«Entonces Dios dijo: «¡Que haya luz!». Y hubo luz». Y con la luz, todos los colores que habitan esta, nuestra tierra. Pero ¿cuál fue primero? ¿Cómo, cuándo y por qué comenzamos a nombrar y separar los colores? Es un tema más complejo de lo que pueda parecer y, aunque aparentemente no tiene ninguna utilidad práctica, nos ayuda a entendernos y comunicarnos mejor.
Cómo interpretamos los colores depende también del lenguaje. Y es por esto, entre otros factores, que la percepción del color es algo cultural. Según la lingüista Cristina Tabernero, «las lenguas delimitan los colores», y es en eso en lo que nos vamos a centrar en este artículo. La neurociencia sabe que el cerebro es capaz de identificar el color una vez que se le asigna una palabra. Como todo en la vida, según expresó George Steiner, «lo que no nombramos, no existe».
La evolución de los términos que usamos para nombrar los colores es asombrosa y, aún más sorprendentemente, se ha demostrado que en la mayoría de culturas dicha evolución ha fluctuado de manera similar, aunque sus diferencias son igualmente asombrosas. Paul Kay y Brent Berlin, en su libro de 1969 Basic Color Terms: Their Universality and Evolution, nos muestran el análisis y estudio exhaustivo que hicieron con respecto a este tema en el que encontraron un patrón universal de desarrollo de términos de color:
- Si un idioma tiene dos términos, son para negro y blanco.
- Si tiene tres, son negro, blanco y rojo.
- Si tiene cuatro, son negro, blanco, rojo; y luego verde o amarillo.
- Finalmente, la lista completa de términos básicos identificados incluye 11 colores: blanco, negro, rojo, amarillo, verde, azul, marrón, morado, naranja, gris y rosa.
En nuestro idioma estas palabras no solo provienen del latín, también del árabe (que, a su vez, las toma prestadas del persa y, en ocasiones, podemos tirar del hilo hasta el sánscrito) o del germánico antiguo, lo que habla no solo de la riqueza de nuestro idioma, sino también de la multiculturalidad de nuestra región. Y sirve de testimonio histórico de nuestra herencia cultural.
Rojo, el primer color
Proviene del latín russus, que se refería a un matiz concreto de rojo fuerte y profundo. A su vez, deriva de la raíz protoindoeuropea reud, relacionada con el concepto de rojo en varias lenguas antiguas y modernas, como en inglés red o en alemán rot.
Es el color de los colores. Uno de los primeros que los niños suelen aprender. Es el primer color al que el ser humano puso nombre, la denominación cromática más antigua del mundo. Tanto es así que en muchos idiomas, como el nuestro, las palabras coloreado o colorado también hacen referencia a este color. Antes del siglo XV usábamos términos como encarnado y bermejo, encontrando más sinónimos que ninguna otra tonalidad del círculo cromático. El término rojo solo se usaba para referirse a un tono fuerte e intenso.

En muchas lenguas, como la de los antiguos babilonios y la de los esquimales, rojo significa, en sentido literal, «como sangre». Y es quizás este el motivo por el que es el primer color. Porque es literalmente vida. Si nos planteamos un mundo sin publicidad y sin productos industriales, el rojo estaba solo presente en algunas bayas y flores pero, sobre todo, era aquello que nos daba la vida, asociado al sacrificio, pasión y poder. Por otro lado, también es el color del fuego, igualmente asociado al calor y la vitalidad. Su poder simbólico es inmenso.
Magenta, la revolución del rojo
La palabra proviene de la Batalla de Magenta (1859), que ocurrió cerca del pueblo de Magenta en Italia el mismo año en que químicos franceses estaban trabajando en la creación de colorantes artificiales. Históricamente, esto ocurrió ayer. Hasta entonces, e incluso hoy, muchas personas siguen pensando en el sistema de color RYB (red, yellow, blue).
Pero, hablando en términos del modelo de color sustractivo (el aditivo es otra historia muy diferente), estos no son los colores primarios: en pigmentos tradicionales, muchos rojos sí tienen un matiz amarillento, por lo que no funcionan como primarios perfectos, sino como un color secundario más cerca del magenta que del amarillo, según el matiz del que hablemos. El tinte rojo que se desarrolló se popularizó como magenta en memoria de la batalla y dio lugar al sistema CMYK (cian, magenta, yellow y black) que usamos hoy en día.

En la mayoría de contextos no pasa nada por decir rojo en lugar de magenta. Pero en otros es muy importante. Si pretendes conseguir un tono morado lo más vivo posible, es importante que no esté contaminado de amarillo, porque conseguirás un morado apagado.
Rosa, de flor a color
La palabra rosa para el color proviene del latín rosa, que originalmente se refería a la flor, y esta, a su vez, del griego rhodon. El nombre de la flor se aplicó al color por la tonalidad de sus pétalos, y el término se extendió a su derivado, rosado. Los colores no existen hasta que hay algo suficientemente simbólico o cotidiano como para nombrarlo.
El rosa es una tonalidad más clara de rojo (o, más bien, del magenta); sin embargo, lo vemos diferente porque asociamos que es distinto. Si no lo supiéramos, las cosas rosas serían rojas. Es quizás el ejemplo más sencillo del fenómeno de como el lenguaje crea visibilidad y entidad.

