¿Puede un vídeo hecho por un usuario de TikTok medirse en audiencia con algunos de los trailers más vistos de la historia? En julio de 2025, @areqaep publicó un edit de Creed (2015) que acabó convertido en un fenómeno. Aquella misma semana, Amazon Prime registró un incremento del 29 % en el visionado de la película.
El vídeo ronda actualmente los 235 millones de visualizaciones y suma cerca de 400.000 comentarios. Para poner las cifras en perspectiva, el trailer de Avengers: Infinity War acumula 272 millones de reproducciones y el de GTA VI, 295 millones.
La comparación resulta todavía más llamativa por una cuestión de medios y de tiempo. Los vídeos promocionales de Avengers y GTA VI aparecieron en 2018 y 2023, respectivamente, y detrás de ellos había franquicias globales y campañas de marketing millonarias. El edit de Creed, en cambio, llevaba apenas un año circulando por internet y había nacido de la iniciativa de un usuario cualquiera.
O no tan cualquiera después de aquello. El éxito permitió a Areq colaborar con grandes compañías audiovisuales como Warner Bros. y lo convirtió en una figura reconocible dentro de la comunidad dedicada a los fan edits. Su manera de montar el vídeo —cortes vertiginosos, sincronización con la música, speed ramps, cambios de plano siguiendo el ritmo y frases de diálogo resaltadas en mayúsculas— empezó a reproducirse una y otra vez en TikTok.
La pieza se hizo tan reconocible que bastaba hablar de «el edit de Creed» para que todo el mundo supiera a cuál se referían. Areq no había inventado ese lenguaje visual, pero sí contribuyó a llevarlo a una audiencia enorme.
Del fútbol al shippeo
El Mundial de fútbol de 2026 volvió a demostrar hasta dónde puede llegar esa capacidad de los fans para construir sus propias historias. Los edits futbolísticos inundaron las redes durante la competición y dos nombres aparecieron una y otra vez: Erling Haaland y Jude Bellingham.
Los dos firmaron un gran torneo, tanto individualmente como con sus selecciones, que alcanzaron los cuartos y las semifinales. Pero su rendimiento deportivo solo explica una parte del fenómeno.
Muchos usuarios descubrieron durante el Mundial algo que los aficionados al fútbol ya conocían: Haaland y Bellingham habían sido compañeros en el Borussia Dortmund y mantenían una relación de amistad. Los viejos vídeos de aquella etapa comenzaron a reaparecer y la química entre ambos hizo el resto. La comunidad recuperó imágenes, entrevistas y momentos compartidos y los convirtió en piezas montadas al ritmo de canciones populares.
Cuando se confirmó que se enfrentarían en cuartos de final, internet encontró inmediatamente otra narrativa. Las comparaciones con Más que rivales (Heated Rivalry) empezaron a multiplicarse . La serie canadiense, estrenada a finales de 2025 y basada en el segundo libro de la saga de romance deportivo Game Changers, cuenta la relación secreta entre dos jugadores profesionales de hockey que compiten en equipos rivales. Su éxito tuvo una particularidad: buena parte de su expansión no vino de las cuentas oficiales, sino de sus seguidores
Edits, clips, fanfiction, memes, fancams, recopilaciones de escenas, vídeos de reacción… El fandom produjo una enorme cantidad de material a partir de la serie y contribuyó decisivamente a convertirla en un fenómeno cultural. Con Haaland y Bellingham ocurrió algo parecido. Hasta hubo bautizo: «Haalingham».
El término designa el shippeo entre ambos futbolistas. Ship, procedente de relationship, se utiliza en internet para expresar el deseo de que exista una relación romántica entre dos personas, sean personajes de ficción o personas reales. El concepto está especialmente ligado a los fandoms y hace tiempo que forma parte del vocabulario habitual de muchos jóvenes.
Y cuando aparece un ship, la obra, personaje o fenómeno del que procede suele recibir una dosis extra de atención. Tiene cierta lógica: pocas cosas despiertan tanta curiosidad como las relaciones afectivas. Basta mirar cuánto entretenimiento hemos construido alrededor de ellas, desde las comedias románticas y las novelas eróticas hasta los realities de citas, las canciones o la poesía.
Millones de publicistas trabajando gratis
El Mundial de 2026 batió récords de interacción en redes sociales respecto a ediciones anteriores. Las plataformas de la FIFA superaron los 20.000 millones de visitas y en TikTok llegaron a publicarse 22 millones de vídeos asociados a etiquetas relacionadas con la Copa.
Lo interesante es quién produjo buena parte de ese contenido. No fueron departamentos de comunicación ni agencias contratadas para promocionar el torneo, sino los propios aficionados, que generaron highlights, memes, reacciones, análisis y, por supuesto, edits.
Resulta difícil imaginar una campaña convencional capaz de movilizar semejante volumen de contenido. Ese es precisamente uno de los cambios que ha provocado la cultura fan. El fandom ya no se limita a consumir un producto cultural y comentarlo: también participa en su circulación. Los seguidores recomiendan, recortan, reinterpretan, mezclan y vuelven a distribuir aquello que les entusiasma. Y al hacerlo consiguen alcanzar a públicos que quizá nunca habrían llegado a la obra a través de una campaña publicitaria tradicional.
