— Se me ha ocurrido un argumento genial para una historia.
— Para, para, para… ¿Cómo que se te ha ocurrido? A ver, chaval, no estás aquí para que se te ocurra nada: tú solo tienes que escoger. Elige una historia que ya haya sido contada antes, cambia el entorno, la época si quieres, versiona personajes, diálogos… y poco más.
El autor se queda desconcertado por un instante. El despacho del ejecutivo de la plataforma está empapelado de fotos suyas con actores de éxito, directores laureados, guionistas afamados y figuras variopintas de la farándula mundial. Hay también fotos de dos niñas rubias con sendos caballos igual de rubios; saltan obstáculos en algún club hípico, los peinan en una caballeriza que parece el Ritz o los besan en los morros ignorando cualquier alerta bacteriana.
Aunque no ve por ningún lado nada parecido a la foto de una madre. En la muñeca lleva un Rolex de oro que, según le da la luz del ventanal, despide destellos láser que le rasgan los iris. Guiña los ojos e intenta evitarlos, mientras se pregunta si el tipo tiene estudiado el ángulo para hacer diana en la pupila del interlocutor. Seguro que es una estrategia de poder, pero no se deja amilanar.
Protege el guion en sus manos, como una mamá gorila protegería a su bebé de un depredador.
— Por supuesto, mi argumento se nutre de historias clásicas y de grandes guiones que han triunfado, yo no sería nadie sin Goldman, Wilder o Ephron… Aunque debo decir que mi historia incorpora algo único.
El ejecutivo le evalúa como el ganadero que mira a la vaca y se pregunta si aún puede dar leche o si ha llegado el momento de convertirla en filetes.
— No te ofendas, Stirlington…
— Es Stevenson… como el novelista.
Por la siguiente mirada parece que se inclina más por las chuletas.
— Ya. No te ofendas, Stevenson, pero tú sigues sin ser nada a pesar de Goldman, Ephron y de ese novelista que dices. En cuanto a tu historia que se nutre de los clásicos, ¿a qué dirías que se parece?
— ¿Parecerse? Pues a nada que se haya visto antes. Es un drama con tintes de comedia negra que …
— Para el carro. No quiero nada que no se haya visto antes. El público no está preparado. Para orientar a la audiencia necesitas coordenadas, ejes sobre los que ubicar la película. Un diagrama…
Esta vez el autor no precisa que un rayo le deslumbre para guiñar los ojos.
— ¿Un diagrama?
— ¿Tu historia es una mezcla de La jungla de cristal y Alien? ¿De Jane Eyre y Déjame salir? ¿De Parásitos y El cementerio de mascotas?
— Er… bueno, no… en realidad… no es como La jungla de cristal mezclado con nada.
— Ya veo… Pues si no hay ejes, simplifícalo aún más: haz directamente La jungla de cristal: el mismo argumento, los mismos cristales rotos… pero en otro entorno. En una base lunar, por ejemplo… Y quizá protagonizado por una mujer, es más moderno. Si tiene éxito, luego se puede hacer la dos, la tres, algún spin-off, una precuela, una serie… Eso es lo que le gusta a la gente: ver cosas que ya haya visto antes. Reconocer personajes, tramas, situaciones… Lo nuevo les aturde, les exige demasiado esfuerzo… y a nosotros, también. ¿Cómo sabemos nosotros si algo nuevo va a funcionar? ¡Es imposible!
— Pero si la historia es buena y está bien contada, la gente la acabará amando. Acuérdese de La princesa prometida: fue un fracaso en taquilla, pero el boca a boca hizo que en los videoclubes fuera un éxito, y hoy es un clásico incontestable: amor verdadero… Tú mataste a mi padre… inconcebible…
— ¿Videoclubes? ¿Boca oreja? ¿Tiempo? ¿En qué siglo vives, Stirlington? Ahora manda el algoritmo, y el algoritmo no premia lo nuevo, lo demoniza. Y solo tenemos dos semanas para averiguar si la película funciona; luego se pierde en el catálogo. Hoy, La princesa prometida sería… pues eso, inconcebible. Es cierto que nosotros hemos producido tres películas y dos series con más o menos el mismo argumento, pero solo porque la película ya funcionó antes. ¿Me explico? A la gente le gustan las repeticiones.
El autor no sabe qué decir; el ejecutivo, sí, porque siempre sabe qué decir.

