Pasar frente al escaparate de una papelería o caminar por el pasillo de esta sección en un centro comercial y no poder resistirse a comprar algo. Otro cuaderno más que no se necesita. Un paquete de pósits absurdamente irresistible. Un bolígrafo que no sabemos cómo escribe, pero es tan cuqui… Si te ocurre algo así, no estás solo. Muchos otros sienten eso mismo que algunos conocen como stationery fetish y que no es más que una fascinación casi irracional por los objetos de escritura.
Aunque hay quien intenta camuflar su afición bajo el argumento de la necesidad o utilidad de estos artículos, en la mayoría de los casos no cuela. Como explica la periodista e investigadora Piya Srinivasan, «aunque algunos de ellos resultan muy prácticos, si miras un poco más detenidamente serás atraído hacía su campo magnético, ya sean los colores llamativos, los diseños elegantes o la promesa de reducir el desorden en tu escritorio y en tu mente».