De los barrios humildes de Barcelona a las superproducciones de Hollywood, Juan Antonio Bayona ha mantenido intacta su obsesión por capturar ese instante en el que la realidad se rompe y deja paso a lo extraordinario. En su ponencia en el Día C, del Club de Creatividad, el director de La sociedad de la nieve desgranó su método, su miedo al algoritmo y por qué, a veces, un director necesita boicotearse a sí mismo para encontrar la verdad.
El primer recuerdo de J.A. Bayona no es una vivencia familiar, sino un plano cinematográfico. Fue Superman alzando el vuelo. Para aquel niño de un barrio periférico y humilde de Barcelona, esa imagen no fue solo entretenimiento, fue una revelación. «Yo quería ser Superman, quería volar», confiesa. Esa metáfora del vuelo ha sido el motor de una carrera que se mueve entre lo íntimo y lo espectacular, siempre bajo una premisa que arrastra desde la infancia: la capacidad de asombrarse.
Bayona creció en un contexto donde el cine era un evento escaso pero sagrado. Ante la imposibilidad de ir a las salas del centro, su cinefilia se forjó en la televisión española de los años ochenta, una extraña coctelera donde convivían los clásicos de Hollywood con Kurosawa o Truffaut. «A un niño de siete años le da igual si la película es japonesa o francesa; te fijas en la historia y en cómo te resuelve el mundo», explica el director.

Esa mirada ecléctica le permitió entender que el género es solo un vehículo. Al igual que sus referentes (Kubrick, Spielberg o Polanski), Bayona salta del terror de El orfanato al desastre de Lo imposible o la fantasía épica de Jurassic World, buscando siempre «la llamada», ese misterio intuitivo que hace que una historia resuene por dentro antes de que pueda ser explicada con palabras.
El valor del detalle
Si algo define el trabajo de Bayona es una atención casi obsesiva por el detalle, algo que él atribuye medio en broma a un «TDAH no diagnosticado». Para él, la técnica no es un frío ejercicio industrial, sino una parte esencial de la emoción. «El estilo no eres tú; es el trabajo colectivo de la gente brillante de la que te rodeas», afirma rotundo.
Esta obsesión por el craft, el oficio artesanal, le lleva a situaciones extremas. Durante el rodaje de El señor de los anillos, fue capaz de detener una jornada a diez minutos del final solo para capturar un plano de dron que faltaba, o de supervisar personalmente la posición de un figurante entre cientos de personas. Para J.A. Bayona, el sonido, la fotografía y los efectos visuales son el lenguaje con el que se construye la veracidad. «Si el croma se nota, es una barrera que me impide entrar en la historia».
A pesar de su meticulosidad, el director huye del encorsetamiento. Una de sus frases de cabecera es demoledora: «Lo que tienes muy claro no te deja ver más allá». Por eso, en sus rodajes, utiliza una técnica de autoboicot. «Llego al set con los deberes hechos, con el guion y el storyboard claros. Pero después de rodar lo previsto, intento reventarlo todo. Me dejo tiempo para explorar, para retar la escena y llevarla a un sitio donde aparezcan pequeñas joyas que no esperaba», explica Bayona, para quien el éxito de un día de rodaje se mide en si vuelve a casa con algo que no estaba en el papel. Es en esa búsqueda de la «magia» donde el cine se distancia de la inteligencia artificial. «La IA procesa información, pero el artista aporta conocimiento y lectura emocional».
Cine frente al algoritmo
En una era donde se dice que el público joven es incapaz de mantener la atención más de cinco segundos, Bayona rompió el molde con La sociedad de la nieve. Mientras los algoritmos pedían metrajes cortos y estructuras digeribles, él entregó una historia de más de dos horas que fascinó a la generación Z. «El molde lo tienes que crear tú en cada película», sentencia. Para él, el cine sigue siendo una experiencia comunal e irremplazable. «Mientras exista la idea de que no hay mejor sitio para ver una película que una sala a oscuras rodeado de extraños, habrá futuro».

Tras su paso por Hollywood, una industria que define como «llena de recursos pero a veces encorsetada», el director catalán ha regresado a una libertad absoluta. La sociedad de la nieve fue su reacción inmediata a las grandes franquicias (El señor de los anillos y Jurasic Worl), un ejercicio de pureza donde el talento español demostró que puede hablar de tú a tú a los gigantes del sector.
Hoy, Bayona sigue buscando ese momento en el set donde la actuación desaparece y la vida ocurre de verdad delante de la cámara. Sigue siendo el niño que mira a Superman, pero ahora es él quien maneja los hilos del asombro, convencido de que la mejor historia siempre es aquella que te obliga a volar, aunque tengas los pies hundidos en la nieve o en el barro.