— Solo hay una manera de que acepten algo nuevo, y es que se base en una novela de éxito ¿Tu guion se basa en alguna saga best-seller? No sé… ¿Blackwater o algo así? Aunque espero que no hayas cometido esa torpeza sin tener los derechos…
El autor se abraza a su bebé gorila.
— No. Es original. Pero es bueno, muy bueno. Y funciona. He seguido todas las reglas: ocho secuencias… cuarenta beats… Snyder, Field, Campbell… La estructura es sólida y tiene de todo: giros sorprendentes, falso clímax, antagonista potente, subtexto…
— ¿Subtexto? El subtexto está muerto, Stapleton. La gente verá tu película mientras mira una receta en redes y escribe un wasap a una amiga. ¿Cuánta atención crees que pondrá a lo que diga tu personaje entre líneas?
— Yo…
— Y no solo eso, debes repetir la trama cada varias secuencias. Búscate algún personaje que la suelte a bocajarro, sin complejos: si no, se perderán. No olvides que la gente tiene puesta tu película, pero no necesariamente la está viendo. De hecho, lo más probable es que no.
— Pero esto es una involución: ¡La muerte del cine!… ¡Yo creía que esta plataforma defendía su valor, su influencia! ¿Dónde quedaron Gladiator, Casablanca, Cadena perpetua… ?
El ejecutivo resopla.
— Bueno… las tenemos todas en emisión ahora. Pero, a la hora de producir, las cosas ya no son como antes, Stewardson. Esto no tiene que ver con el arte. Funciona, más bien, como una plataforma de contenidos. Nuestra competencia son TikTok y YouTube. Producimos películas y series como el que publica posts, esperando que la gente le dé likes, que en nuestro caso son visionados. Ni siquiera necesitamos que la gente vea la película entera, con que la tenga puesta media hora ya contabiliza para los datos de audiencia. Y nos da igual si, mientras, se duerme o juega a Candy Crush.
— ¿Co… contenidos?
— En cuanto a lo de Gladiator, olvídate: tres o cuatro personajes, pocas localizaciones y que no pase de noventa minutos.
El autor le dedica una mirada lastimera a su bebé muerto. El ejecutivo sucumbe a un momento de humanidad y parece apiadarse del pobre autor. No sabe si es buen o mal escritor, pero eso le da un poco igual. Es sobrino de Laura Forrester, del departamento de finanzas, y ha aceptado verle por compromiso.
— Pero déjame tu historia, Smithson, se la pasaré al equipo de guionistas de la casa para que le echen un vistazo, por si le ven alguna posibilidad ¡Nunca se sabe! Déjalo ahí, en esa pila de guiones y ya veremos.
El autor, sin fuerzas para pelear, se desprende del cadáver depositándolo en aquella fosa común junto a otros diez o doce guiones encuadernados con canutillo, indistinguibles a simple vista del suyo. Se pregunta si entre ellos habrá algún Chinatown o algún Tootsie que nunca verán la luz, o quizá algún Kaufman o Arkin nonatos.
Junto a la columna de guiones, hay una foto de una de las niñas rubias con su caballo rubio recibiendo una copa dorada de campeones de algo. La niña sonríe con su dentadura blanca perfecta. El caballo también. Se pregunta si el ejecutivo ha puesto esa foto allí como un último desdén sarcástico. Después se dirige hacia la puerta y abandona el despacho cabizbajo.
El ejecutivo se queda pensativo mirando la triste figura del autor saliendo por la puerta, y, a continuación, coge el guion que acaba de dejar sobre el montón: «El tiempo que no vendrá. Pff, ¡qué pretencioso!», piensa. Lo vuelve a depositar con cuidado, pero sin atisbo de curiosidad. Dentro de nada —medita— ya no tendrá que perder más el tiempo ni pasar el mal trago de dar disgustos a nadie. La inteligencia artificial escribirá los guiones y todo será más clínico.
Seguramente, también acabarán sustituyendo los caros equipos de rodaje por un montón de chavales con programas de esos que ponen a pelear a Tom Cruise con John Wick, y que inundan las redes sociales. ¿Quién sabe? A lo mejor a él también le sustituyen por un agente de IA que tome decisiones sin remordimientos. Suspira. Todo cambia demasiado rápido. En el fondo, no entiende nada, y todo le parece… no sé… como un episodio de Black Mirror mezclado con El crepúsculo de los dioses. Sonríe.
— ¿Ves? Yo tenía razón. Al final todo se parece a algo. Hasta en la vida real.
Carlos Sanz de Andino es presidente creativo de Darwin & Verne.