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Los mosaicos soviéticos que profetizaron un futuro mejor

Hay un edificio gris que destaca sobre el resto de edificios grises que conforman la periferia urbana de Kiev. Si lo ves de frente, parece una casa vieja más, pero su espalda esconde miles de baldosas de colores. No tiene puerta ni escalera de emergencia, solo baldosas que se superponen una sobre otra componiendo una escena triunfalista: la representación de un sueño que no llegó a cumplirse. El mosaico refleja la lucha de los médicos soviéticos contra el cáncer y es una muestra perfecta de cómo la propaganda comunista se infiltró en el mundo del arte y llegó a convertir las fachadas en mastodónticos panfletos.
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«Es uno de mis mosaicos favoritos»,  asegura el fotógrafo Vladimir Shipotilnikov. Tiene muchos donde elegir. Shipotilnikov es probablemente la persona que más sabe de ellos en Kiev. Durante los últimos meses, este ucraniano de 30 años ha recorrido su ciudad en busca de los destartalados mosaicos de la época comunista. Cuando se le pregunta por qué entre tantos ha elegido este como el mejor, alude a que es el más representativo. «Es interesante ponerlo en un contexto más amplio» , reflexiona. «Ofrece una visión optimista sobre un futuro prometedor. Creo que es esto lo que los hace atractivamente utópicos. La idea de convertirnos en una superpotencia está desterrada, la ideología se ha extinguido… Y el cáncer sigue matando gente».
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La educación, el deporte, la justicia social… Los ideales comunistas se plasmaron en distintos mosaicos a lo largo y ancho de Kiev, imbuidos todos ellos de ese aire utópico y triunfalista. La realidad ha resultado ser otra y, hoy, estas piezas son testigos mudos de un futuro muy distinto al que profetizaban. La mayoría de ucranianos ha aprendido a convivir con ellos sin hacerles mucho caso. Por el contrario, Vladimir Shipotilnikov está obsesionado con ellos. Y está obsesión es contagiosa. Su proyecto fotográfico ha llamado la atención de medios como Calvert Journal y ha sobrepasado las fronteras de Ucrania.
Los mosaicos languidecen, sus mensajes se caen a pedazos. Literalmente. Baldosa a baldosa. Muchos están siendo cubiertos con grandes lonas anunciando coches y bebidas carbonatadas. La publicidad occidental cubre el arte comunista en una irónica representación gráfica de la Guerra Fría. «Veo este fenómeno como la destrucción de nuestra herencia cultural», sentencia Shipotilnikov con un ápice de impotencia, deseando que su proyecto ayude a concienciar a sus ciudadanos de lo que están perdiendo, esperando que una foto pueda cambiar una realidad.
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Fotografiar objetos inertes parece una tarea fácil, pero inmortalizarlos en el momento exacto requiere tanta pericia como fotografiar una bandada de patos salvajes. Exige una investigación previa, rastrear en blogs y mapas, acercarse a zonas industrializadas y desiertas y preguntar a los lugareños. Muchos ni siquiera sabían dónde estaban estas obras, a pesar de haber convivido con ellas durante años. A veces, ni siquiera localizarlas garantizaba que Shipotilnikov se fuera a casa con una foto. A veces tenía que esperar a que no hubiera gente, a que no hubiera coches aparcados, a que llegara el otoño y desnudara los árboles de hojas. Investigar, esperar y disparar. Así, poco a poco, fue tomando forma un proyecto que ha llevado años.
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No es esto el alegato plañidero de un estilo caduco. Tampoco se conforma como una oda a la ideología comunista. La serie de Shipotilnikov retrata quienes eran los ucranianos hace no mucho tiempo, qué pensaban —o qué pensaba su régimen— sobre el porvenir y sobre ellos mismos. Es una forma de mirarse en el espejo y comparar el futuro idealizado de los mosaicos con el presente en el que ha cristalizado a pie de calle.
Shipotilnikov evita hacer paralelismos con la situación política actual (Ucrania se encuentra sumida en una intermitente guerra civil que enfrenta a los prorrusos y a los partidarios de un futuro independiente, más cercano a la UE). «Podemos analizar el romanticismo soviético que se plasmaba en los edificios porque ha pasado el tiempo y lo vemos con perspectiva», explica, «pero el presente no se puede analizar y el futuro no parece romántico ni esperanzador».
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Decía el filósofo francés Henri Bergson que el presente solo se forma del pasado y quizá no le faltara razón, pero resulta complicado sacar conclusiones de una historia tan complicada como la que ha vivido y vive Ucrania. Shipotilnikov prefiere centrarse en la herencia cultural perdida. En el futuro que no acabó de llegar y el pasado que se ha decidido ignorar. Y continúa resaltando edificios grises escondidos entre edificios grises, buscando mosaicos de color en un mar urbano en blanco y negro.

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