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Fluid, un ‘dive bar’ en el que no hace falta bajar al sótano

Fluid dive bar

Un dive bar es ese bar pequeño, gastado y sin pretensiones. Luz tenue, mobiliario de otra década, cerveza barata, clientela fija y una honestidad brutal. En uno de estos bares entras, pides, te sientas y nadie te juzga. No es un bar cutre, es un bar sin maquillaje. Un refugio donde lo auténtico pesa más que lo bonito.

El término se acuñó en Estados Unidos en una época en que beber era casi un deporte de riesgo, a finales del siglo XIX. En aquel momento, muchos bares poco respetables estaban en sótanos, y para entrar había que bajar (de ahí su nombre: sumergirse, zambullirse) por unas escaleras a un espacio oscuro donde pasaban cosas que no convenía ver a plena luz. Pero con el tiempo la palabra se limpió y pasó de insulto a halago hípster, y lo que nació como forma despectiva para hablar de bares clandestinos de sótano donde acababan los músicos después de tocar, los vecinos después de trabajar, los artistas después de fracasar y los curiosos después de cansarse de los sitios bonitos acabó convertida en un elogio a lo auténtico y lo imperfecto. Hoy un dive bar es autenticidad pura.

Fluid dive bar

Ese espíritu, aparentemente imposible de exportar sin convertirlo en caricatura, ha reaparecido en Madrid, justo enfrente del Conde Duque, en un local que no tiene sótano pero sí actitud. Fluid, el proyecto madrileño de Marc Álvarez, no imita los dive bars clásicos, sino que traduce su filosofía al idioma del barrio. No es decadente pero sí íntimo, accesible, honesto y mezclado con la vida callejera.

Fluid dive bar

Vinilos

Fluid empieza por la barra, que es el corazón de todo dive bar, pero con una diferencia: el DJ pincha encima de ella. Literalmente. La música no llega desde un rincón y no es música genérica: funk que te hace levantar la ceja, disco que te recuerda que aún no te has ido, house que respira sin invadir. Los altavoces JBL 4313B, una reliquia para audiófilos, son el equivalente moderno de la vieja jukebox del dive bar y están diseñados para que el sonido no sea decoración, sino conversación. Y, atención, solo pinchan vinilos.

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La carta de cócteles sigue la misma lógica. Son accesibles, cercanos, pero con un giro que te hace mirar la copa dos veces antes de beber. Pistacho y Azafrán, por ejemplo, es seco cuando debería ser dulce. Piña y Rabanito es tropical pero ahumado. El Bloody Mary muta en Tomate y Pepinillos sin pedir perdón. «Y la mayoría de ingredientes son tan cotidianos que podrías comprarlos en el súper, aunque la mano que los mezcla haga parecer que vienen de un laboratorio secreto», explica Álvarez.

En un dive bar auténtico siempre hay algo de comida que no pretende ser de estrella MIchelín pero que se convierte en la salvación de una noche larga. Aquí esa función la cumplen un grilled cheese, una focaccia y gildas reinterpretadas con descaro.

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Barrio

En los orígenes, un dive bar vivía de su entorno, de la gente de la calle, de los proveedores de al lado, del ritmo del vecindario. Fluid mantiene eso como columna vertebral. El pan es de Panic. Los quesos, de Cultivo. El público, de diez portales a la redonda. Pero donde Fluid realmente se separa de los bares que solo quieren parecer dive bars es en su relación con el arte que cuelga de las paredes y que cambia cada poco porque pretende reflejar el movimiento creativo de Conde Duque.

Fluid dive bar

El dive bar tradicional era un sótano donde la gente bajaba a esconderse del mundo. Fluid es justo lo contrario: un lugar donde se entra para reconectar con él. Para escuchar música a buena distancia, para pedir un cóctel sin necesidad de doctorado, para charlar con quienes están al otro lado de la barra y con quienes acaban de sentarse. Un sitio donde la creatividad, la coctelería y el barrio no compiten, se mezclan.

Fluid dive bar

Por eso, aunque Marc Álvarez venga de la élite líquida (laboratorios, estrellas, listas internacionales…), lo que ha creado aquí no es un templo, es un punto de encuentro. «Un sitio donde pasan cosas y donde vuelves porque sabes que nunca será igual que el día anterior», dice. Si los viejos dive bars nacieron como refugios, Fluid nace como extensión natural del barrio. Y quizás por eso abre de lunes a sábado desde las 19:00 h. Porque la vida de barrio no se hace solo de noche. Y porque, cuando todo fluye, no hace falta bajar a un sótano para sentirse en casa.

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