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Pensamiento sistémico: ¿Podemos enseñarte a pensar? Spoiler: no

El psicólogo social Lee Ross, en su influyente The Person and the Situation, llamó «realismo ingenuo» a la convicción ineludible de que percibimos los objetos y los acontecimientos con nitidez, «tal como son en realidad». Asumimos que otras personas que nos parecen razonables ven las cosas como nosotros, y si no están de acuerdo con nuestra opinión, es que no ven con claridad.

El realismo ingenuo propicia una suerte de laberinto lógico porque presupone dos cosas: una, que la gente de mente abierta y justa debería estar de acuerdo con una opinión razonable; dos, que cualquier opinión que yo tenga debe ser razonable; si no lo fuera, no la tendría.

El problema es que esta intuición descansa sobre una imagen profundamente equivocada de cómo conocemos el mundo. Actuamos como si la realidad fuese un problema geométrico con una solución inequívoca, accesible para cualquiera que observe con suficiente atención. Sin embargo, olvidamos que nuestra atención es selectiva, que nuestras experiencias previas condicionan lo que consideramos relevante y que incluso conceptos aparentemente sencillos como justicia, libertad o igualdad admiten múltiples interpretaciones razonables. Como el proceso de interpretación permanece oculto para nuestra conciencia, confundimos nuestra versión de la realidad con la realidad misma.

La vida no se parece al ajedrez. No hay reglas claras ni piezas fijas ni un tablero bien definido. Se parece más al póquer, un juego de intuiciones, máscaras y apuestas. Por eso, la racionalidad estricta no sirve de mucho.

La vida no se parece al ajedrez. No hay reglas claras ni piezas fijas ni un tablero bien definido. Se parece más al póquer, un juego de intuiciones, máscaras y apuestas. Por eso, la racionalidad estricta no sirve de mucho.

En la mayoría de contextos de nuestra vida recurrimos a la abducción. No deducimos conclusiones inevitables a partir de premisas seguras. Más bien formulamos conjeturas plausibles a partir de indicios fragmentarios. Elegimos una carrera profesional sin conocer el futuro del mercado laboral. Escogemos pareja sin poder prever cómo será esa persona dentro de veinte años. Decidimos que algo es moralmente correcto en función de nuestras intuiciones, emociones, experiencias previas y lealtades sociales, y solo después construimos argumentos para justificar esa conclusión

Suma cero, positiva y negativa

La principal diferencia entre la vida real y estos juegos, como el póquer y el ajedrez, va mucho más allá de la incertidumbre. Tanto el ajedrez como el póquer comparten una característica fundamental: son juegos de suma cero. Lo que uno gana, otro lo pierde. Toda mejora individual implica necesariamente un deterioro equivalente para alguien más.

Y quizá sea precisamente esa intuición competitiva la que nos induce a error cuando pensamos en la sociedad. Tendemos a imaginar que la riqueza, el estatus o las oportunidades funcionan como fichas sobre una mesa de juego. Si alguien acumula más, suponemos que otro debe haberse quedado con menos.

El comercio, sin embargo, rompe esa lógica. No es exactamente póquer ni ajedrez, aunque contenga elementos de ambos. Es un juego peculiar en el que todos pueden ganar a la vez. El panadero entrega pan y recibe dinero. El cliente entrega dinero y recibe pan. Ambos consideran que han mejorado su situación respecto a la que tenían unos minutos antes. El pastel no solo cambia de manos: también puede crecer. Estamos, pues, ante un juego de suma positiva.

Por contrapartida, hay juegos aún más inquietantes. Los de suma negativa. Donde todos pierden, incluso quienes creen estar ganando.

La democracia es uno de estos juegos. Nació como uno de suma positiva: coordinar diferencias, representar intereses, evitar tiranías. Pero se ha convertido en un teatro de incentivos perversos. Nadie paga el coste de equivocarse, y todos son recompensados por dividir, agitar o simular. El votante medio no se informa, el político medio no resuelve, el debate medio no esclarece. Todos juegan, pero nadie, o casi nadie, gana.

La cuestión no es si el poder está repartido o concentrado, sino si los incentivos están alineados con el bien común. El tipo de juego importa más que las reglas con las que se juega.

Más allá del cerebro

Para capturar estas sutilezas necesitamos pensamiento sistémico, pero nuestro problema como especie es que semejante tipo de pensamiento resulta difícil de mantener. Así que seguimos jugando sin comprender del todo las reglas del juego al que jugamos. Lo hacemos, además, no tanto razonando como dejándonos guiar por intuiciones, corazonadas, emociones o la impresión retrospectiva de que una racha de buena suerte demuestra que hemos entendido algo.

