En la mayoría de bares, la carta es un trámite, una lista de nombres, precios y combinaciones que se consulta rápido antes de pedir. En LOVO, la carta es otra cosa. Es un objeto que se toca despacio, se hojea como un libro y se guarda en la memoria (a veces también en la mochila). No está pensada para resolver una elección rápida, sino para abrir un relato.
«Desde el inicio, la intención nunca fue hacer una carta bonita. Queríamos dejar un legado», explica Frank Lola, socio fundador de esta coctelería situada en el madrileño Barrio de las Letras. «Que quien quisiera beber bebiera, pero que quien quisiera entender de dónde venimos también pudiera hacerlo». La carta de LOVO nace como un objeto editorial convencional: papel, fotografías, ilustraciones y encuadernación pensadas para durar. No como un soporte funcional, sino como una pieza que acompaña la experiencia del bar y la expande.

El punto de partida fue Josephine Baker. Su figura no aparece como una referencia estética superficial, sino como el eje conceptual que sostiene todo el proyecto. «No queríamos hacer un menú, queríamos crear una obra que contara ese viaje y tratara la coctelería como lo que creemos que es: una forma de arte». La vida de Baker, su contexto histórico y su forma de entender el mundo se tradujeron en una narrativa que atraviesa el espacio, los cócteles y el propio formato editorial.
Trilogía
La trilogía de cartas (La Musa, El Lobo. Taxonomía Animal y La Tribu. Utopía Cultural) funciona como un relato en tres actos. Cada volumen suma capas de sentido al anterior hasta construir una identidad completa. En el primero, la vida de Josephine se convierte en perfiles de sabor: amarga, ácida, dulce y umami. En el segundo, el territorio y la historia de la calle donde se ubica LOVO entran en juego. En el tercero, la idea de comunidad cierra el ciclo, ya que se trata de una reflexión sobre lo colectivo y la convivencia.

Dice Frank Lola que esa mirada no es decorativa. «Lo que más nos atravesó de Josephine fue su activismo y su forma de vivir la diversidad como algo real, no como un concepto». Su familia adoptiva, formada por 12 niños de distintas culturas, religiones y orígenes, se convierte en el hilo conceptual de La Tribu. No como estética exótica, sino como una toma de posición, porque la carta no representa culturas, dialoga con ellas.

Arte
La dirección de arte pretende que quien abra esta publicación no sienta que está leyendo una lista. «Queríamos que se percibiera el tiempo, la intención y el respeto que hay detrás —explica el socio fundador de LOVO—. La carta no busca ser perfecta, busca ser significativa. No explica la experiencia, la acompaña. Funciona como un umbral narrativo antes de que el equipo haga su parte desde la hospitalidad y el relato oral».
Por eso la información técnica no invade el espacio. No hay obsesión por la receta exacta ni por el detalle de laboratorio. La narrativa abre la puerta emocional. La conversación en barra termina de darle sentido a cada cóctel. «El conocimiento aquí se transmite, sobre todo, de forma oral” —apunta Lola—, por eso la carta no sustituye al equipo, sino que lo prepara».

Muchos de los textos no nacieron después de los cócteles, sino al mismo tiempo. No describen ingredientes, sino contextos culturales, sensoriales y espirituales. Son pequeñas cápsulas de sentido que sitúan cada creación en un territorio más amplio que el del sabor. El resultado no es un menú, sino una especie de archivo poético del proyecto.
La reacción del público ha confirmado que el objeto funciona más allá de lo esperado. «No solo hay quien se detiene a leerla como si fuera un libro. También hay quien la compra, quien se la lleva, quien la fotografía y la comparte… y eso significa una cosa, que la carta ha dejado de ser un soporte utilitario para convertirse en algo deseable», señala Frank Lola.
QR vs. papel
En un contexto en el que casi todo se resuelve con un QR, el objeto físico introduce una pausa. Obliga a bajar el ritmo, a tocar, a mirar, a oler, a leer… «Cuando ven la carta física, la gente valora el trabajo que hay detrás», explica Frank. Esa pausa genera una conexión previa a la bebida. La experiencia empieza antes de que llegue el primer trago.
El reto no es menor. Traducir culturas vivas al lenguaje de un menú implica riesgo. En La Tribu, el equipo trabajó con referentes como los bubis, los masáis, los sami o los maoríes, buscando perfiles sensoriales que conectaran con cada cultura sin caricaturizarla. «El reto fue encarnar cada contexto sin caer en lo superficial —resume el socio fundador de LOVO—. No se trataba de representar, sino de respetar».

La trilogía cierra un ciclo. Cuatro años, más de 90 cócteles y una identidad construida a través de un relato editorial. El siguiente paso será una carta más corta, una síntesis de lo que mejor ha funcionado. No supone un abandono de la mirada cultural, pero sí el cierre de un capítulo fundacional.
Lo que queda es una idea potente: que, en un bar, la carta puede ser algo más que una lista. Puede ser archivo, relato y objeto de colección. Puede ser una forma de decir quién eres antes de servir la primera copa.