Cuando un tono no tiene nombre propio, se toma prestado del objeto más familiar que lo representa. Curiosamente, en inglés ocurrió lo mismo, pero con otra flor: el clove pink. Durante siglos, pink no era un color, sino una variedad de clavel, y solo después su nombre se extendió a la tonalidad rosada de sus pétalos. Es decir, español e inglés bautizaron el mismo color con flores distintas.
Naranja, el color de la fruta
¿Qué fue primero, el color o la fruta? En nuestro idioma se tomó prestado del término árabe andalusí naranǧa que denominaba a esta fruta. Procedía del persa narang, derivado, a su vez, del sánscrito naranga (naranjo).

Las naranjas eran relativamente caras y exóticas, y los nombres de los colores utilizados para la decoración y la heráldica tendían a provenir de flores (como el rosa), fuentes de tintes caros, etc. Naranja, como palabra de color, comenzó como una elección poética particular por su tonalidad, donde, al menos en inglés, el término utilizado más frecuentemente antes de que se popularizara la fruta era amarillo-rojo (geoluhread, en inglés antiguo). Durante un tiempo, en la península, para hablar de este tono del espectro, se usaba la comparación «del color de la naranja» y, más adelante, pasó a tener entidad propia convirtiéndose en «de color naranja».
Amarillo, el color de lo amargo
Procede de la palabra latina amarĕllus, que, a su vez, deriva de otro término latino, amarus, que significa ‘amargo’. ¿Por qué se relaciona el color amarillo con el término amargo? Durante siglos se vinculó el color amarillo a sabores y sensaciones desagradables, como la hiel o frutos no maduros. Sin embargo, el amarillo también era símbolo de riqueza cuando se asociaba con el oro, un contraste que refleja muy bien la ambivalencia cultural de este color.

En la antigüedad, uno de los pigmentos amarillos más valiosos era el orpimento, un sulfuro de arsénico brillante pero altamente tóxico. No han sido pocos los pigmentos que históricamente han supuesto riesgos para los artistas y artesanos por su alta toxicidad.
Verde, el color de la juventud
Procede del latín virĭdis, que significaba ‘vigoroso, vivo, joven’. Este significado se ha mantenido en el castellano en expresiones como «estar verde», haciendo alusión a la falta de experiencia. No es casual que, al estar el verde tan presente en la naturaleza, haya sido siempre uno de los primeros en ser nombrados.
La asociación del verde con la juventud y la vitalidad no necesita explicación. Los brotes y plantas verdes suelen ser símbolo de salud; en cambio, cuando amarillean o su color cambia, entendemos que algo no va bien. Por otro lado, cuando una fruta no ha madurado suele ser verde, y a menudo cambia cuando está lista para ser recolectada. De aquí la asociación de la inexperiencia y poca madurez con este color.

Su interpretación cultural es compleja. En muchas lenguas antiguas, el azul y el verde formaban un único campo semántico. El japonés y el inglés medieval son ejemplos de ello. Esto refuerza la idea de que los colores no existen hasta que tenemos palabras para separarlos.
En el arte, el verde ha tenido una historia peculiar: los pigmentos eran difíciles de obtener y, a menudo, inestables. El verde de Scheele, usado en el siglo XIX, era tan peligroso que llegó a provocar intoxicaciones. En la iconografía medieval podía simbolizar fertilidad, pero también inconstancia, locura o lo demoníaco. De nuevo, un color aparentemente simple con una enorme riqueza cultural detrás.
Azul, el color que fue verde
Proviene del árabe lazawárd, que hace referencia a la piedra de color azul intenso tan apreciada desde la antigüedad, el lapislázuli. Y de nuevo, el árabe lo toma prestado de la denominación persa que hace referencia a la misma piedra: lājvard.
El color azul fue uno de los últimos en ser nombrados en la mayoría de las culturas, hasta el punto que el azul solía ser un tipo de verde. Hoy en día, todavía algunas culturas muy aisladas siguen entendiendo y categorizando el azul como una tonalidad de verde.
En La Odisea de Homero, el mar es descrito como «oscuro como el vino». El filólogo Lazarus Geiger descubrió que el fenómeno no era exclusivo de los griegos, pues analizó textos de otras culturas y todos tenían menciones al blanco, negro, amarillo y verde, pero ninguno al azul, que siempre era el último color en ser asignado con una palabra. Con excepción de los antiguos egipcios, que eran la única civilización antigua que sabía producir un pigmento azul sintético estable, gracias al lapislázuli.

