Los idiomas cambian todo el tiempo. Este no es el tipo de cosas que se pueden detener. No es algo malo. Ni bueno. De hecho, puede resultar fascinante si eres la clase de persona que, como yo, tiene como pasatiempo la etimología y los autodefinidos. O que se le dilatan los ojos cuando leen cosas como que existe un idioma amazónico que fue hablado por última vez por un loro o una lengua caucásica que no tiene vocales.
Aunque es imposible ofrecer una cifra exacta, se calcula que en el mundo se hablan en la actualidad unas 7.000 lenguas, de las cuales solamente 600 cuentan con más de 100.000 hablantes. Entre las amenazadas por extinguirse están casi el 90% de las existentes.
Las lenguas se mueren, sí. Las palabras, también. Nacen otras. Otras tantas se transforman o se adaptan a nuevas realidades. Hasta el punto de que nos costaría comunicarnos con personas que hablaran nuestro mismo idioma hace apenas unos siglos. Cuando un idioma se transforma tanto, ¿acaso no ha muerto ya? Podemos seguir llamándolo igual, pero ya no es el mismo. ¿Qué diferencia hay entre morir y cambiar?
ALARMA SOCIAL
Sin embargo, no dejamos de quejarnos porque el idioma esté cambiando, y sufrimos porque las lenguas se extinguen. A un nivel puramente lingüístico, esas preocupaciones y quejas no tienen ningún sentido. Incluso, para añadir un tono dramático a lo que simplemente es la evolución lingüística, se emplea la analogía de la pérdida de biodiversidad en el planeta: si se extinguen especies animales y eso es malo porque desestabiliza la cadena trófica, ¿cómo no va a ser malo que se extingan las lenguas?
Pero una lengua no es comparable a una especie animal. O sí, pero no del modo en que se suele pensar: que se pierdan lenguas no desestabiliza la infoesfera, no produce daños colaterales a nivel lingüístico, y menos aún a medioambiental. En lo que es comparable una lengua a una especie es que ésta no deja de cambiar, evolucionar y adaptarse. Y de morir, en cierto modo.
De acuerdo, pero ejercer presión aunque sea indirectamente para que unas lenguas prevalezcan sobre otras… sí, eso se nos puede antojar injusto. No obstante, es lo que opera en todas las cosas con las que interactuamos si buscamos en ellas cierto pragmatismo y eficiencia. Por ejemplo, tuvimos que eliminar las máquinas de escribir cuando se inventaron los ordenadores; o los coches de caballos cuando se inventó el motor. Los ordenadores nos permiten hacer más cosas de forma más rápida y más eficiente. El motor hace tanto de lo mismo. Y tener lenguas más mayoritarias, también: nos permite hablar con más gente y gastar menos recursos en traducir información.
Veámoslo al revés: si la eliminación de lenguas es una catástrofe, ¿debería ser motivo de alegría la producción de lenguas nuevas cada vez más fragmentadas y minoritarias? Llevemos el razonamiento hasta el absurdo: si por azares sociolingüísticos, en el último siglo hubieran nacido cinco mil millones de lenguas nuevas, ¿eso sería una buenísima noticia? ¿O estaríamos condenados a frenar el comercio internacional, el intercambio de ideas y la simple comunicación con todo el mundo que viviera más lejos de cincuenta kilómetros de nuestra casa so pena de invertir ingentes recursos en traducir y pagar a personas para que estudien todas las lenguas que puedan?
Aprender lenguas puede ser bonito, divertido o enriquecedor a nivel personal, pero ¿es particularmente útil para algo? Solo lo es cuando la comunicación es imposible entre dos pueblos. Si la uniformidad de las lenguas permite que esos dos pueblos se comuniquen, entonces aprender sus dos lenguas no es útil, sino un pasatiempo con el que puedes obtener alguna pequeña dosis de utilidad colateral (como ampliar tu vocabulario porque conoces más raíces etimológicas comunes). Es decir, aprender lenguas es un pasatiempo equivalente a completar crucigramas. O resolver acertijos matemáticos. O ver películas.
Volvamos a la analogía biológica. Si estamos en contra de que las lenguas se transformen o de que se ejerza presión para que desaparezcan o se transformen (siempre que esa presión no sea particularmente violenta, sino tanto como lo es «aprende programación porque el trabajo de conductor de autobús cada vez será menos importante debido a los algoritmos»), entonces, mutatis mutandis, deberíamos estar en contra de la agricultura: una actividad que, desde sus inicios hace 10.000 años, ha transformado el planeta, ha extinguido especies, ha propiciado que otras especies se multipliquen y ha ejercido una caprichosa selección natural en aras del pragmatismo y la eficiencia que requiere dar de comer a siete mil millones de bocas.
Si eres vegetariano, ya sabes lo que estás fomentando. Ahora en serio: la agricultura es justo lo que ha destruido hábitats y ha alterado en grado sumo la bioesfera. ¿Por qué no hay tanta preocupación por la agricultura? Porque, en realidad, la transformación o la extinción de lenguas no nos preocupa a nivel racional, sino emocional. Emociones similares a las que afloraban cuando había gente que protestaba porque afroamericanos pudieran usar el mismo baño que los blancos.
RELIGIÓN EMOCIONAL
Las personas están constantemente molestas por el cambio de idioma. Es un ciclo interminable en el que nos encontramos atrapados. Los hablantes del inglés, por ejemplo, se quejan de que el inglés moderno es terrible y que debería parecerse más al inglés victoriano; los victorianos se quejaron de que el inglés victoriano era terrible y que debería ser más como el inglés isabelino; los isabelinos se quejaron de que el inglés isabelino era terrible, y así sucesivamente. Muchos escritores incluso se quejaron de que el inglés debería parecerse más al latín clásico. Vamos, que el inglés no debería ser inglés. Sea lo que sea que signifique eso.
