[Foto portada: Alice Donovan Rouse/Unsplash]
Hubo un tiempo en el que no todos queríamos aspirar a ser youtubers. Donde no pensábamos en la fama. Ni queríamos que los demás nos reconocieran por la calle y nos pidieran autógrafos.
El 14 de junio de 1916, la actriz Mary Pickford firmó el primer contrato cinematográfico de la historia por un millón de dólares. Aquel acontecimiento provocó entonces un cambio de paradigma: por primera vez, las ganancias potenciales de una estrella quedaron desvinculadas de los esfuerzos que probablemente tenía que realizar.
Antes de eso, la fama no existía entre los actores de cine, tal y como escribe el escritor y cineasta Richard Schickel en Intimate Strangers: The Culture of celebrity in America. Quizá, hilando fino, seis años antes también hubo un cambio cuando el productor de la actriz Florence Lawrence filtró la noticia de que esta había muerto en un accidente de tranvía para, a continuación, desmentir la noticia y organizar una aparición pública por todo lo alto de la actriz. ¡Tachán!
Tras forjarse la idea de «personalidad», surgió el concepto de «estrella». Antes de eso, las estrellas mediáticas no interesaban más allá del hecho de que aparecían en películas.
El nacimiento de la prensa rosa
El origen de la prensa rosa se encuentra en la antigua sección periodística denominada crónica de sociedad, crónica de salones o ecos de sociedad, pero la primera publicación semanal dedicada estrictamente a la crónica social en Estados Unidos fue la Broadway Brevities and Society Gossip, lanzada en Nueva York en 1916, casi a la vez que Pickford firmaba su contrato millonario. En la década de 1920, aparecería otro de los grandes referentes del género, la revista National Enquirer.
En esos años, también tuvo lugar otro gran escándalo asociado a un actor, otro referente del star system de Hollywood por sus excesos: Fatty Arbuckle. Este cómico pasado de peso aparentemente bonachón había asesinado a la actriz Virginia Rappé. Fatty celebraba una fiesta en la planta 12 del glamuroso Westin St Francis de San Francisco y, tras ingerir alcohol y drogas en cantidades industriales en plena Ley Seca, había encerrado a Virginia en un dormitorio, donde la violó brutalmente hasta acabar con su vida.
El problema es que Virginia Rappé estaba manteniendo por aquel entonces un idilio con el magnate de la prensa William Randolph Hearst, quien quiso hundir la carrera de Fatty publicando con todo lujo de detalles el escabroso homicidio. Lo consiguió, a pesar de que los abogados de Fatty lograron absolverle de todos los cargos, y millones de estadounidenses se dedicaron a odiar a Fatty hasta condenarlo al ostracismo.
Más tarde, Hearst reconocería que ninguna otra noticia, ni siquiera el hundimiento del Lusitania, que había provocado la entrada del Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, le había hecho vender tantos periódicos. Y ¿quién es Hearst? Pues seguramente el mayor promotor de la prensa amarilla y rosa de todo el planeta, gracias a la cual se construyó una de las fortunas más rutilantes de la época, así como una de las mansiones más faraónicas que pueden visitarse hoy en día (yo tuve la ocasión de hacerlo aquí). Hearst, en sí mismo, de hecho fue también carne de la propia prensa amarilla, e incluso Orson Welles rodaría Ciudadano Kane para parodiar su figura (la última palabra del protagonista antes de morir es «Rosebud», que es como Hearst se refería cariñosamente a la vagina de su amante).
Paralelamente, en España nacían publicaciones como Vida Aristocrática, cuyo director, León Boyd, en el número 1, del 10 de noviembre de 1919, escribe esta declaración de propósitos:
Queremos que estas páginas, cristianas y frívolas a un tiempo, siempre respetuosas y jamás indiscretas, a sabiendas, lleven a vuestro hogar el perfume de todos los ecos de vuestro vivir: la boda, el bridge, el banquete, el baile, la fiesta de caridad y de religión, el latido de los aristócratas que trabajan, la labor, desconocida para muchos, que realizan ilustres damas, merecedoras por ello de nuestra consideración y nuestro respeto.
La democratización del estatus
El siguiente cambio de paradigma tuvo lugar con la aparición de las redes sociales, como Facebook o Instagram. Plataformas como YouTube también han favorecido que la mitad de los adolescentes aspiren a ser famosos, según explica Mark Borkowski, un experto en relaciones públicas y autor de The Fame Formula: How Hollywood’s Fixers, Fakers and Star Makers Created the Celebrity Industry («La fórmula de la fama: cómo los productores, falsificadores y fabricantes de estrellas de Hollywood crearon la industria de las celebridades»).
Y muchos de los usuarios de las redes sociales, aunque solo posean una pequeña cuota de atención por parte de amigos y allegados, experimentan ya la ansiedad y el estrés de mostrar siempre su mejor cara, su mejor perfil, sus ideas perfectamente liofilizadas y concordantes con la masa, como refleja el informe #StatusofMind (Estado mental), que recoge los resultados de una encuesta llevada a cabo entre 1.479 jóvenes de 16 a 24 años de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte.
No es que internet haya inoculado un virus en la gente para que desee ser famosa, sino que la gente siempre ha anhelado ser admirada y respetada, e internet es una herramienta muy eficaz para recibir ese feedback, como resume Derren Brown en su libro Érase una vez… una historia alternativa de la felicidad:
Pero ¿por qué no iban los jóvenes a querer ser famosos? Ser visible se ha hecho más fácil; incluso en 2003, cuando la telerrealidad estaba dando sus primeros pasos y la fama de Internet se desconocía por completo, se calculaba que en la televisión británica aparecía cerca de un cuarto de millón de «personas corrientes» al año.
Ello no ha menoscabado ni un ápice la entronización de estrellas rutilantes. A pesar de todo, aún existen categorías. La gente común continúa necesitando referentes más ricos, atractivos y glamurosos que nos recuerden que quizá algún día nosotros también logremos ascender por la escalera social. También, probablemente, las estrellas son una catarsis religiosa, un sustituto de sociedades cada vez más laicas, como concluye Brown:
Al mismo tiempo, ahora que la religión ha perdido su influencia sobre la mayoría de nosotros, tenemos necesidades insatisfechas de vinculación intensa, modelos de conducta poderosos y personajes inmortales (… ) Las webs de fans funcionan como iglesias a las que los fieles acuden juntos y analizan cualquier manifestación de sus ídolos; los individuos alardean de tener una relación personal con el famoso en cuestión o se la inventan; se forman «iglesias rivales» a medida que una gran base de fans se escinde en facciones separadas y ligeramente enfrentadas entre sí, a cada una de las cuales le gusta creer que es la preferida de su dios particular y que sabe cuál es la manera correcta de llevar a cabo su culto laico.
Así pues, el nacimiento de las estrellas mediáticas probablemente tuvo diversos motivos que podrían resumirse en: búsqueda de nuevos dioses, mejora de los medios de comunicación para cotorrear más allá de nuestro círculo social y democratización 2.0 para empezar a experimentar nuestra pequeña cuota de protagonismo social. Observaremos con curiosidad morbosa cuál será el siguiente cambio de paradigma.
2 respuestas a «Hubo un tiempo en que nadie aspiraba a ser famoso»
Ya lo predijo Warhol: “En el futuro todo el mundo será famoso por quince minutos…”
Muy interesante