El sexo dura lo que dura la penetración (eso dice Pornhub). Las historias, lo que duran las stories (eso dice Instagram). Los objetos, lo que dura la novedad (eso dice IPhone). Las relaciones, lo que dura la pasión (eso dice Meetic).
Acortamos las cosas para alargar la vida. Es la nueva inmortalidad.
En el medievo, los artesanos heredaban las herramientas de sus padres. La paleta, el serrucho, la plomada trascendían a las generaciones sobreviviendo más allá de las mismas. Igual que sucedía con las narraciones o las moradas.
En su libro Cuentos Orientales, Margarite Yourcenar relata la historia de un matrimonio anciano cuyo único hijo, tras casarse, permaneció en el hogar de sus padres con su reciente esposa. Entonces ellos, cuenta Yourcenar, «tuvieron la elegancia de morirse».
La «elegancia» consistía entonces en conocer la duración natural de las cosas. Ni alargarlas ni reducirlas.
Pero con la devaluación de las creencias religiosas, la existencia humana se acortó dramáticamente. Pasamos de una vida eterna dividida en dos fases (la terrenal y la celestial) a quedarnos tan solo con la primera. Por eso tuvimos que alargar esta de todas las formas posibles, para disminuir la angustia que tan brutal recorte nos deparaba.
Eso explica el auge del ejercicio físico, los alimentos ecológicos, la cirugía plástica, la investigación para aumentar la esperanza de vida…
Y también explica la actual obsesión por abreviar la duración de las cosas. Es una cuestión de perspectiva que se puede describir con esta rocambolesca frase: si los hechos o los objetos que antes duraban más que nosotros ahora duran menos, eso quiere decir que ahora somos nosotros los que duramos más.
La realidad, todos los sabemos por experiencia, es que no existe más reloj que el que marca el tiempo de ser feliz.
Hay una historia apócrifa que explica esto de una forma muy gráfica: un caminante se encontró en una ocasión frente a un pequeño pueblo. Antes de entrar en el mismo atravesó su cementerio, donde descubrió con horror que todas las tumbas eran de niños pequeños. Cada uno de ellos apenas sobrepasaba los ocho o nueve años.
Al cruzarse con los primeros vecinos de la localidad les preguntó qué horrible tragedia había sucedido en aquel lugar para que tantos niños fallecieran. Entonces ellos le explicaron que, en realidad, eran tumbas de personas mayores. Pero que como en ese pueblo todos se conocían, sabían perfectamente la cantidad de tiempo que cada uno había sido feliz. Por eso en las tumbas solo señalaban ese tiempo, pues es el único en el que realmente estuvieron vivos.
Vivir más cosas no es vivir más. Los instantes no acumulan, tan solo parcelan. Separan unas experiencias de otras sin la menor garantía de que por ser más sean mejores. De hecho, las situaciones en que llegamos a ser felices son tan pocas que en lo único en lo que podemos esforzarnos es en prolongarlas.
Los tiempos que corren no corren. Los que corremos somos nosotros. Conviene tenerlo claro para decidir cuánto es el tiempo que debemos dedicar a cada tema en concreto. Para las relaciones sexuales, para contar historias, para cambiar de móvil o para mantener un amor.