Mi abuelo me había contado una historia, y un amigo de