Además, lo hacen desde una posición difícil de imitar para las marcas. Frente a un usuario sometido a un flujo constante de anuncios, una recomendación surgida de una comunidad puede percibirse como más espontánea y genuina. No nace de la obligación de vender algo, sino de las ganas de compartirlo.
La industria ya se ha dado cuenta. Lionsgate, por ejemplo, decidió incorporar ese lenguaje a su propia estrategia. En octubre de 2025 contrató a 15 editores procedentes de TikTok para producir contenido con los códigos que utilizaban los fans. Hoy su cuenta en la plataforma publica prácticamente solo edits de sus producciones y suma 6,5 millones de seguidores y 324 millones de «me gusta».
La paradoja resulta interesante: una compañía contrata profesionales para conseguir que sus vídeos se parezcan a los que los usuarios hacían espontáneamente.
Entonces, ¿para qué sirve ya un trailer?
¿Quiere decir todo esto que los edits están desplazando a los trailers? No exactamente. Un trailer es una pieza promocional creada por un estudio, una distribuidora o un equipo de marketing para adelantar una película, una serie o un videojuego. Suele durar menos de tres minutos, selecciona determinadas escenas y utiliza el montaje y la música para marcar un tono y despertar el interés del público.
A primera vista, no parece tan distinto de un edit. La diferencia fundamental está en quién lo hace y para qué. El trailer quiere vender una obra. El edit nace, en principio, del deseo de un fan de destacar aquello que le interesa de ella. Y esa libertad permite hacer algo que la promoción oficial difícilmente puede permitirse: cambiar el significado del material original.
Un fandom puede coger dos personajes que apenas comparten escenas y, mediante una determinada selección de planos, música y montaje, construir entre ellos una historia romántica inexistente. Puede convertir a un secundario en protagonista, rescatar un gesto aparentemente irrelevante o elaborar teorías que modifican por completo la lectura de la obra.
Eso también tiene sus riesgos. Alguien que llegue a una película o a una serie después de descubrirla mediante un edit puede encontrarse con algo bastante diferente de lo que esperaba. El fandom quizá le haya prometido una historia que nunca estuvo realmente allí. Ha sucedido con series como Hannibal o Sherlock, cuyas comunidades han desarrollado interpretaciones románticas de las relaciones entre sus protagonistas tan extendidas que, para quien las descubre desde fuera, pueden parecer casi canónicas aunque nunca se confirmen explícitamente en pantalla.
Por eso no parece probable que los edits vayan a acabar con los trailers. Cada formato cumple una función diferente, aunque sus códigos se mezclen cada vez más. Las productoras continuarán estrenando trailers y teasers. Lo que ha cambiado es que ya saben que una parte importante de la promoción puede suceder después, cuando el contenido cae en manos de la comunidad y esta decide qué hacer con él. Y ahí las empresas parten con cierta desventaja.
El algoritmo va más rápido que tu departamento de marketing
Existe algo que el dinero no garantiza: llegar a tiempo a internet. Cuando una marca detecta un trend, piensa cómo incorporarlo a una campaña, desarrolla la idea y consigue todas las aprobaciones necesarias, es posible que la conversación ya esté en otro sitio. El formato que parecía omnipresente hace una semana puede haberse agotado y el siguiente estar ocupando el Para Ti.
Los fans no tienen ese problema. No necesitan reuniones, presupuestos ni aprobaciones. Ven algo, se entusiasman y crean. El Mundial de 2026 ofrece un buen ejemplo de lo que sucede cuando esa mirada se convierte en la puerta de entrada a un universo que antes no despertaba demasiado interés. Durante el torneo, personas que nunca habían prestado especial atención al fútbol empezaron a seguir lo que ocurría alrededor de los partidos.
No necesariamente porque de repente quisieran comprender una defensa de cinco o discutir sobre sistemas de juego. Lo que les interesaba podían ser las amistades entre futbolistas, las entrevistas, los momentos espontáneos, los memes, los edits o las pequeñas historias que la comunidad iba construyendo alrededor del campeonato.
Haaland sumó más de 30 millones de seguidores durante el torneo. Vozinha, portero de Cabo Verde, pasó de ser prácticamente desconocido para el gran público a convertirse en uno de los personajes más queridos y comentados del Mundial.
Son ejemplos de cómo la atención puede desplazarse hacia lugares que quizá los medios tradicionales o las propias campañas promocionales nunca habrían elegido.
En la ficción ocurre exactamente lo mismo. Un fandom puede decidir que la relación entre dos personajes merece una lectura diferente o que una escena secundaria contiene una historia mucho más interesante que la trama principal.
Porque los fans no siempre miran donde la industria señala. Escogen a sus propios protagonistas, rescatan momentos, los mezclan y construyen nuevas narrativas. Después las comparten y permiten que otros las continúen, las transformen o las lleven todavía más lejos. Y, por el camino, consiguen atraer a personas que probablemente jamás se habrían acercado a ese contenido por los canales habituales.
Quizá ese sea el verdadero poder de un edit. No consiste únicamente en conseguir que volvamos a mirar algo que ya conocíamos. También puede lograr que prestemos atención a aquello que hasta entonces nos daba exactamente igual.
Una película. Una serie. Un futbolista. Incluso un deporte entero. Internet está lleno de gente diciéndonos qué deberíamos mirar. A veces, sin embargo, basta con que alguien encuentre una buena historia en un lugar donde nosotros todavía no habíamos visto nada.