Icono del sitio Yorokobu

Los tímidos están de moda

timidez

La vida es cuestión de perspectiva. Lo que antes era un defecto, hoy puede ser una virtud. Ha pasado con muchas cosas y ahora parece que le ha llegado el turno a la timidez.

Durante décadas, ser tímido era algo no deseado. Si tenías la mala suerte de serlo, tus padres se pasaban el día justificando tu silencio delante de los demás. Cuántas veces habremos oído eso de «Pobre, es que es muy tímido; venga, di algo», como si uno fuera una atracción de feria a la que hay que darle cuerda para que funcione.

Existía una necesidad perentoria de justificar ese comportamiento, sin ser conscientes de que cuanto más se le pide a una persona tímida que deje de serlo, más se enroca en su silencio. Hace años, a nadie le gustaba ser tímido. Si a uno le hubieran dejado elegir, habría elegido ser popular. Porque la extroversión era la norma, el ideal a alcanzar. Esas personas con don de gentes, que saben desenvolverse en cualquier ambiente, que hablan sin parar, que siempre tienen un tema de conversación y que se convierten en el centro de atención de cualquier grupo.

Son imanes humanos que monopolizan el oxígeno social, mientras los demás revolotean a su alrededor intentando participar de la animada conversación. Y en los rincones, observando el espectáculo desde la distancia, estaban los tímidos.

timidez

Pero, como decíamos, el péndulo social ha cambiado de dirección. En una sociedad cada día más individualista, narcisista y, paradójicamente, más solitaria, ser tímido está de moda. Y la razón es sencilla: en un mundo ensordecido por el ruido de egos que compiten por el foco, el tímido ofrece algo revolucionario: atención.

Hemos convertido nuestra vida en un monólogo interminable con nosotros mismos, amplificado por la tecnología. Nuestro móvil ha sustituido a las personas y las redes sociales nos han transformado en locutores de nuestra propia existencia, donde emitimos constantemente, pero rara vez escuchamos de verdad. Necesitamos con urgencia ser escuchados, sentir que alguien nos presta atención genuina, que valida nuestros pensamientos e ideas. Porque, seamos sinceros, en el fondo, todos pensamos que somos la persona más interesante de la habitación y que tenemos muchas cosas que decir.

Ahí es donde el tímido se erige como el nuevo héroe de la sociedad posmoderna, con un superpoder que nos maravilla a todos: el arte de la escucha activa. El tímido no siente la necesidad de llenar cada pausa con palabras. No compite por el turno de palabra. Te cede el escenario, te ofrece un espacio seguro donde puedes desplegarte sin sentirte juzgado. En un mundo de interrupciones, el tímido es un refugio. Su silencio no es vacío, es un trampolín para poder ser nosotros mismos.

Por eso nos atraen. Su aparente pasividad es, en realidad, una profunda actividad interior. Observan, analizan y comprenden el entorno con una agudeza que el extrovertido, ocupado en proyectarse, a menudo se pierde.

Quizás la verdadera revolución no consiste en enseñar a los tímidos a hablar más, sino en aprender nosotros a callar un poco. Quizás, en esta era de la sobreexposición y el ruido constante, el verdadero poder no reside en tener siempre algo que decir, sino en la sabiduría de saber cuándo no decir nada en absoluto. No olvidemos que saber escuchar y prestar atención son superpoderes que solo unos pocos manejan.

Raquel Espantaleón es directora general y de estrategia en Sra. Rushmore.

Salir de la versión móvil