Aunque pueda parecer lo contrario, el azul no es un color común en la naturaleza: el cielo y el mar a menudo parecen azules, pero también tienen muchas otras tonalidades, es un espacio cambiante. Los ojos azules son menos frecuentes a nivel global, así como los animales y las plantas. Por lo tanto, no había necesidad de asignarle una palabra.
Se ha debatido si en la antigüedad no lo veían o simplemente no lo nombraban, lo que nos lleva de vuelta al concepto de este artículo: si no lo nombraban no lo veían. Hoy sabemos que 3.000 no son suficientes para que el ojo humano haya evolucionado y, aunque se ha hablado de daltonismo en la Antigua Grecia, esto ha sido descartado.
Cián, la revolución del azul
La palabra cián proviene del griego antiguo kŷanos (κύανος), que significa ‘azul oscuro’ o ‘esmalte azul’, como el lapislázuli. Este término se adaptó al latín, al francés y luego al inglés antes de llegar al español, y se usa para el color azul verdoso, aunque su significado literal (‘azul oscuro’, en griego) se refiera a un tono más profundo.

A pesar de esto, ni es oscuro ni es verdoso, es el azul primario en el modelo sustractivo. El menos contaminado, ya que solo contiene azul; no tiene ni pizca de magenta ni de amarillo. De la misma forma que el magenta reemplazó al color rojo como color primario del modelo sustractivo, el cián sustituyó al azul cuando se cambió el sistema de colores RYB por el CMY.
Morado, violeta o púrpura
La palabra morado proviene del latín morum, que significa ‘mora’ junto al sufijo -ado. Se refiere al color que tiene un tono similar a las moras. Una vez más, se toma prestado el nombre de una fruta. Así pues, su significado literal es ‘que tiene el color de la mora’.
La palabra violeta hace referencia a la flor del mismo nombre. Deriva del latín viola, que, a su vez, se remonta al griego ion. De ahí pasó al francés antiguo como violete, posteriormente al inglés y luego al español.

En alemán, púrpura suele referirse a un tono rojo carmín, mientras que en otros idiomas, como el castellano y el inglés, suele hacer referencia a un tono morado. Esto da lugar a muchas confusiones. El término deriva del latín purpŭra, que a su vez procede del griego porphyrā (πορφύρα), palabra que se refería originalmente a un molusco marino del que se extraía un tinte violáceo. Así que podríamos decir que lo correcto (si es que existe algo correcto en la evolución de una lengua) sería el morado. Aun así, debemos recordar que el morado es un color secundario entre el cián y el magenta, de tal manera que la diferencia principal reside en la cantidad de cián que añadimos al magenta.
Los colores son espectros, no cajones. Por este motivo a veces se distingue entre el azul púrpura, que tiene más cián, resultando en un tono más frío, mientras que el rojo púrpura tiene más magenta y es más cálido.
Blanco brillante o blanco mate
Tiene su origen en el germánico antiguo blank, que significaba ‘brillante‘. En la Edad Media este término sustituyó al vocablo albo, procedente del latín y con el que los antiguos romanos designaban ese color. Aún quedan en nuestro idioma palabras que hacen referencia a ese antiguo albo que se empleaba para denominar al color blanco. Por ejemplo, la palabra alba, que designa la luz blanquecina de la madrugada, o la palabra álbum, que se refiere a un libro con las hojas en blanco, o albino, haciendo referencia a las personas y animales sin pigmentación en la piel y pelo.

Sin embargo, el latín tenía otro matiz para el blanco: candidus, un blanco luminoso y puro del que provienen palabras como cándido. Esta división entre blanco mate y blanco brillante revela que la percepción del color ya estaba profundamente asentada y matizada hace 2.000 años.
Los pigmentos blancos fueron esenciales desde los primeros murales: yeso, cal y polvo de hueso. El blanco era la base sobre la que se construían los colores; es el color del silencio, de lo que está por llenarse, de lo inexplorado.
Negro brillante o negro mate
Con el negro ocurre algo similar al blanco: los antiguos romanos distinguían entre el negro mate y el negro brillante. Nos apropiamos del término que se empleaba en latín para designar al negro brillante, niger. Hay muchos términos en castellano que derivan de este término: denigrar es uno de ellos, haciendo referencia a manchar o ennegrecer la reputación de alguien.
El otro término para el negro mate o sucio era ater, término que también solía hacer referencia a la negación del color o a la oscuridad y, quizás por ello, a menudo usado para describir algo de apariencia lúgubre o funesta.

La fisiología del ojo humano es prácticamente idéntica desde hace miles de años. La percepción categórica nos ha enseñado que si una lengua no tiene una palabra para un color, sus hablantes tardan más en reconocerlo, clasificarlo o diferenciarlo de otros colores cercanos. No es que vean menos, sino que piensan distinto. Y, como ha demostrado la lingüística cognitiva, aquello para lo que no tenemos una palabra tardamos más en identificarlo. No es un límite biológico, sino cultural: el lenguaje moldea la percepción tanto como la luz moldea el color.
