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El coliving como método para volver a ser nómada

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Volvemos a lo primitivo. Si hace miles de años el descubrimiento de la agricultura hizo replantearnos nuestra forma de funcionar e inclinarnos por el sedentarismo, ahora las nuevas tecnologías inoculan de nuevo el virus del nomadismo.

El coworking desembocó en el coliving. Ambos modelos de convivencia han demostrado solvencia como negocio. En los últimos tiempos, se ha avanzado un paso más con el nacimiento de una red de casas de coliving distribuidas por el mundo para dar vivienda y amigos a los nómadas digitales. El objetivo es crear un nuevo modelo vital. Que haya personas sin casa fija cuya vida sea un continuo tránsito de coliving en coliving.

Puede interpretarse de dos formas, como que el trabajo cada vez se come más partes de nuestra existencia o como que nuestra vitalidad y entusiasmo inunda como nunca las horas de trabajo hasta llegar a desarraigarnos de nuestro modus vivendi natural.

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Esta es la apuesta de Roam, una empresa que cuenta con casas en Bali, Hong Kong, Australia o Singapur. Fast Company relata que el fundador de la iniciativa, Bruno Haid, decidió emprender el proyecto después de vivir y trabajar como nómada digital desde sus 20 años.

La empresa pretende compensar la soledad y la desorientación que provoca trabajar de manera absolutamente independiente y vagando de un lugar a otro. Roam, al igual que un coliving habitual, busca conformar un pequeño hogar: una comunidad de vida integrada por profesionales de distintas ramas y procedencias. La novedad es que este pequeño hogar se diseminará por todo el mundo. El objetivo es que uno llegue a un país desconocido y se tope con personas que le orienten, le acompañen y, además, estimulen su trabajo y su creatividad a través del intercambio de ideas y perspectivas.

Suena algo utópico: los residentes en estos emplazamientos casi nunca serán los mismos y los hogares, entre otras cosas, se construyen con recuerdos comunes. No obstante, aunque la connotación familiar resulte exagerada, las estancias que ofrecen empresas como Roam sí construyen un sentimiento de pertenencia que ayuda en lo emocional y lo laboral.

En España, el proyecto de coliving Sende ha recibido a más de 600 personas de 41 nacionalidades en sus dos años de vida. Edo, uno de sus fundadores, explica esa necesidad de integración: «La gente que está viajando y trabajando independientemente normalmente busca una comunidad. La mayoría de ellos no quieren ir a un sitio y estar solos y esperar un par de meses para encontrar dos amigos. Un coliving crea un ambiente y una atmósfera para que gente así se sienta como en casa y pueda compartir, disfrutar y trabajar sin pensar en el tiempo de adaptación», cuenta a Yorokobu.

Sende se ubica en una aldea de Ourense de 20 habitantes. Cuentan con tres casas para el alojamiento, un espacio de trabajo común y varios jardines. Además, la empresa se dedica a organizar eventos.

Edo asegura que el negocio va bien y confía en que los coliving proliferarán: «Aquí, los que trabajan por cuenta propia facturaron más, con más creatividad y apoyo, que en su oficina o en su casa. En un coliving se puede mejorar. El trabajo deja de ser trabajo, pero los resultados del mismo aumentan».

El diseño de las estancias importa a la hora de fomentar el surgimiento de ese comunitarismo efímero. Roam, por ejemplo, en lugar de ofrecer cocinas pequeñas dentro de las habitaciones o apartamentos, ha optado por construir una gran cocina comunal.

Desde Sende, Edo cuenta que ha dedicado varios años de su vida a estudiar cómo optimizar los entornos de trabajo para mejorar la innovación: «Si un espacio no está humanizado, si se parece a una oficina típica, si no existe un proceso de networking y un equilibrio entre trabajar y el sentido de pertenecer y contribuir a la comunidad, no va a funcionar bien».

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Cuando llega un grupo desconocido al rincón gallego de Sende, los anfitriones dedican el primer día a cocinar con ellos, tomar vermut y hablar. «Luego la misma gente trabaja en uno de los jardines. En ese lugar se crea un beneficio porque quien tenga un problema puede compartirlo y probablemente va a recibir una solución. Después la gente va a hacer senderismo, sale excursión o de paseo, y ese es el lugar donde otras ideas nacen».

En Sende se puede reservar desde dos días a un mes, pero el intervalo más común ronda las dos semanas. También en Roam se ofrecen estancias desde una semana, aunque la idea es que los periodos sean más largos. En ambos casos, los precios superan lo que costaría un alojamiento medio en un apartamento. En Sende un mes cuesta unos 1000 euros (cuando se organiza un evento concreto para nómadas digitales), y en Roam la semana alcanza de 500 a 1800 euros.

Según Fast Company, Bruno Haid calcula que alrededor de 1,2 millones de personas cuentan con los ingresos y las condiciones como para vivir en sus localizaciones.

Para la mayoría de freelance, sobre todo para los españoles, los precios hacen que estos coliving se contemplen únicamente como alternativa puntual, no como modo de vida; quizás, en todo caso, como una combinación esporádica de trabajo y asueto. También las fotografías festivas que Roam y Sende comparten en sus redes inducen a pensar en el componente vacacional de estas iniciativas. Sin embargo, Edo aclara que «las fotos enseñan a gente que está pasando un buen rato, pero cada uno está trabajando, aprendiendo o creando mientras disfruta de la montaña, de la compañía y de la naturaleza. El modo de trabajo ‘de toda la vida’ está cambiando. Hoy se puede trabajar y disfrutar al mismo tiempo, y la gente que viene aquí ya entiende eso».

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