Durante años, la tipografía ha jugado a pasar desapercibida. A estar ahí sin molestar. Letras limpias, bien espaciadas, obedientes. Como si escribir fuera un acto neutro. Como si todas las palabras merecieran el mismo traje. Como si el diseño no tomara partido. #NotWithMyType nace justo cuando esa ficción se rompe.
La plataforma, creada por María Carbonell Monrós, Chie Sato Aguilar y Manuela Ponce de León, tres jóvenes creativas afincadas en Barcelona, parte de una pregunta incómoda: «¿En qué momento asumimos que la tipografía solo sirve para mostrar palabras y no para decidir cuáles no queremos escribir?». Lo que parecía un proyecto tipográfico pronto dejó de serlo. «Ahí entendimos que no estábamos hablando de letras, sino de poder».
El funcionamiento es tan sencillo como radical. Subes tu tipografía. La descargas de vuelta. Todo sigue igual salvo una cosa: una palabra concreta, cargada de violencia histórica, deja de escribirse. En su lugar aparece un asterisco. No hay advertencia previa, ni explicación automática. No hay opción de desactivarlo. Solo un vacío incómodo. «Queríamos tocar el código lo mínimo posible —explican— porque la intervención mínima, en este caso, era la más política». No borrar la palabra. No sustituirla por otra. Dejar el hueco. Marcar la ausencia. Forzar la fricción. «El asterisco no responde, pero obliga a preguntarse si esa palabra debería estar ahí».
El proyecto surge como respuesta al brief de Monotype para el New Blood D&AD, al que se presentan como estudiantes de Brother Barcelona, pero se sale pronto de los márgenes académicos. Gana un Lápiz Amarillo. Se lleva el Oro en Tipografía en los ADCE Student Awards. Se menciona, se comparte, se discute. Porque no habla solo de tipografía. «Todo lo que leemos, consumimos o compartimos está escrito con una tipografía. Marcas, mensajes, discursos… Cuando te paras a pensarlo, entiendes que decidir cómo se escribe algo también es decidir si se legitima».
¿Neutralidad?
Y ahí la neutralidad empieza a hacer ruido. Porque en diseño, la neutralidad suele presentarse como virtud. Como elegancia. Como distancia profesional. Pero aquí la desmontan sin rodeos. «La neutralidad no existe. No posicionarte es una forma de posicionarte. El silencio nunca es inocente y casi siempre beneficia a quien ya tiene más poder».
Las tres creativas están convencidas de que sustituir una letra no va a borrar el racismo. «Pero sí puede dejar claro dónde trazamos la línea». Y esa línea no pretende cerrar debates, sino abrirlos. Por eso #NotWithMyType no bloquea discursos, bloquea usos. Es una declaración de intenciones que incomoda. Sobre todo a quienes han normalizado el uso de ciertas palabras sin hacerse cargo de su peso. «Personas blancas, como nosotras mismas, que muchas veces ocupamos espacios que no nos corresponden y hablamos desde ahí». La plataforma no señala con el dedo, pero tampoco mira hacia otro lado.
No es solo un gesto político, es también una conversación profesional. Una pregunta lanzada al sector creativo. ¿Qué responsabilidad asumimos cuando diseñamos sistemas que otros usarán para decir cualquier cosa? ¿Hasta dónde llega nuestro trabajo? ¿Dónde acaba? «Todo diseño está cargado de valores —sostienen—. La diferencia es si los haces explícitos o los escondes detrás de la estética». Aquí no hay una nueva tipografía ni una forma revolucionaria. Hay un ajuste mínimo que deja claro desde dónde se comunica.

Responsabilidad
Por eso, cuando hablan de marcas, no esperan adhesiones simbólicas. «Una marca es una plataforma con voz amplificada. Si adopta esto, tiene que sostener lo que implica. No vale descargar la fuente y seguir como siempre». Para ellas, el diseño no es un adorno, es una infraestructura del discurso. Y para quien no venga del diseño, el mensaje es igual de directo. «Porque esto no va de tipografía, va de responsabilidad. Todo lo que escribimos importa. Y cómo lo escribimos, también».
Quizá dentro de diez años nadie recuerde el nombre de la plataforma. O el festival en el que ganó premios. O el brief del que nació todo esto. No pasa nada. Lo importante es que alguien se preguntó si seguir diseñando como si nada también era una decisión política. Que alguien decidió tocar el código no para mejorar una letra, sino para retirar su consentimiento.
Porque el problema no es que existan palabras violentas. El problema es que las sigamos escribiendo con normalidad, con la misma tipografía pulcra con la que vendemos, informamos o entretenemos. Como si no pasara nada. Como si no doliera.
#NotWithMyType no propone una solución, propone un límite. Un gesto pequeño que no grita, pero tampoco se calla. Y que recuerda algo incómodo: el diseño no crea discursos inocentes, solo decide a cuáles les presta su voz. Y a veces la forma más clara de posicionarse no es decir algo nuevo, sino negarse a seguir escribiendo lo de siempre.