Hay materiales que, por su luz, su tacto, y por la forma en que atrapan el tiempo en su interior parecen inventados para contar historias, y pocos lo hacen con tanta elocuencia como el ámbar. Resina fósil de árboles que crecieron hace millones de años, cálida, ligera y con un aroma tan suave que casi hay que acercarse para descubrirlo, ha despertado la atracción de la humanidad desde la Antigüedad convirtiéndose en joya, amuleto, talismán, remedio medicinal y hasta perfume para ceremonias.
Los griegos la llamaron élektron, por su brillo solar, y la observación de que, al frotarla, atraía cuerpos ligeros acabaría dando nombre, siglos después, a la electricidad. No está nada mal para un puñado de savia endurecida.
Este es el material en torno al cual el Museo Nacional de Artes Decorativas (MNAD) ha construido Miguel Ángel Blanco. La cabaña de ámbar, una exposición inaugurada el pasado 15 de octubre que cierra la trilogía dedicada por el artista madrileño a los llamados «materiales prodigiosos», cuyos capítulos anteriores giraron en torno al lapis specularis (el cristal del Imperio romano) y a la obsidiana.

Tres cuervos y una biblioteca
Nacido en Madrid en 1958, Miguel Ángel Blanco ha tejido toda su trayectoria alrededor del bosque («Por mis venas tengo la llamada del bosque», explica el artista, cuyos antepasados fueron resineros y guardas forestales), y su biografía oficial cuenta cómo empezó todo con una escena que parece sacada de un cuento. Durante uno de sus largos paseos, tres cuervos le guiaron hasta unas cajas de madera que le revelaron el medio en el que encontraría su forma de expresión propia, el libro-caja, y en 1986, en el Valle de la Fuenfría, en plena Sierra de Guadarrama, nació el primer volumen de lo que hoy es la Biblioteca del Bosque, una colección de receptáculos donde reúne fragmentos de naturaleza —tierra, maderas, resinas, minerales— para observarlos, elegirlos, atesorarlos y transformarlos.
Para Blanco, el libro-caja es el fragmento de naturaleza capaz de comunicar un mundo al que las palabras solo pueden aproximarse, y la idea gustó tanto al museo que, en el texto de presentación, Sofía Rodríguez Bernis llega a comparar el libro-caja con el propio MNAD, otro gran contenedor de memoria.

Una resina con memoria
El recorrido arranca en la primera sala con el origen del material. Entre las muestras en bruto, buena parte de ellas aportadas por el propio artista tras años de búsqueda por medio mundo, destacan las piezas que presta el Museo Geominero. Una procede de Myanmar y conserva, atrapadas, una garrapata y una pequeña pluma de dinosaurio: un instante de un bosque que dejó de existir hace noventa y nueve millones de años. Junto a ella, otra del Líbano y, entre las españolas, un fragmento del yacimiento turolense de Utrillas, uno de los tres más relevantes de los más de ciento cuarenta identificados en España.
Todo ello dialoga con El espectro del ámbar: veinte dibujos sobre cartulina negra que Blanco ha realizado utilizando polvo de ámbar de Lituania y barnices. Sobre el fondo oscuro, las manchas de color miel se expanden en formas simétricas (casi rorschachianas): emanaciones, según el artista, de los espíritus ocultos de la resina.
La tercera sala está dedicada a los veinticinco libros-caja que Blanco ha creado para la ocasión, mientras la segunda sala da la palabra a las colecciones históricas.
Ana de Austria, una reina con amuleto
Allí, entre piezas de diversas colecciones españolas, cuelga un retrato de corte del siglo XVI: el Retrato de la reina Ana de Austria, pintado en 1573 por Sofonisba Anguissola y prestado por el Museo Nacional del Prado. El dossier de la exposición lo define como pieza central de la sala, el mejor ejemplo del poder protector que durante siglos se atribuyó al ámbar. Sofonisba llevaba años en la corte de Felipe II, donde fue dama de la reina Isabel de Valois y su maestra de pintura, y cuando retrató a Ana era ya la pintora de cámara de la nueva reina.
En el lienzo aparece una joven de rostro pálido y mirada clara, de oscuro vestido y blanca gorguera de encaje, que sostiene entre los dedos una larga sarta de cuentas de ámbar, su único adorno, subraya Blanco, en un atuendo de diario.

No es un detalle decorativo. Ana, sobrina y esposa de Felipe II, tenía veintitrés años y estaba embarazada de su segundo hijo, Carlos Lorenzo, cuando Sofonisba la retrató, y esa sarta es un amuleto destinado a protegerla. Blanco cuenta que Ana, criada en una corte del norte de Europa donde lo exótico se guardaba en gabinetes de maravillas, hizo de ese gusto el suyo: los registros de sus viajes y de la venta de sus bienes tras su muerte mencionan sartas de ámbar, una de ellas rematada con una A y una P, por Ana y Phelippe.
No se trataba de un capricho, en la época se creía que el ámbar, entibiado por la piel, soltaba un perfume capaz de limpiar el aire y mantener a raya las enfermedades. Una joya que no solo adorna, sino que huele, se activa con el calor del cuerpo y se lleva puesta como una promesa de buena salud. Ese gesto de proteger guardando es el que Blanco repite, siglos después, en la tercera sala.

