Marco apuntaba maneras ya desde pequeño. Sus sueños infantiles eran siempre superlativos. No le bastaba con aspirar a ser futbolista, él quería ser el mejor y más grande futbolista de todos los tiempos. Ni se conformaba con convertirse en presidente del Gobierno de su país, él iba a ser, estaba convencido de ello, el presidente del mundo mundial, y no habría quien estuviera por encima de él, ni siquiera ese tal Dios.
Tamañas aspiraciones, que podrían haberse quedado en meros sueños infantiles, se fueron enquistando en su carácter hasta convertirlo en una persona soberbia, de esas que van estiradas por la vida sin mirar hacia abajo para no notar en la nariz el tufillo de la mediocridad. Todo en él era mayúsculo, incluso su escritura, siempre en letras capitales. Y las chuflas a su costa no dejaban de surgir en cuanto se le calaba. Cansado de su mayusculitis, que tantos problemas de relación social le causaba, acudió a la consulta de un psicólogo.