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De cómo un lobo te puede cambiar la vida (y un mono, los calzoncillos)

Nine François

Olvida todo lo que sepas sobre documentales de la BBC. Aquí no hay camuflaje, ni teleobjetivos ni distancias de seguridad. Nine François se planta a centímetros de un depredador con una cámara que pesa tres kilos y un carrete de solo doce fotos. Lo que busca no es un «animal bonito», sino que ese animal te mire a los ojos y te deje claro quién manda aquí.

François, autora de la exposición Wildlife Portrait, que puede verse en la madrileña Havet Gallery dentro del programa OFF de PHotoESPAÑA, tiene una teoría que suena a reto. Dice que entre nosotros y ellos existe una «universalidad de experiencia». Básicamente, la fotógrafa estadounidense se carga esa barrera de que los animales son «otra cosa» y nos los planta delante para que veamos que su curiosidad, su mala leche o su calma son exactamente iguales que las nuestras.

Al quitar los árboles y el entorno del medio, dejando solo al bicho contra el blanco del cielo, Nine nos encierra en un ascensor con la fiera. Ya no es una observación naturalista, sino un cara a cara donde te das cuenta de que estamos hechos de la misma pasta emocional.

Nine François

Lo que hace Nine es una temeridad técnica. En lugar de usar lentes que le permitan estar a cien metros, utiliza un gran angular. Eso significa que para sacar la foto tiene que estar tan cerca que podría oler el aliento del animal. El dispositivo, además, es una cámara analógica de medio formato, ruidosa y lenta, que muestra la imagen invertida en el visor. Nada en este equipo facilita las cosas cuando tienes a un oso delante.

«Mi trabajo, más que algo técnico, consiste en crear una atmósfera de tranquilidad para que el bicho no me salte encima», explica. Para conseguir que un animal salvaje se relaje, François tiene que controlar hasta su propia biología. Si ella respira hondo y despacio, el animal lo registra y entiende que no hay peligro. Es un baile de confianza. «Si soy capaz de transmitir que soy inofensiva y poco interesante, el animal se relajará y, a veces, sentirá curiosidad». En ese momento, cuando el tiempo parece estirarse, es cuando surge el retrato.

Doce disparos

Frente a la inmediatez digital y las ráfagas de mil fotos por segundo, la fotógrafa se aferra a la lentitud del carrete. Sus rollos solo tienen doce exposiciones. Esa limitación la obliga a una paciencia casi religiosa. «No poder ver inmediatamente lo que he capturado significa que he tenido que agudizar mi intuición para sentir cuándo creo que he tomado un buen retrato», confiesa.

Para ella, el premio no es solo la imagen, sino la «deliciosa anticipación» de ver los negativos por primera vez tras el revelado. A veces no hay foto, pero siempre hay una lección de humildad. Como ella dice, el proceso analógico fomenta estar presente, en contraste con el consumo rápido de la fotografía moderna. «Es una forma de respeto que consiste en no robar la imagen, sino esperar a que el animal te la entregue».

Nine François

Activismo

Pero el camino de esta artista no ha sido siempre idílico. Hace una década, el proyecto Animalia casi muere por culpa de la realidad. Tras años recorriendo ranchos y reservas, empezó a ver la cara oculta: lugares que eran en realidad campos de tiro para ricos, osos drogados y azotados para actuar en películas o mascotas exóticas abandonadas en jaulas bajo el sol de Texas cuando crecían demasiado.

«Después de ver el abuso, no podía funcionar. Me venció la tristeza y dejé de trabajar dos años», confiesa. Salió del pozo gracias al trabajo de otros fotógrafos activistas y decidió que su cámara no volvería a ser neutral. Ahora, sus retratos son un arma de activismo visual.

Al fotografiar a los animales desde abajo o al mismo nivel, Nine François le da la vuelta a la jerarquía de poder que siempre hemos mantenido con la naturaleza. No nos enseña una «cosa» salvaje que podamos dominar, sino a un aliado que nos mira de tú a tú. Según la fotógrafa, «nos hemos separado de la lógica del mundo natural en nuestro propio perjuicio, y su objetivo es contagiar una calma casi hipnótica en el ambiente para que la fiera se relaje». Para ella, mirar profundamente a los ojos de un animal no es un ejercicio científico, sino un recordatorio de que son parte de nuestra familia extendida.

Nine François

Calzoncillo chino

Eso sí, por mucha profundidad filosófica que tenga el proyecto, trabajar con animales es garantía de situaciones absurdas. François ha sido «rehén» de una tortuga gigante que la acorraló metódicamente contra una valla hasta que tuvo que trepar y gritar pidiendo ayuda (mientras unos turistas japoneses grababan la escena entre risas). También ha sufrido el acoso de un camello «enamorado», que acabó escupiéndole en el pelo tras un malentendido con el visor de la cámara.

Pero la anécdota reina ocurrió con un grupo de capuchinos. Mientras la fotógrafa se concentraba en un macaco, sintió unos dedos diminutos en sus vaqueros. «Un mono me hizo un ‘calzoncillo chino’. Agarró mi ropa interior y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. Me di la vuelta y estaban todos saltando y gritando, partiéndose de risa por su broma». Para Nine François, estas son las pruebas definitivas de que no debemos subestimar la inteligencia — ni el sentido del humor—  de los animales.

Nine François

Al final, la obra de François es una invitación a bajar la guardia. Ahora que todo parece caminar hacia lo artificial y los robots, sus retratos nos devuelven a lo esencial, a lo que palpita. Como ella misma resume, «el arte tiene el superpoder de seducir los sentidos y producir emociones que llevan a la acción». Y sus animales, monumentales y sinceros, nos están pidiendo precisamente eso, que actuemos antes de que solo queden sus retratos.

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