Del gabinete de maravillas al objeto estético
Alrededor de la reina, el museo despliega una selección de piezas procedentes de varios museos españoles, como un anillo fenicio del Museo Lázaro Galdiano, una muñeca articulada de época romana del Museo de Albacete y una peineta de ámbar, aljófar y plata fechada entre 1767 y 1820 que pertenece al propio MNAD.
La estrella de la sala es el llamado Peinador de la reina (no Ana, sino María Luisa de Parma), un gabinete de tilo, roble y ámbar báltico del siglo XVIII confeccionado en Danzig o en Königsberg y considerado una de las piezas de ámbar más destacadas de las colecciones españolas. Fue un regalo de la sultana Leila Fátima, esposa del emperador de Marruecos, a la princesa de Asturias María Luisa de Parma, y hoy pertenece a la Colegiata de Santa María de Calatayud. Su superficie parece un mosaico de caramelo y de brasas: placas de ámbar de distintas tonalidades y transparencias, ensambladas como si la luz del atardecer se hubiera solidificado, con cabujones que esconden en su cara interna flores, pájaros, escenas alegóricas y paisajes grabados.

Pocas materias han recorrido un camino tan largo entre lo sagrado y lo mundano. Durante siglos, el ámbar fue el material predilecto de las Kunstkammern o gabinetes de curiosidades, esas estancias donde la ciencia, el arte y la superstición compartían estantería. Allí el ámbar valía tanto tallado como en bruto, por la rareza de sus inclusiones y por unas virtudes mágicas y medicinales en las que todavía se creía, según repasa Lorena Mingorance Serrano en el ensayo del catálogo. Lo codiciaron los Habsburgo, los Médici y los zares, y en Florencia María Magdalena de Austria llegó a reunir una colección que sigue entre las más importantes del mundo.
Blanco, por su parte, se inscribe en esa genealogía de artistas coleccionistas y recuerda en el texto que acompaña la exposición como Goethe llegó a reunir unas cuarenta piezas de ámbar báltico (hoy en Weimar) y talló lentes con ellas para sus experimentos sobre el color.

El ámbar alcanzó su esplendor en la corte prusiana del siglo XVIII, y pocos gestos lo resumen mejor que el de 1716, cuando Federico Guillermo I regaló al zar Pedro I los paneles de la Cámara de Ámbar, un obsequio considerado uno de los grandes símbolos de la diplomacia artística europea (el conjunto fue saqueado durante la Segunda Guerra Mundial y nunca reapareció). Después llegó el declive, primero por el auge de la porcelana de Vincennes y Sèvres, y luego por la industrialización, que convirtió el ámbar en pipas, boquillas, collares y rosarios de fabricación mecanizada.
Lo rescataron los artistas del Esteticismo, a partir del último cuarto del siglo XIX, como subraya Mingorance en el catálogo de la exposición. Lawrence Alma-Tadema llenó de collares de ámbar a las mujeres de la Antigüedad que pintaba (llegó a diseñar uno con resina de un yacimiento recién hallado en la costa de Suffolk), mientras Whistler y el círculo prerrafaelita lo contemplaban con devoción, como un «objeto estético» en toda regla. Esa fascinación siguió alimentando la pintura mucho después, como en El collar de ámbar (1923), del australiano Charles A. Wheeler.
La legendaria cabaña de ámbar
La tercera sala, la última, reúne los veinticinco libros-caja. Blanco los ha construido tras una búsqueda de piezas de ámbar y copal, esa resina más joven que el ámbar y de la que se obtienen aromas y barnices, procedentes de lugares tan distantes como Letonia, Papúa Nueva Guinea, Myanmar, la República Dominicana, Colombia o Madagascar. Las adquirió con un criterio más pictórico que científico, atento a la intensidad y la rareza de los colores (el azul, el rojo), y ha trabajado con ellas como elemento plástico, jugando con formas, tamaños, tonalidades y niveles de transparencia para reelaborar los mitos que rodean a este material.
Entre los libros-caja, el que da título a la muestra: La legendaria cabaña de ámbar (libro-caja 1231, 2024). Una caja en cuya parte inferior se extiende una masa de fragmentos anaranjados, perfilada como una casa de contorno irregular sobre un fondo de arena oscura, con las superficies translúcidas encendidas como brasas. Alude a dos referencias que el artista entrelaza: la cabaña iniciática, escondida en el bosque, lugar secreto donde se revelan conocimientos sagrados, y la mítica Cámara de Ámbar de San Petersburgo, calificada de octava maravilla del mundo y máxima expresión de la asociación del material con el poder. Lo íntimo y lo imperial, el refugio y el palacio, en una caja que cabe en las manos.

En otro libro-caja, Camarín para Ucrania, Blanco lleva esa cámara hasta la actualidad, enfrentando piezas de ámbar de Kaliningrado, reunidas para la reconstrucción de la Cámara de Ámbar del palacio de Catalina, con otras de Rivne, en Ucrania.
También explora la idea de la cabaña, el camarín o el gabinete en OUD (libro-caja 1251, 2025), dedicado a la madera aromática de los dioses, infectada de moho y acompañada de gotas de perfume y de piezas de ámbar blanco de Ucrania. Allí, el aroma vuelve a ser protagonista.
Quizá esa sea la lección más persistente del ámbar: nunca fue solo un material, sino una manera de guardar el mundo (en una sarta de cuentas, en un gabinete de maravillas, en una caja de madera). Ana de Austria lo sostenía entre los dedos para protegerse; Miguel Ángel Blanco lo coloca en sus libros-caja para conservarlo. Más de diez mil años después de que el ser humano empezara a trabajarlo, los gestos cambian, pero la intuición es la misma: que lo que se guarda con cuidado conserva su luz.

Miguel Ángel Blanco. La cabaña de ámbar puede visitarse gratis hasta el 17 de enero de 2027 en el MNAD (calle de Montalbán, 12, Madrid). Conviene ir sin prisa: entre el polvo dorado de Lituania, el peinador de Calatayud y una reina pintada por Sofonisba, el ámbar hace lo que mejor sabe hacer, que es obligarnos a detenernos.