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Lo que la cronofobia nos enseña sobre el tiempo

cronofobia

Entendemos que envejecer forma parte del proceso de la vida, y que el tiempo debe pasar por nosotros, igual que lo hace sobre todas las criaturas del mundo. Sin embargo, nos da miedo llegar a viejos y sentir el paso del tiempo sobre nosotros. Cuando ese miedo se convierte en terror, en fobia, pasa a ser algo más peliagudo y digno de consideración por los psicólogos: la cronofobia.

El periodista, poeta y escritor Sergio C. Fanjul se confiesa cronófobo. La primera vez que sintió su aguijón fue a los 14 años, y desde entonces anda dándole vueltas al tiempo y a preguntarse por qué le asusta tanto. Y toda esa reflexión e investigación la ha plasmado ahora en un ensayo titulado Cronofobia (Arpa Editores, 2025).

Fanjul se asoma al tiempo desde distintas facetas, mezclando su vivencia personal con lo que dicen de esta cuestión la filosofía, la ciencia, la sociología… «A mí me interesan mucho las cuestiones sociológicas, y quería ver no solo yo mismo, sino cómo también la sociedad tratábamos el tiempo, por eso tengo capítulos que tienen que ver con temas sociales», explica.

Qué es el tiempo. Difícil precisarlo. Fanjul recurre a una cita de San Agustín: «El tiempo, si no me preguntan lo que es, sé lo que es. Pero si me lo preguntas, no sé decírtelo». Y ahí empieza la primera contradicción en nuestra relación con él. «Es una cosa con la que trabajamos cotidianamente, utilizamos el tiempo todo el rato: con el tiempo podemos quedar a una hora, saber lo que dura una película… Cada día está hecho de horas. Todo el día estamos mirando el reloj… Es una especie de sustancia en la que estamos metidos, una entidad, que nos atraviesa y que somos esa cosa pero no sabemos lo que es», admite el periodista.

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Y, sin embargo, aun siendo incapaces de definirlo, el tiempo nos obsesiona. Lo llevamos atado en nuestras muñecas y nos empecinamos en rellenarlo hasta reventar, que no quede ni un segundo vacío. El tiempo debe ser útil, porque tenemos la sensación de que dejarlo pasar sin algo que le dé sentido y lo convierta en productivo es una insensatez, un derroche que no nos podemos permitir, nosotros, seres finitos.

Ese ajetreo, esa especie de horror vacui que nos lleva a llenarlo de cosas y experiencias pretendidamente significativas que llenan nuestra vida aunque no lo hagan, también hace reflexionar al periodista. «O una cosa que me interesa mucho, que es la sensación de futuro abolido, esa cosa de que parece que no sabemos imaginar el futuro, de que está borroso, de que no hay, de que la idea de progreso ya no funciona, y, en consecuencia, también, el fenómeno de la nostalgia».

Vivimos, dice, en una etapa muy nostálgica en todos los niveles, incluida la política y la cultura. Y esa nostalgia cada vez se aviva antes. Ya no es necesario que hayan transcurrido muchos años de una vivencia, de un fenómeno, de una corriente. Ahora echamos de menos un pasado que apenas ha empezado a serlo, y eso lo empapa todo sociológicamente, no siempre para bien.

El tiempo sería, pues una paradoja: anhelamos llenarlo, y esa ansia nos lleva a afirmar que no tenemos tiempo para nada: no me da la vida es una frase que se ha convertido en máxima.

«Hay una paradoja, la paradoja del tiempo, que la cuenta en un libro la socióloga Judy Wajcman, que es eso: hemos desarrollado una tecnología muy sofisticada que nos iba a permitir vivir en el tiempo de manera más holgada, o sea, ahorrándonos trabajo, ahorrándonos tiempo. Y, sin embargo, estamos más atareados que nunca. Quizá por esa misma tecnología que nos está robando continuamente la atención, que hace que podamos hacer en cualquier momento nuestro trabajo, que los horarios se desparramen, que cualquiera pueda tirarnos del brazo en cualquier momento, ya sea nuestro jefe o un amigo que nos llama…».

En opinión de Fanjul, es sorprendente ver cómo hemos aceptado como algo normal llevar un dispositivo continuamente con nosotros que permite que en cualquier momento podamos ser contactados y localizados. «Hemos normalizado tener una tecnología que en cualquier momento nos hace accesibles, que permite que trabajemos a cualquier hora, que constantemente nos está aturdiendo con notificaciones, con mensajes, con mails… Y eso yo creo que hace que, al final, estemos mucho más atareados porque tenemos la mente mucho más fragmentada, porque tenemos el tiempo muy colmado de cosas, y esas pequeñas cosas roban el tiempo».

«Y creo que también tiene que ver con lo laboral —continúa explicando—. En su libro Judy Wajcman también pone mucho el peso en el reparto de las tareas de las mujeres, sobre todo de las madres. Desde que la mujer se incorpora al trabajo (como si no hubiera trabajado antes), sufre la doble jornada y está más atareada con la carga mental y todo eso. Entre eso, entre la precariedad laboral, la tecnología y los ritmos de vida, yo creo que cada vez vivimos más atareados, más ansiosos y con menos tiempo».