De modo que, aunque uno pueda ser consciente de la existencia de algo llamado «pensamiento sistémico», no puede ejecutarlo de forma general y sostenida. Es como saber que existe la posibilidad de volar. Podemos comprender perfectamente los principios de la aerodinámica y aceptar que un ser humano puede atravesar el cielo, pero eso no significa que podamos hacerlo batiendo los brazos. El conocimiento de una capacidad no equivale a la posesión de esa capacidad.

Sin embargo, los seres humanos hemos aprendido a superar muchas de nuestras limitaciones mediante prótesis cognitivas. Para volar utilizamos aviones. Para calcular utilizamos calculadoras. Para recordar utilizamos libros, mapas o bases de datos. Y para aproximarnos al pensamiento sistémico necesitamos herramientas intelectuales que nos permitan ver más allá de las intuiciones inmediatas.

Esas prótesis adoptan muchas formas. A veces son modelos económicos que revelan consecuencias invisibles de una política pública. Otras veces son gráficos que muestran tendencias imposibles de detectar a simple vista, simulaciones informáticas que permiten explorar escenarios alternativos o incluso mercados que agregan información dispersa entre millones de personas. Todas estas herramientas cumplen una función parecida: amplían el alcance de una mente que, por sí sola, está diseñada para manejar pequeños grupos humanos y problemas inmediatos, no redes globales de interdependencia.

Quizá una de las lecciones más importantes de la historia intelectual sea precisamente esta. Los grandes avances no han consistido únicamente en acumular más conocimiento, sino en inventar instrumentos que nos permitieran pensar cosas que nuestro cerebro desnudo no podía pensar. Del mismo modo que el telescopio amplió nuestra vista y el microscopio reveló mundos invisibles, las herramientas del pensamiento sistémico amplían nuestra comprensión de las cadenas causales ocultas que conectan unas decisiones con otras. Son máquinas para pensar lo impensable, tal y como sostengo en el libro Hipercomplejidad (Guadalmazán, 2026)

Platón probablemente habría contemplado este problema con cierta tristeza. Para él, el conocimiento representaba una de las pocas vías para trascender nuestras limitaciones más inmediatas. Mientras los placeres corporales trataban de satisfacer necesidades transitorias, la búsqueda de la verdad apuntaba hacia algo más elevado y duradero. Aprender no era un medio para obtener otra cosa. Era un fin en sí mismo.

Sin embargo, los sistemas complejos suelen transformar los fines en medios y los medios en fines. Cuando millones de personas interactúan bajo determinados incentivos, las instituciones desarrollan objetivos propios que pueden alejarse considerablemente de su propósito original. La educación superior ofrece un ejemplo especialmente revelador.

En teoría, la universidad existe para transmitir conocimiento y formar mejores ciudadanos y profesionales. En la práctica, cada actor responde a incentivos muy distintos. El estudiante busca una credencial valiosa en el mercado laboral. El empleador busca reducir el riesgo de contratar a la persona equivocada. La universidad compite por prestigio, financiación y posición en los ránquines. Ninguno de estos objetivos es irracional. Todos son perfectamente comprensibles desde la perspectiva de quien los persigue.

El resultado, sin embargo, puede ser paradójico. El sistema empieza a optimizar señales de conocimiento en lugar de conocimiento. Optimiza títulos, reputación, selectividad, edificios emblemáticos y posiciones en clasificaciones. Aprender sigue ocurriendo, por supuesto, pero ya no necesariamente constituye el objetivo principal. Se convierte en un subproducto de otras dinámicas.

Aquí reaparece una de las lecciones centrales del pensamiento sistémico. Los resultados colectivos no suelen depender de las intenciones individuales. Pueden aflorar incluso cuando nadie los desea. No hace falta que exista un villano. Basta con que los incentivos estén mal alineados. Cada participante puede actuar de forma perfectamente racional y, aun así, contribuir a un resultado global mediocre.

Nuestra intuición busca culpables. El pensamiento sistémico busca mecanismos. La intuición pregunta quién está haciendo algo mal. El pensamiento sistémico pregunta qué tipo de juego está provocando que personas razonables produzcan resultados poco razonables. Así que no, no podemos enseñarte a pensar, pero sí podemos enseñarte a confiar en prótesis cognitivas que vayan más allá de tu pobre pensamiento. 

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