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‘Juego de tronos’ es un sueño, no un vídeo de comunión grabado por un aficionado

Leo quejas sobre cómo los guionistas de Juego de Tronos manejan las distancias en la séptima temporada. Quejas de críticos de televisión y de una parte del público. Incluso hay personas que calculan cuánto tiempo llevaría —en el mundo real— ir de un punto a otro a pie, a caballo, en carro o en barco. Los amigos de la verosimilitud se quejan de cuán penosos eran los viajes en las primeras temporadas. Recuerdan a Arya y Perro deambulando por Poniente, y a Tyrion atravesando el mar escondido en una caja de madera para huir de la ira de la hermana.

Quejas de los modernos que ignoran o rechazan que las películas y las series funcionen con la naturaleza de los sueños. Las quejas no son nuevas. Hitchcock expuso a Truffaut cómo sus películas habían sido vilipendiadas por cierta crítica «porque carecían de lógica».

Buscar la lógica nos maquiniza

En el mundo onírico suspendemos la crítica. Siguiendo las técnicas surrealistas hace años que llevo un diario de sueños donde anoto los instantes de lucidez. En un sueño reciente, pertenecía a un club de caballeros ingleses victorianos amantes del alcohol, las meretrices, el opio y el karaoke. ¿El karaoke? Sí, había uno dentro de una carpa de circo, entre otras carpas en un recinto cerrado. Uno de los caballeros, calco de Freddie Mercury, cantó no recuerdo qué. (El inglés no mejora en los sueños). Aprecié las incongruencias entre la época y los artilugios técnicos. Por suerte, el breve desconcierto no me despertó. Me dejé llevar por estos caballeros decadentes hasta que la alarma me trajo a la realidad. Lamenté no tener los medios para filmar todo cuanto vi, olí y percibí.

La peste de la verosimilitud

La búsqueda de la verosimilitud es una peste contra el arte fílmico y televisivo. Crecen los artículos dedicados a destacar los fallos de continuidad en las películas y las series. Se señala que el personaje X tiene un sombrero hongo en un plano y una gorra en otro. En las redes sociales el público rebate la ciencia de la ficción. Se queja del salvamento en el último momento. De las balas infinitas de un revólver. Quejas cuando el espectáculo ha acabado. Después de las emociones. ¿Miedo o vergüenza por haberse dejado llevar por la fantasía? ¿Necesidad de sobresalir, destacando la obviedad de que existen las mentiras y las elipsis?

Las distancias para la vida, las elipsis para las ficciones

Las distancias forman parte del mundo real. Los asistentes de conducción de los móviles estiman cuánto tiempo nos llevaría ir de un punto a otro. Esto es necesario.

En la ficción, el tiempo y la distancia dependen de las necesidades dramáticas. La pequeña odisea de Arya por Poniente y su estancia con Los hombres sin rostro dan tiempo a mostrar la transformación de niña a mujer. Con frecuencia, madurar es un proceso penoso, y Arya lo ha hecho por sí misma. La penosa travesía de Tyrion encajonado permite que la sed de justicia crezca en el personaje. Pero cuando los personajes han crecido, la dilatación del tiempo es contraria al drama, a la emoción. Arya atraviesa poniente en dos capítulos porque la trama lo exige de la misma manera que Ser Jorah Mormont sana y atraviesa un continente de un capítulo a otro.

El juego con el tiempo no es nuevo en la ficción. En el cine y las series la mayoría de las comidas duran un par de minutos. El amor surge tras un puñado de palabras. En los 84 minutos de tiempo supuestamente real de Solo ante el peligro caben tres o cuatro horas. Las elipsis devoran los aburrimientos, las preguntas incómodas y los porqués. La verosimilitud forma parte de las antipelículas de bodas, bautizos y comuniones grabadas por aficionados, sin cortes. El público quiere emociones, no un acta notarial. Saber quién acabará en el Trono de Hierro.

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