Otra paradoja más: esa tecnología que nació para liberarnos nos está robando el tiempo. ¿O quizá sea solo que ha cambiado nuestro concepto sobre él y la manera de usarlo? «Las dos cosas van de la mano. Lo valoramos más porque es más escaso. Es como el oro, es muy escaso y por eso es muy preciado. Te preguntabas si nos lo están robando y yo creo que sí, y nos lo están robando aposta. Y me refiero a la economía de la atención».

Entonces caemos en otra revelación: estamos inmersos en un negocio al que llamamos cultura digital que basa su modelo en requerir continuamente nuestra atención. «La atención es tiempo», afirma el autor de Cronofobia. Pero no es algo nuevo, ya viene ocurriendo desde que nacieron la publicidad, los periódicos y otros medios de comunicación, metidos todos en la disputa y en la carrera por ganarse nuestra atención. La única diferencia, explica, es que ahora es constante y llevamos encima un dispositivo que intenta robarla de diferentes modos.

Así pues, el tiempo se convierte en moneda de cambio que está transformando los paradigmas. El tiempo es oro, y por tanto, riqueza y poder. Quien puede disponer de su tiempo es rico, es poderoso. Incluso la publicidad nos lo vende así, como algo aspiracional. Sin embargo, de nuevo surge la contradicción: estamos siendo esclavizados, pero con nuestro consentimiento. Y nos asusta que pase porque eso significa que nos hacemos viejos y estamos llegando al final de nuestra vida. Cronofobia en estado puro de la que no somos conscientes hasta que nos ponen frente al espejo.

Sin embargo, y ahí está la paradoja, estamos deseando jubilarnos, algo que solo podemos hacer conservando todos nuestros derechos cuando envejecemos, porque la jubilación nos permitirá, de nuevo, disponer de nuestro tiempo, recuperar lo que es nuestro y a lo que hemos renunciado en aras del progreso y del bienestar.

«Sí, es todo muy paradójico —confirma Sergio C. Fanjul—. A mí me pasa con la juventud. Los valores de la juventud son los que más admiramos, es una sociedad juvenófila, pero también juvenófoba, en el sentido de que a los jóvenes los tratamos fatal, tal vez por envidia. No les damos chance, los alquileres, el trabajo… todo está fatal para la juventud. Nos desentendemos de los jóvenes completamente y luego se hacen fascistas. Claro, normal…».

«La gente como yo, de 45, ya empieza a hacer cábalas con jubilarse. Ya sabes que es un tiempo abarcable; cuando empiezas a trabajar la jubilación te queda muy lejos. Pero una cosa curiosa de la mediana edad es que los tiempos que te quedan por delante ya los has vivido, le has cogido hechura a la vida y sabes calcularlo. La gente de mi edad ya empieza a pensar seriamente en la jubilación, a pesar de que hacerse mayor implica también unos hándicaps muy grandes: la cercanía de la muerte, el deterioro físico; cumplir años es el mayor factor de riesgo para todas las enfermedades graves (para tener cáncer, alzhéimer, hipertensión…). O sea, es una etapa muy peligrosa de la vida».

Para salvarnos de eso, hemos creado el envejecimiento activo. Ya que vivimos más y mejor, sigamos haciendo que el tiempo valga la pena, que se desperdicie ni un segundo, aunque ahora a esa productividad ya no esté ligada al trabajo.

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«Es un cambio de paradigma en cómo conceptualizamos la senectud, porque, en otro tiempo, hacerse mayor era jubilarse en todos los sentidos: pasar a tener una vida reposada basada en la reflexión, en el recuerdo, en ir a mirar una obra o irte a Benidorm. Incluso, en otras culturas, el anciano era la persona honorable a la que se le consultaban las cosas, era un pozo de sabiduría. Ahora no, ahora se les desprecia. Se habían retirado, pero seguían siendo un referente. Ahora, el envejecimiento activo viene a subvertir todo eso y es una juventud nueva donde la gente mayor se supone que tiene que vivir experiencias alucinantes, no parar de crecer en experiencias, crecimiento personal. Y esto no es inocente, porque tiene que ver con la demografía y la economía; es algo que exploro mucho en el libro».

Si echamos un vistazo a la historia más reciente, veremos que la cultura juvenil, tal y como hoy la conocemos, se inventó pasada la II Guerra Mundial. Y se hizo porque era un mercado interesante. «Era el Baby Boom, lo que implicaba que había muchísima gente a la que le podías vender cosas. Y, además, venía esa etapa de crecimiento sostenido de la economía, formación de la clase media, estado del bienestar… y se podían vender un montón de discos, de camisetas, de ideologías políticas, de drogas… Ahora esa gente es la gente mayor, y es un montón de gente que tiene dinero, que tiene tiempo… Y hay menos jóvenes. La pirámide poblacional está invertida», analiza Fanjul.

