En 2007 se lanzó al mercado un juego que levantó cierta polémica. Se llamaba ‘Sombras de guerra: la Guerra Civil española’ e iba, como su nombre indica, sobre nuestra Guerra Civil, esa que tanto nos gusta mencionar sin que ninguno de nosotros la hayamos vivido. La polémica venía por lo (decían) inoportuno y poco riguroso del asunto, aunque bien es cierto que durante años nuestros PC se llenaron de juegos de estrategia ambientados en guerras extranjeras. Pero, claro, no era la nuestra.
Ahí estaba como espejo el mítico ‘Command & Conquer’, con la posibilidad de ‘jugar’ a la Guerra Fría eligiendo ser un aliado o un comunista. Porque la gracia del juego de marras era precisamente esa: poder elegir bando y, ya ves, cambiar la historia y que no fueran los golpistas militares los que ganaran, si es que en las guerras gana alguien. También habíamos podido jugar al español ‘Commandos’, ambientado en la Segunda Guerra Mundial, o a los ‘Call of Duty’ en desiertos lejanos.
Pero no era problemático jugar a ninguna de esas guerras porque, qué demonios, no era la nuestra. Eso de que uno eligiera a los nacionales estaba mal visto (porque por algo son los malos), pero lo de que los republicanos pudieran ganar sonaba tan revisionista que tampoco gustaba a ‘esos’ que suelen estar en desacuerdo con las cosas que se hacen. ‘Sombras de guerra‘ no era un juego de estrategia, era una mala idea y punto.
Aunque sólo han pasado siete años desde entonces, el sector del juego se ha ido volviendo más político. Cierto es que tiene mucha mejor acogida divertirse a costa de un político que guste más o menos que del drama que traumatiza aún hoy al país. Pero de entonces hasta ahora, la industria española ha aprendido a divertirse con los que mandan en videojuegos, aplicaciones para móvil y juegos de mesa.
¿Que Esperanza Aguirre es pillada huyendo de unos policías dándole el alto por plantar su coche en el carril bus de la Gran Vía de Madrid? Crean el GTAguirre para Android, donde el objetivo del juego es ayudar a la lideresa a escapar de los agentes. ¿Que somos el PP catalán y tenemos que hacer una campaña dura? Los jóvenes del partido sacan en su web ‘Alicia Croft‘, donde la candidata, a lomos de su gaviota Pepe, ajusticiaba a inmigrantes ilegales (para más tarde cambiarlos por ‘mafias’ y, al final, retirar el juego).
Pero no sólo el PP es el protagonista de los juegos. Pablo Iglesias, líder de Podemos, es el centro ‘Casta Wars’ (para iOS y Android), donde fulmina al estilo ‘Pang’ a sus oponentes (a saber, tertulianos y políticos conservadores). Y no es la única app en la que es la estrella: hay algunas que recogen sus mejores frases y permiten ponerlas como tono de llamada. En otras apps un poco menos resultonas puedes hacer puzzles con las caras de los líderes más polémicos por el mero gusto de reírte un rato con tus siniestras creaciones.
El último en llegar a la tienda de aplicaciones ha sido otro de los protagonistas del verano, Jordi Pujol. En Pujol-Gate la misión del jugador es atrapar al ex Molt Honorable y a su creciente familia a través de cinco paraísos fiscales y recuperar el dinero que se han llevado de las arcas catalanas.
No todo son apps o videojuegos. Hay juegos online de tinte social como Misión Presidente, donde otros usuarios deben votarte según tus propuestas, o D€mocracia, un juego de mesa que hace unas semanas conseguía completar su financiación a través de una campaña de crowdfunding: pedían 15.000€ y consiguieron 18.300€. Y eso que el éxito no era fácil, porque cada uno de esos juegos cuesta más de 40 euros.
Otra opción algo más económica e igualmente burlesca con la política actual es el juego de cartas ‘Que viene la Troika‘, que tiene cartas de personajes tan entrañables como Camps, Mas, Aguirre, Rosa Díez o Rubalcaba
¿Qué se esconde tras la creación de todos estos juegos? Varias cosas, todas en clave de ‘terapia’.
Primero, la desmitificación del humor político, pasando de lo mal visto que está reírse de un estigma como la Guerra Civil a lo aceptable que resulta para todos digerir la dura realidad política a través de la sátira o la burla.
Segundo, el hacer evidentes algunas pulsiones del país, como la app xenófoba del equipo de Alicia Sánchez-Camacho, que hizo visible una de las grandes preocupaciones de la región en ese momento -la inmigración- y quiso pescar votos en un río donde otras fuerzas hacían campaña: el fascista Anglada de PxC con spots como este y CiU, que nunca ha disimulado su postura sobre inmigración ilegal (el polémico cartel de «en Cataluña no cabe todo el mundo» dio mucho de sí).
Tercero y más importante: evidenciar el descontento con los políticos. Se hace de la forma equivocada, lejos de las urnas, pero se hace.
Y cuarto, a veces son los políticos los que usan la herramienta del juego para llegar a sus votantes porque entienden que es un canal más efectivo que los mítines o los medios de comunicación a la hora de llegar a según qué públicos.
La tendencia, claro, no es cosa sólo de España. En Europa hay apps para luchar contra zombies políticos o, sin salir de ese género, un simulador electoral a la italiana bastante chanante. Ahora, para idas de olla, nada mejor que el mercado japonés: una presidenta del futuro combatiendo a lomos de un robot gigante o un presidente actual que hizo campaña con un juego para móviles.
Desde EE UU llegan apps para dar de puñetazos a Obama, resolver debates políticos en un combate de boxeo o, algo más trabajado, una especie de ‘Liga Fantástica’ ambientada en las últimas elecciones presidenciales. Y eso por no hablar de las revisiones en plan aventura gráfica del Watergate.
Aunque, bien pensado, todo esto estaba inventado hace muchos años, cuando lanzaron el Monopoly. Porque de eso se trata, ¿no?
Disclaimer: para el artículo he usado algunas ideas y textos de otros colaboradores de la revista mucho más guays que yo: Víctor Navarro y Antonio Gutiérrez Rubí