Hay algo deliberadamente anacrónico en la manera en que Mónica Jover trabaja. Mientras las imágenes aparecen y desaparecen en las pantallas a una velocidad cada vez mayor, ella pinta, corta, fragmenta, vuelve a ordenar y atraviesa la materia con un hilo. No es exactamente una protesta contra la velocidad contemporánea.
«Para mí es más bien una forma de recuperar otra relación con el tiempo», explica. Su proceso necesita detenerse, prestar atención y aceptar que algunas cosas necesitan tiempo para existir. «Quizá no todo tiene que suceder deprisa para tener valor».

Ese es el punto de partida de La velocidad de un árbol, la exposición con la que Shiras Galería inaugura su temporada en Abierto Valencia. En sus obras, las horas de trabajo quedan en las capas de pintura, en los recorridos del hilo y en las pequeñas desviaciones de una mano que trabaja sin la pretensión de que todo salga perfecto.
«El hilo tiene además algo muy físico. Hay que tensarlo, seguir su recorrido, aceptar sus pequeñas desviaciones. No todo puede ser perfecto ni completamente controlado», cuenta la artista.
Un hilo que estaba allí
El hilo llegó a la obra de Jover en 2015, cuando cosió unas letras de tela al lienzo mientras trabajaba en otro proyecto. A partir de entonces apareció primero como un dibujo lineal y terminó escapando de los límites del cuadro para ocupar el espacio. Solo con los años ha entendido hasta qué punto aquella aparición tenía raíces anteriores: su padre trabajó en una empresa textil, su madre en una boutique de moda y las mujeres de su familia cosían y bordaban durante horas.
«Recuerdo una mesa camilla llena de costura y montones de hilos esparcidos por el suelo», recuerda. De ahí surge una pregunta que atraviesa ahora su trabajo: «Qué permanece de nuestros ancestros, de nuestra memoria, incluso de aquello que vivimos de niños y que entonces no sabíamos que nos estaba construyendo». El hilo, dice, habla de dónde viene, pero también de dónde está ahora.

Mónica Jover corta los lienzos, los fragmenta, los vuelve a ordenar o desordenar y los atraviesa con hilo. «Entiendo al ser humano como alguien que se está reconstruyendo constantemente —explica—. La vida está hecha de etapas en las que nos reinventamos capa sobre capa. Algunas desaparecen, otras se transforman y otras nuevas aparecen. Porque mis obras actuales están hechas de tiempo».
Reparar, crecer, cambiar
Jover reconoce que su proceso creativo está ligado a lo que vive, le interesa o le preocupa, y considera que el arte puede tener una dimensión reparadora. «Los artistas pasamos mucho tiempo solos y en silencio, frente a nosotros mismos. Puede ser un tiempo duro, incluso demoledor, pero en mi caso esa soledad acompañada de trabajo casi siempre acaba siendo reparadora».

La exposición incorpora esa idea de transformación a través de Septenio, una pieza vinculada a los ciclos de siete años. Jover lleva 25 exponiendo y volver recientemente a sus primeras obras, con motivo de una muestra que conmemoraba aquel comienzo en 2000, le hizo regresar también a una época de estudios compartidos, exposiciones, convocatorias y búsqueda constante de referencias.
«Estaba siempre en movimiento», recuerda. Lo esencial, sin embargo, permanece: las ganas de crear, aprender y hacer cada vez el mejor cuadro posible. «Ahora siento que he crecido. Como cuando te haces más alta: sigues siendo tú, pero ocupas otro lugar».
Cuando el cuadro abandona la pared
La evolución del hilo ha llevado a Jover a un territorio donde pintura, instalación, arquitectura y movimiento empiezan a mezclarse. Estudió danza y reconoce que en sus instalaciones hay algo de aquella experiencia corporal. Los hilos salen del cuadro, se tensan en el espacio y cambian según el lugar desde el que se miren. «La obra necesita del movimiento del cuerpo para revelarse —explica—. El espectador no solo la observa, sino que la recorre y, de alguna manera, forma parte de ella».

