¿Y si el ingrediente secreto de tu próxima cena no estuviera en la despensa, sino en el maletero del coche? En Buenos Aires, el restaurante CERCA ha decidido que el aceite de oliva es para los cobardes y ha empezado a freír con lubricante industrial. El resultado es el Pollo Castrol y sí, es tan peligroso como suena.
Hay chefs que buscan la estrella Michelin y otros que parecen buscar la ficha policial. El creador de esta locura en el corazón de Buenos Aires se cansó de lo convencional. Según él, «lo comestible se nos ha quedado pequeño». Y bajo esa premisa, decidió que el paladar necesitaba emociones fuertes. Concretamente, emociones con un 7% de riesgo de toxicidad.

El plato ha durado en carta lo que tarda un inspector de sanidad en ponerse las manos en la cabeza. El restaurante cerró momentáneamente, pero el mito no ha hecho más que arrancar. No es solo comida, es una bofetada a la seguridad alimentaria en nombre de la «exploración sensorial».

¿Vanguardia o juzgado de guardia?
Mientras la prensa habla de veneno y las autoridades de negligencia, los comensales que lograron probarlo antes del precinto lo describen como una experiencia memorable. Un sabor que no pertenece a este mundo, sino a uno donde la cocina y el taller mecánico han tenido un hijo ilegítimo.


Es la eterna lucha entre la tradición que nos mantiene vivos y la audacia que nos hace sentir algo nuevo. El Pollo Castrol ya no se sirve, pero ha dejado una mancha de aceite difícil de limpiar en la gastronomía porteña.