Los estereotipos no son buenos, limitan la mirada y la visión. Si nos dejáramos llevar por ideas preconcebidas, cuando pensamos en el arte japonés del siglo XIX sólo veríamos feroces samuráis, tsunamis dibujados en tablas de madera y delicadas flores en tinta negra sobre fondo blanco.
No caigamos en ello. Y para eso nada mejor que abrir los ojos y conocer otras miradas. Una de ellas es la de Kawanabe Kyōsai, un pintor nipón del siglo XIX considerado como uno de los artistas satíricos más destacados de Japón. Y así lo descubre Spoon & Tamago.
La vida de Kyōsai empezó de una manera tradicional. Nació en Koga en 1831 en el seno de una familia privilegiada (su padre fue un rico comerciante que se convirtió en samurái). Desde muy pequeño empezó a recibir clases de pintura de la mano de maestros como Utagawa Kuniyoshi, uno de los artistas más destacados del estilo Ukiyo-e.
Pero el joven Kawanabe no se iba a conformar con seguir las reglas de ese arte ni de ningún otro y pronto empezó a destacar con su propio estilo. Tenía un talento brutal, según sus maestros, primero Kuniyoshi y más tarde Maemura Tōwa, perteneciente a la escuela de Surugadai Kanō. Fue este último quien le puso el sobrenombre por el que sería conocido a partir de entonces: Shuchu gaki (El demonio de la pintura).

Cuando comprendió que lo que le enseñaban en esas escuelas se preocupaba más de la técnica que de animar a los artistas a buscar su propio estilo y forma de expresarse, Kawanabe abandonó los estudios y empezó a desarrollar su propia trayectoria.
Kyōsai vivió una de las épocas más turbulentas de la historia de Japón y fue testigo del paso de una sociedad feudal a un país moderno: la transición del periodo Tokugawa o Edo al periodo Imperial o Restauración Meiji.
La actividad artística de Kawanabe Kyōsai en ese época fue intensa. Aceptaba todo tipo de encargos, desde libros hasta diseños para el kabuki, el tradicional teatro japonés. Utilizaba las técnicas clásicas (básicamente el estilo Ukiyo-e) pero su obra derrocha acción, intensidad y cierto gusto por lo tétrico y la muerte.
Se dice que, siendo niño, recogió del río la cabeza de un cadáver que flotaba sobre las aguas y se la llevó a su casa para estudiarla en secreto. Quizá esta anécdota de la niñez explique su gusto por lo oculto y la sangre.

La imaginación de Kyōsai era desbordante. Quizá también ayudó a crear su propio universo personal su alcoholismo, algo que le causó no pocos problemas y trifulcas con otros colegas y que le dio fama de pendenciero y rebelde. Pero los genios no se achican y Kyōsai tampoco lo hizo.
El periodo Meiji se caracterizó por la promoción de políticas que trataban de acercar a la sociedad tradicional japonesa a los modos occidentales. La modernización está bien, pero la entrega ciega a otra cultura despreciando la propia era algo que enfurecía profundamente a Kyōsai.
Bajo la perspectiva occidental, Japón era una sociedad bárbara y ruda. Las élites niponas, deseosas de alejarse de esa consideración, adoptaron sin medida los gustos más victorianos. Siguiendo esta línea política, se cerraron burdeles, el arte tradicional fue censurado y se calificaba como primitiva la vida campesina que imperaba en el país.

La respuesta de Kawanabe a este esnobismo llegó en forma de dibujos satíricos que ensalzaban aquello que los occidentales más despreciaban (gestos y personajes vulgares, como la obra Hōhi Gassen en la que describe una descomunal y cruenta batalla de pedos), caricaturas que ridiculizaban y se burlaban de los visitantes occidentales que llegaban a Japón para imponer su forma de vida. Esos dibujos le costaron la cárcel en 1870.
«Mientras sus contemporáneos del período Meiji eligieron representar la elegante sociedad de Ukiyo-e, el «mundo flotante», Kyōsai plasmó las profundidades de su propia mente llena de bebida para crear una fantástica colección de animales, fantasmas y demonios», expresaba Ian Gale en un artículo para Independent.
Cuanto más enfurecía a las autoridades con sus sátiras, mayor era su fama entre sus compatriotas. Los demonios que le servían de apodo afloraron en sus obras, como salidos directamente de alguna de sus fantasías etílicas.

En sus trabajos aparecen elementos y personajes de la mitología nipona a los que usa para ridiculizar aquello con lo que no estaba de acuerdo. Excéntrico, de trazo vigoroso, toda su obra rezuma humor y sátira, razón por la que se le considera el primer caricaturista político de Japón.
Sin embargo, el rebelde e impetuoso Kawanabe tenía también sus contradicciones. A pesar de esa oposición feroz a abrazar ciegamente todo lo que viniera de Occidente, el artista se mostró dispuesto también a la modernización del país. Su peinado era occidental, tuvo no pocos amigos occidentales e incluso ilustró libros de texto del periodo Meiji donde se enseñaba cultura occidental.

Su imaginación y el sake le ayudaron a crear un mundo excéntrico, burlón y cómico que combinaba la tradición japonesa con la modernidad que llegaba irremediablemente a su país. Aunque se negó a abrazarlo, conocía a fondo el arte de Occidente, tal y como dejó ver en su libro autobiográfico Kyōsai Gadan. Porque una cosa es querer conocer un estilo y otra muy distinta imitarlo.
Lo decíamos al principio: los estereotipos no son buenos. Para vencerlos no hay nada como conocer otras miradas. Aunque estas estén empapadas en sake.