Existe, en las mentes de los hablantes de cualquier idioma, especialmente aquellos con extensas historias escritas, una «Edad de Oro» en la que el idioma era perfecto. Ahora, sin embargo, nuestro idioma está corrupto, es grosero, es malvado, es caprichoso. Se ha perdido la pureza racial, en suma. Por eso, los hablantes desean revertir artificialmente el idioma a ese estado prístino y acusar a cualquiera que hable la forma moderna actual de ese idioma de tener mala gramática o un vocabulario deplorable.
De igual modo, nos resistimos a que un idioma se muera (sea el nuestro o el de algún pueblo exótico que solo tiene un millar de hablantes) por el simple hecho de que consideramos que el idioma moldea nuestro pensamiento, como si un idioma determinado fuera lo mismo que tener instalado en el cerebro un sistema operativo Android o un iOS. Sin embargo, esta idea tiene más de romántico que de científico. El cerebro no funciona así. La hipótesis Sapir-Whorf, sobre todo en su versión más fuerte, es pura pseudociencia.
Algunas particularidades del idioma pueden (y con muchas comillas, porque ni siquiera se sabe con seguridad) influir en la facilidad para recordar algunas cosas, por ejemplo. Pero, de existir esta influencia, sería siempre anecdótica, superficial y puntual… tanto como la que puede existir en dos personas que estudian carreras diferentes o son educadas por padres distintos. O en las diferentes configuraciones del genoma.
De hecho, las cosas parecen funcionar al revés a como se empecinan a repetir machaconamente los posmodernos: nuestra manera de pensar es la que determina nuestro idioma. Dicho de forma simple: si de verdad los inuit tienen muchos sinónimos para el blanco porque están rodeados de nieve y necesitan categorizarla de formas mucho más precisas que los españoles, entonces basta con destruir su lenguaje, imponerles el español y, milagro, empezarán a nacer en español muchos nuevos adjetivos para categorizar el color blanco.
Preservar las leguas tiene un interés académico. Como preservamos fósiles en los museos. O incunables en las bibliotecas. Los filólogos se lo pasarán bomba explorando idiomas ya desaparecidos. Incluso podemos registrarlos todos en audio para que nada se pierda. Pero, en el día a día, la preocupación por la extinción o mutación de las lenguas (esos nazis del idioma que, por ejemplo, se tiran de los pelos porque usas un préstamo de otro idioma) parece exceder a lo meramente académico.
Se aduce entonces que, vale, que no es útil ni práctico, pero que las cosas no se pueden juzgar solo por su utilidad. Estoy de acuerdo. Siempre que no cuesten demasiado dinero, ni demasiado esfuerzo, ni una criba para entrar a estudiar en un colegio público, ni para trabajar, ni para poner el letrero de tu tienda. Una fiesta mayor no tiene mayor utilidad que pasarlo bien y no hay que prohibirla. La vida sería muy sosa si nos condujéramos exclusivamente por el pragmatismo.
Pero no se trata de eso, sino de evaluar si el coste excede demasiado a los beneficios (en este caso, emocionales). Y, sobre todo, si no estamos exagerando al hablar tanto tiempo con preocupación y pesar, y empleando analogías forzadas con las especies animales, de que las lenguas se extinguen, que cada vez se habla peor, que se están perdiendo los matices culturales, que no hay nada más bonito que la diversidad.
Los humanos aman su lenguaje. Y su color de piel. Y su etnia. Y su equipo de fútbol. Y su religión. Y tienden a considerar todas estas cosas mejores que las del vecino, y dignas de protección ad calendas graecas (toma préstamo). No quieren que nada cambie. Como los luditas que destruían los telares mecánicos o los taxistas que tratarán de desprogramar los algoritmos de los futuros coches autónomos. Por eso, incluso, las políticas relativas a la protección de un idioma pueden condicionar unos resultados electorales.
La gente se moviliza para proteger su idioma, incluso pisando el idioma vecino, al que suele ridiculizar si es necesario. En Papúa Nueva Guinea, por ejemplo, uno de los lugares con mayor diversidad lingüística del mundo, no es extraño que dos pueblos vecinos hablen idiomas muy diferentes entre sí: en cuanto descubren demasiadas semejanzas, las evitan artificialmente para continuar manteniéndose así: separados, opuestos, fronterizos; ellos y nosotros, los buenos y los malos, Batman y Joker.
Sin embargo, el idioma cambia inevitablemente por razones que están fuera del control de nadie. Es como mesarse la barba porque una flor en particular debería florecer mañana, o debería llover, o la Tierra debería cambiar su órbita, como señala Oscar Tay en Quartz. Si una lengua sobrevive milagrosamente, está bien. Si muere como probablemente lo hará, también está bien. Si vive o muere no tendrá ningún efecto en nada.
Los seres humanos se preocupan por el lenguaje, por lo que tiene sentido antropológico que se dedique tanto tiempo y esfuerzo a preservarlo, incluso a costa de que los pueblos no puedan comunicarse entre sí. Pero si intentamos que el fútbol no condicione nuestras vidas y criticamos que se gaste tanto tiempo y recursos en él simplemente para ver a un puñado de personas persiguiendo un pedazo de cuero esférico, tal vez deberíamos empezar a plantearnos si quizá nos hemos estado excediendo un poco, confundiendo lengua con otras cosas que nada tienen que ver con la lengua.