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La intemperie como coautora: cuando el arte cede el control a la naturaleza

intemperie coautora

Existe un hilo invisible que conecta algunas de las exposiciones más sugerentes del panorama contemporáneo en Valencia: la renuncia voluntaria al dominio absoluto sobre la obra. Frente a la sobreproducción de imágenes pulidas, la inmediatez de los algoritmos y la saturación de las pantallas, una serie de creadores ha decidido replegar sus manos en el momento crucial para dejar que el tiempo, la erosión y la química del entorno concluyan el trabajo. En esta corriente, el artista ya no actúa como creador único todopoderoso, sino como un activador que inaugura un proceso y después somete la materia al antojo del aire libre.

La propuesta de Elsa Paricio, en Gabinete de dibujos, para Abierto Valencia retoma la papelería escolar y los esquemas cartográficos para cuestionar el modo en que pretendemos ordenar y controlar el mundo. 

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Sin embargo, lo decisivo en su nueva etapa reside en el proceso material, ya que sumerge sus soportes en tinta y sal para exponerlos directamente a los elementos atmosféricos. Los agentes climáticos —cada vez más extremos e impredecibles— introducen accidentes, desgastes y texturas que convierten el papel en una verdadera topografía física. La erosión de la lluvia y el sol quiebra la rigidez del mapa didáctico o del discurso ideológico, demostrando que el entorno siempre termina por desbordar cualquier intento humano de control.

En un registro formal distinto, pero empapado de la misma filosofía, Gustavo Alba Benito (Galería Thema) sitúa la oxidación en el centro de su indagación estética. Habitualmente percibido como un síntoma de abandono o degradación, el óxido se convierte en sus manos en una herramienta expresiva de una belleza insólita. 

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Alba Benito orquesta la corrosión del metal para que la naturaleza trace patrones irrepetibles sobre la superficie. En sus piezas, la pátina del tiempo habla de la brevedad de la existencia, de la fragilidad de las estructuras que consideramos permanentes y de la urgencia por reencontrar el valor en aquello que la sociedad del consumo descarta por desgastado o antiguo.

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Por su parte, la propuesta de DimasIA en la galería La Mercería lleva este concepto hacia una dimensión casi poética y existencial bajo la célebre premisa del panta rhei: todo fluye, nada permanece. Al plantear la provocadora pregunta de ¿Qué saben las moscas del aroma de las flores?, la muestra contrapone dos ritmos biológicos radicalmente opuestos. Mientras el vuelo de la mosca representa el impulso frenético e insaciable del presente inmediato, el florecimiento requiere un largo proceso de gestación en la oscuridad de la tierra, sometido a la paciencia de la luz y el agua. 

Para estos artistas, el ser humano lleva años cargándose el planeta. «No pasa nada porque ahora sea la naturaleza la que deteriore un poco nuestro trabajo». Tras el proceso de desgaste por parte de la intemperie, la obra deja de ser un objeto estático para convertirse en un acontecimiento en desarrollo, donde el devenir temporal actúa como el verdadero crisol de la creación. 

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Lejos de responder a una mera coincidencia formal, la eclosión de esta tendencia en las galerías de arte revela un síntoma de la época. Dejar una pieza a la intemperie o permitir que la corrosión la transforme es una declaración de intenciones contra la tiranía del resultado instantáneo. Frente al renderizado perfecto y la respuesta inmediata de la inteligencia artificial, estos artistas imponen la paciencia del proceso orgánico: ni el metal se oxida a la prisa del espectador, ni la sal precipita por mandato divino ni la flor acelera su biología.

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Al regalarle la última palabra a la lluvia, al oxígeno o al tiempo, estos artistas bajan al arte del altar de la perfección. Dejar que la intemperie haga el trabajo sucio no deja de ser un recordatorio de que, por mucho que nos empeñemos en planificar, controlar y retocar cada detalle, el entorno físico siempre acaba teniendo la última palabra. Y aceptar ese margen de imprevisión y desgaste es, sencillamente, lo que hace interesante la vida.

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