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El detergente de 35 euros y el valor de la mirada

Hay un bote de detergente líquido que hace apenas unas semanas costaba 3,50 euros en un supermercado cualquiera. Podría haber costado menos —aunque a estas alturas ni el detergente escapa ya a la inflación—, pero eso es lo de menos.

El envase no tiene nada especial: plástico blanco translúcido, diseño funcional, promesa de limpieza eficiente. Un objeto concebido para cumplir su función y desaparecer. Algo en lo que nadie se detiene demasiado.

Hasta que alguien decidió colocarlo en una galería de arte.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Cuando el detergente salió de la cocina y entró en una sala de exposiciones, la gente empezó a mirarlo. Incluso, admirarlo.

Después vino algo aún más extraño: el deseo. El público comenzó a pujar por llevárselo. Y alguien terminó pagando 35 euros por él. Diez veces más que su precio original.

No fue un caso aislado. Un colutorio de 1,50 euros alcanzó los 12. Un jabón lavavajillas superó los 10. Y un botellín de cerveza sin marca acabó convertido en el objeto más disputado de toda la exposición.

Todo ocurrió en El Valor de la Mirada, la muestra que el artista emergente Jean-C presentó este abril en la galería Al-Tiba9 Gallery.

La propuesta era sencilla: sacar objetos cotidianos de su entorno habitual y colocarlos en un espacio donde los códigos ya no pertenecen al supermercado, sino al arte contemporáneo.

Y ahí empieza el experimento.

El contexto como fábrica de valor

Lo interesante de El Valor de la Mirada no son realmente los objetos. Es la percepción. Porque el detergente no cambió. Lo que cambió fue nuestra mirada.

El arte contemporáneo lleva más de un siglo jugando con esta idea. Marcel Duchamp colocó un urinario en un museo y abrió una conversación eterna sobre qué puede considerarse arte. Andy Warhol convirtió productos de supermercado en iconos culturales y ahí siguen sus sopas Campbell’s para demostrarlo.

Hoy esa lógica se ha expandido mucho más allá del arte. Una zapatilla, una camiseta o un café pueden multiplicar su precio dependiendo del contexto, la marca o la narrativa que los rodea.

Vivimos rodeados de objetos cuyo valor depende menos de su utilidad que de la historia que proyectamos sobre ellos.

Y eso es precisamente lo que hace interesante la propuesta de Jean-C. Los productos se muestran tal cual, sin intervenir, sin maquillaje artístico. La exposición no transforma los objetos: transforma la relación que tenemos con ellos.

En un supermercado, un detergente compite en la estantería entre promociones, colores y etiquetas. En una galería, en cambio, aparece aislado, iluminado, digno de atención. Y basta ese desplazamiento para que deje de ser un objeto funcional y empiece a convertirse en un objeto de deseo.

Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿quién decide cuánto vale algo?

¿El material? ¿La utilidad? ¿La escasez? ¿La marca? ¿La atención que recibe?

La exposición apunta hacia una idea incómoda: quizá el precio nunca haya sido una propiedad del objeto, sino un acuerdo colectivo.

La economía de la atención cabe en un botellín de cerveza

Lo más fascinante de la exposición no es que se subastaran productos cotidianos. Es que el público participó del juego sabiendo perfectamente que era un juego.

Nadie pensó que aquel detergente hubiera adquirido poderes extraordinarios al entrar en la galería. Y aun así, funcionó.

Porque El Valor de la Mirada activa un mecanismo profundamente contemporáneo: otorgamos valor a aquello a lo que prestamos atención.

La economía digital lleva años funcionando exactamente así. Un vídeo viral, unas zapatillas agotadas en minutos, una edición limitada o un restaurante imposible de reservar dependen de la misma lógica: el valor se dispara cuando la atención colectiva se posa sobre algo.

Y ahí está probablemente el verdadero hallazgo de Jean-C: conseguir que volvamos a mirar aquello que normalmente ignoramos.

Como si el gesto artístico ya no consistiera en crear algo nuevo, sino en alterar el encuadre de lo cotidiano.

El verdadero lujo contemporáneo

Durante mucho tiempo, el lujo consistió en acceder a objetos inaccesibles. Hoy quizá el verdadero lujo sea otra cosa: conseguir que alguien mire con admiración lo que normalmente pasa desapercibido.

Por eso El Valor de la Mirada funciona menos como una exposición de objetos y más como un espejo cultural. Uno que habla de nuestra relación con las marcas, los símbolos, el deseo y los mecanismos invisibles que deciden qué merece atención y qué no.

Probablemente el detergente nunca valió solo 3,50 euros. Ese era únicamente su precio.

El valor, como demuestra la exposición, siempre ha sido otra cosa.

Y quizá la gran obra de El Valor de la Mirada no sea ni el detergente, ni la cerveza, ni el colutorio.

Quizá la verdadera obra sea comprobar hasta qué punto seguimos necesitando que alguien legitime aquello que merece ser mirado.

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