La propia artista sigue definiéndose como pintora. La pintura continúa siendo el núcleo: capas de color que se superponen, se degradan, se frotan o se dejan correr. Después llega el hilo, trabajado también como una forma de pintura. «Esa repetición termina convirtiéndose casi en un mantra: la mente se aquieta y solo quedas tú, el hilo y el cuadro». Pero el proceso necesita también incertidumbre: «Hay un momento en el que tienes que dejar de controlar y permitir que la propia obra te vaya mostrando hacia dónde quiere ir».
Por eso Jover no parece tener prisa por convertir su pintura en otra cosa. «Ahora mismo estoy donde estoy, y no quiero correr de más ni hacer algo forzado. Veremos qué me lleva ese crecimiento lento del árbol que llevo dentro».
Un poco a contracorriente
En una época en la que nunca se han producido y consumido tantas imágenes, Jover tampoco pretende dictar qué debería hacer el arte contemporáneo. «Yo no soy quién para decidir qué debería hacer el arte contemporáneo, ni el mercado ni los curadores».
Su posición es trabajar de acuerdo con su propia manera de entender el mundo. Para ella, el tiempo no es una planificación frente a la velocidad contemporánea, sino una condición de su trabajo. «No es algo que haya planteado como una estrategia frente a la velocidad del mundo; simplemente es la manera en la que necesito trabajar».

Considera que su obra va «un poco a contracorriente», aunque no lo entiende como algo negativo. Cree que existe una necesidad creciente de recuperar espacios de atención, silencio y tiempo. Y en un mundo de imágenes producidas al instante, reivindica aquello que la tecnología no puede acelerar: «el tiempo de hacer, la huella de la mano, el error, la resistencia de la materia y la presencia física de la obra».
Volver a tocar
El auge de lo textil y lo artesanal puede leerse, desde su perspectiva, como una reacción a un mundo cada vez más tecnológico e intangible.
«Quizá estemos gritando en silencio que necesitamos parar un poco. El ser humano es un ser orgánico. Necesitamos sentir, tocar, relacionarnos, estar cerca de otros y formar parte de algo». El hilo condensa esa idea porque es sencillo y físico, pero al pasar por las manos adquiere otra dimensión: «Cada hilo pasa por el cuerpo, por el gesto y por el tiempo».

La misma lógica explica su relación con la novedad. Jover no quiere reinventarse radicalmente en cada exposición ni responder a la presión de producir algo nuevo constantemente. La velocidad de un árbol continúa una investigación iniciada hace años y le permite profundizar en ella.
«Para mí es más importante ser coherente conmigo misma, seguir investigando y dejar que el trabajo avance a su propio ritmo». Si aparecen nuevas líneas, las entiende como parte natural del proceso, no como una ruptura.
Crecer desde Alcoy
Jover trabaja desde Alcoy, lejos de los grandes centros del arte contemporáneo, y no considera que esa distancia la sitúe necesariamente al margen. Su ciudad le ofrece tranquilidad, cercanía con su familia, un estudio amplio y la montaña a cinco minutos. «Esa relación con el espacio, con la naturaleza y con un ritmo de vida más pausado también forma parte de mi manera de trabajar y, de alguna manera, de mi obra».
La distancia también tiene inconvenientes: menos actividad artística y menos oportunidades que una gran capital, que debe compensar viajando, mostrando su trabajo y estableciendo vínculos fuera. Pero la cuestión, para ella, es encontrar el lugar desde el que desarrollar mejor el trabajo. «Para mí, estar en Alcoy no significa estar al margen. Significa trabajar desde otro lugar y construir desde ahí mi propio recorrido».

Quizá ahí reside la paradoja de La velocidad de un árbol: detenerse sin quedarse quieta, crecer sin necesidad de romper con lo anterior, cambiar sin dejar de ser la misma. El hilo que apareció casi por accidente hace más de una década ha terminado saliendo del cuadro para ocupar el espacio. «No representar un tiempo más lento —dice Jover—, «sino construir obras que necesitan tiempo para existir».