¿Puede considerarse un agujero en el suelo una infraestructura hidráulica? ¿O una herramienta para enfrentarse a la desertificación? Si se repite miles de veces, sí. Eso es precisamente lo que muestra Javier Peña en uno de los vídeos de Hope! dedicado a la recuperación de tierras degradadas en el Sahel, la enorme franja semiárida que atraviesa África al sur del Sáhara.
Allí se están recuperando técnicas tradicionales y desarrollando proyectos de restauración basados en un principio bastante sencillo: cuando llueve poco, tan importante como conseguir agua es evitar que la que cae se marche demasiado deprisa.
Medias lunas excavadas en el terreno, hoyos zaï, zanjas de infiltración, cordones de piedra… Las formas cambian, pero la lógica es parecida. Todas introducen pequeños obstáculos en el camino que sigue el agua.
En lugar de correr sobre un suelo degradado, arrastrar su capa fértil y desaparecer, estas estructuras permiten retener la lluvia durante más tiempo y favorecer su infiltración. Y cuando el agua permanece en el terreno y vuelve la vegetación, empiezan a suceder más cosas.
Hacer que la lluvia se quede
La idea parte de la máxima de que para combatir la falta de agua no siempre hace falta más agua. A veces es suficiente con conseguir que la que ya existe se comporte de otra manera.
El Programa Mundial de Alimentos trabaja en el Sahel con proyectos que combinan la restauración de tierras degradadas con la producción agrícola. Uno de ellos se encuentra en Loumba-Massalit, en Chad, donde refugiados sudaneses y comunidades locales han desarrollado 19 hectáreas de huertos, plantado 13.000 ejemplares y construido 30 hectáreas de estructuras en forma de media luna para capturar el agua de lluvia.
En esos terrenos se cultivan actualmente tomates, quimbombó, ajo, rúcula, remolacha o patatas, y la producción genera además ingresos para las familias participantes. El cambio, por tanto, no consiste simplemente en plantar árboles o conseguir que vuelvan a crecer cultivos, sino en reparar una relación rota entre suelo, agua y vegetación. Porque un suelo desnudo y degradado y uno cubierto de plantas no administran el agua de la misma manera.
Cuando la vegatación empiezan a trabajar
Una vez recuperada, la vegetación no se limita a aprovechar el agua, sino que también interviene en su circulación. Las plantas absorben humedad del suelo y devuelven parte de ella a la atmósfera mediante la evapotranspiración. Y esa humedad puede participar posteriormente en los procesos que generan nuevas precipitaciones.
Un estudio publicado en Nature Communications en 2017 encontró evidencias observacionales de una retroalimentación positiva entre vegetación y lluvia en el Sahel. Los investigadores observaron que, en determinados momentos del año, una mayor presencia de vegetación estaba relacionada con mayor evapotranspiración y más vapor de agua en la atmósfera, y señalaron el reciclaje de humedad como uno de los mecanismos que contribuían a explicar la relación entre vegetación y precipitaciones.
Otro trabajo publicado en 2025 en Communications Earth & Environment añadió una pieza especialmente interesante. A partir de aproximadamente 131.760 imágenes de satélite, los investigadores compararon la formación de nubes dentro y fuera de zonas protegidas de las regiones áridas de África occidental. Entre abril y septiembre, la frecuencia de nubosidad fue de media un 10,8% mayor dentro de esas áreas que en las zonas circundantes.
Y el tamaño parece importar. El mismo estudio encontró una relación positiva entre la extensión de las áreas protegidas y el aumento de la nubosidad: el efecto más claro se producía en las superficies mayores. La relación parece seguir una lógica que los científicos están empezando a conocer cada vez mejor: retener agua puede favorecer la vegetación; la vegetación modifica el intercambio de agua y energía con la atmósfera, y esos cambios pueden, a su vez, favorecer la formación de nubes y participar en los procesos que generan lluvia.
Eso no significa que cualquier intervención destinada a reverdecer un territorio vaya a provocar automáticamente más precipitaciones. El propio estudio de 2025 señala que todavía es necesario investigar hasta qué punto el aumento de la nubosidad acaba convirtiéndose en más lluvia y cómo varía ese efecto según las características y la extensión de las zonas restauradas.
Pero los resultados aportan evidencias de algo especialmente sugerente: recuperar vegetación en las tierras secas no solo transforma lo que ocurre a ras de suelo. También puede modificar lo que sucede por encima de él.
El aire acondicionado de las plantas
La vegetación produce además otro efecto especialmente valioso en lugares sometidos a temperaturas extremas. Cuando el agua pasa del suelo y las plantas a la atmósfera necesita energía. Dicho de manera muy simplificada, parte del calor disponible se emplea en evaporar agua en vez de calentar la superficie.