«¿Dónde está ahora el mercado más importante? En la gente mayor; y se inventa la silver economy, que es la que parece que se va a imponer. O sea, que dentro de poco lo que va a molar, lo que va a ser cool, es ser mayor. Porque yo creo que ese va a ser el mercado mayoritario en el futuro y los que van a poder comprar cosas», concluye.

Mientras, los jóvenes empiezan a rebelarse contra ese modelo y a revertirlo. Asistimos perplejos desde nuestra mirada boomer a cómo anteponen su tiempo a su trabajo, y eso nos descoloca. ¿Estamos ante un cambio de paradigma o volverán al redil a medida que el tiempo pase por ellos dibujándoles arrugas y pintándoles canas? Habrá que verlo, aunque ahora todo apunta a que podría ser así y que esa nueva forma de entender la vida podría estar calando en cada vez más población. Ahí están los continuos mensajes contra ellos que se lanzan desde diversos sectores para demostrarlo.

«Hasta Antonio Garamendi, el jefe de la patronal, sale cada poco denunciando eso: que en los jóvenes no hay cultura del esfuerzo, que solo quieren vivir bien. Incluso esa idea tan chunga que algunos tienen de la juventud, de que no tienen casa porque se gastan el dinero en cenar por ahí o irse de viaje. Es como no ver todo el problema de la especulación inmobiliaria y todo eso», opina el periodista y escritor.

Para él, ese balanceo en una cuestión que califica como muy filosófica de elegir entre tiempo o dinero está presente. En generaciones anteriores, tenía sentido esa idea de meritocracia por la que recibías una recompensa si trabajabas duro. Sin embargo, no era por ese esfuerzo, sino por la propia coyuntura histórica que se atravesaba y que ya se ha comentado en la que todo se estaba creando.

«Pero cuando llegamos a una situación de futuro abolido y los jóvenes ven que el trabajo no tiene ninguna recompensa, porque da igual cuánto trabajen, no pueden tener una casa, y en el futuro lo que se ve es que hay cambio climático, amenaza nuclear, crisis de la democracia y no sabes lo que va a pasar, pues la gente dice “vamos a vivir la vida y vamos a vivir no rompiéndonos los cuernos en el trabajo, sino valorando más el tiempo libre”. Y de una forma que a mí me parece muy sana, porque en el trabajo siempre se tiende al abuso respecto a las jornadas. Así que me parece que está bien, y me parece que los que están criticando a la juventud por ser una vaga y una hedonista son unos bocachanclas, la verdad».

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Así pues, el tiempo se convierte ahora en una reivindicación, un nuevo campo de batalla política y cultural. El tiempo es libertad y la libertad es gozar de él, disponer de él. Si esta será una nueva revolución basada en recuperar el poder de manejar nuestro propio tiempo, está por ver, aunque ilusiona.

Sería recuperar la libertad, un concepto que, en opinión de Fanjul, se ha apropiado de malas maneras la derecha política («una libertad entendida de una forma muy adolescente, muy irresponsable, muy individualista. La libertad de Ayuso y de la derecha en general. Y no. No es la libertad de los poderosos ni la libertad de que esto sea una jungla») y en cuya lucha por recuperarlo se ha rendido la izquierda.

«Yo digo que la lucha por el tiempo, que puede ser vista de una forma práctica como la lucha, por ejemplo, por una jornada laboral cada vez menor, o la lucha por un salario más alto, debería ser reivindicada por los políticos y personas de izquierda como una lucha por la libertad. Yo creo que la soberanía sobre nuestro propio tiempo es una lucha por la libertad, es evidente».

¿Qué tiene de bueno, entonces, el tiempo, si tanto nos descoloca? Difícil encontrar respuesta para un cronófóbo. «El tiempo tiene la cosa buena de que somos tiempo. En el fondo, mejor que pase el tiempo a que no pase para nosotros, porque eso significaría que no estamos aquí», se esfuerza Sergio C. Fanjul por encontrarle el lado positivo.

«En el libro dedico algunos fragmentos de capítulo a elucubrar cómo sería que el tiempo se parase. Hay una frase en el Fausto de Goethe que dice “Detente, instante, eres tan hermoso…”. Y esa es la idea del cronófobo: quiere que el tiempo se detenga. Pero qué significa que el tiempo se detenga, ¿qué el tiempo se quede parado? Si el tiempo se queda parado, todo estaría quieto, estaríamos como en las películas, que se quedan como estatuas. ¿Qué significa?, ¿qué pasen los días y sigan siendo el mismo día, como en la película Atrapado en el tiempo, de Bill Murray?», se cuestiona el periodista y escritor.

«Quizá lo que quiere el cronófobo es no envejecer, poder vivir años y años y seguir teniendo 30 años, 40 o 50, y que eso no pase. Yo, a veces, cuando pienso que quiero que el tiempo se detenga, pienso en esa famosa frase de ten cuidado con tus deseos porque se pueden cumplir. Podría ser como uno de esos episodios de Black Mirror, con esa gente que tiene deseos y, cuando se cumplen, son horrorosos. ¿Qué es lo bueno del tiempo entonces? Pasarlo bien», concluye.

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