Allá en algún año que empezaba por 19-, el chico que me gustaba en el colegio tenía el número de teléfono de su casa escrito en su goma de borrar (quizá le tenía tanto aprecio a la goma que temía perderla si no estaba identificada). Se la pedí prestada cada día durante una semana para memorizar ese número con intención de poder llamar algún día