Un estudio publicado en Scientific Reports en 2026, que analizó las regiones áridas del planeta entre 2001 y 2020, encontró que el reverdecimiento de las tierras secas puede reducir las temperaturas diurnas de la superficie mediante el aumento de la evapotranspiración.
Ese efecto, sin embargo, depende de la disponibilidad de agua: la capacidad de la vegetación para refrigerar disminuye cuando la humedad del suelo es insuficiente. La restauración puede generar así una especie de círculo virtuoso: más agua retenida favorece las plantas; las plantas proporcionan sombra y evapotranspiración; esas condiciones pueden reducir el estrés térmico y mejorar el microclima, y un suelo cubierto y vivo vuelve a gestionar mejor el agua.
No ocurre automáticamente ni funciona igual en cualquier territorio. Pero la idea cambia bastante la forma de entender la restauración de las tierras secas.
El agua que aumenta bajo el Sahel
Y hay otro fenómeno que completa esta historia. Los satélites de la misión GRACE permiten detectar variaciones en el almacenamiento de agua terrestre a partir de cambios en el campo gravitatorio. Gracias a ellos, un estudio publicado en 2017 detectó un aumento significativo de las reservas de agua subterránea en la cuenca del río Níger.
Entre enero de 2003 y diciembre de 2013, los investigadores estimaron un incremento de 93 ± 61 kilómetros cúbicos de agua subterránea. Lo interesante es que este fenómeno permite entender hasta qué punto la relación entre paisaje y agua puede ser compleja.
Los autores relacionan estos resultados con observaciones anteriores de aumentos del nivel freático en el Sahel y señalan la importancia que pueden tener los cambios en la cubierta del suelo sobre el almacenamiento de agua subterránea.
El aumento de las reservas subterráneas, por tanto, no puede atribuirse únicamente a los proyectos actuales de restauración. Pero ayuda a comprender la idea de fondo: lo que hacemos en la superficie modifica el recorrido del agua. Un cambio en el suelo, en la vegetación o en la forma de retener la lluvia puede determinar si esa agua se evapora, corre hacia otro lugar, permanece disponible para las plantas o acaba almacenada bajo nuestros pies.
Y eso es precisamente lo que intentan aprovechar de una manera dirigida muchas de las técnicas de regeneración que hoy se extienden por el Sahel.
Y esto también ocurre en Cáceres
Para entender esa filosofía ni siquiera hace falta viajar al Sahel. En Aldeanueva de la Vera, Cáceres, la Comunidad de Regantes Ocho Caños conserva un sistema tradicional para «sembrar agua» mediante unas acequias conocidas como pesqueras. Estas desvían el agua para favorecer su infiltración en el terreno, junto con el riego por inundación de pastos y parcelas de cultivo.
La finalidad no es sacarla cuanto antes del territorio, sino justo lo contrario: ralentizarla e infiltrarla. El proyecto WaSHa, desarrollado con participación del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), ha investigado qué ocurre cuando se recuperan estos sistemas tradicionales.
Los resultados son especialmente llamativos: durante el periodo estudiado, la puesta en funcionamiento de varias pesqueras contribuyó a aumentar un 20% el caudal medio de la Garganta de San Gregorio y ayudó a que ese caudal fuese mayor durante el verano.
El terreno se convierte así en una especie de almacén: parte del agua que podría abandonar rápidamente el territorio se infiltra y puede permanecer disponible durante más tiempo.
La técnica tiene un nombre especialmente hermoso: sembrar agua. Y no es precisamente nueva. El proyecto WaSHa ha estudiado sistemas tradicionales de siembra y cosecha de agua con el objetivo de conocer mejor su funcionamiento y valorar su potencial como herramientas de adaptación al cambio climático.
Quizá llevábamos demasiado tiempo intentando que el agua se fuera
Canalizar. Drenar. Desaguar. Conducir rápidamente la escorrentía hacia ríos y barrancos. Buena parte de nuestra relación moderna con el agua ha consistido en decidir por dónde queríamos que circulara y conseguir que llegara allí cuanto antes. Las técnicas que se recuperan en el Sahel —y las que han sobrevivido durante generaciones en lugares como La Vera— proponen casi lo contrario. Ponerle obstáculos. Dejar que se entretenga. Conseguir que una tormenta que dura unas horas permanezca en el paisaje durante semanas o meses.
Porque la función de esos millones de agujeros que Javier Peña muestra en el vídeo de Hope! no es solo aprovechar la lluvia. También existe en ellos una manera distinta de entender el agua, no solo como un recurso que cae del cielo, sino como algo cuyo recorrido podemos ayudar a ralentizar, infiltrar y devolver al ciclo natural.
Y, en territorios cada vez más expuestos a sequías, lluvias torrenciales y temperaturas extremas, quizá una de las tecnologías más eficaces consista simplemente en convencer al agua de que no tenga tanta prisa.
