Antes de la mecanización de las labores portuarias, cuando las mercancias aún no viajaban dentro de contenedores estandarizados, los muelles de todo el mundo eran un hervidero de gente que iba y venía, de empleados que llevaban, pesaban y registraban todo tipo de productos, o de trabajadores que se encargaban del mantenimiento de los barcos. Los puertos eran el escenario de decenas de oficios y normalmente nos imaginamos a hombres desempeñando todas esas labores. Sin embargo, las mujeres también formaban parte de aquel ecosistema y no, precisamente, en labores sin importancia, sino en trabajos de gran demanda física que eran fundamentales para el desarrollo del comercio.
En el puerto de Bilbao, uno de los más activos del Mar Cantábrico, el de las cargueras fue uno de esos oficios feminizados ya desde el siglo XVI, tal y como recoge el estudio realizado por las historiadoras Amaia Apraiz Sahagún y María Romano Vallejo, que sirve como base para la exposición que se puede visitar en Itsasmuseum, el Museo Marítimo de Bilbao, hasta el 1 de noviembre. Una muestra que reivindica la memoria de las cargueras como parte indispensable del tráfico portuario.

El colectivo de las cargueras tenía una función tan sencilla como esencial: la carga y descarga de las mercancías, llevándolas del muelle o almacén al barco y viceversa. Para ello solo contaban con su fuerza y destreza, de hecho a menudo transportaban las cargas sobre la cabeza, utilizando el sorki, una prenda mullida que amortiguaba el peso de la cesta. Era un trabajo agotador e incluso peligroso, sobre todo al pasar sobre el inestable tablón que comunicaba el buque y el muelle, por lo que los accidentes y las lesiones eran muy comunes.
La exposición otorga, por lo tanto, un lugar esencial a las cargueras dentro del funcionamiento del Puerto de Bilbao, como protagonistas indispensables en el proceso de industrialización, lejos de la imagen pintoresca o anecdótica que dibujan los testimonios de aquellas épocas. Precisamente la búsqueda de fuentes ha sido uno de los puntos difíciles de la investigación para Amaia Apraiz y María Romano. «En la construcción de la Bizkaia moderna las mujeres han contribuido tanto en el aspecto laboral como económico», comenta Apraiz. «Lo que pasa es que en las fuentes se habla a menudo en un masculino neutro universal que oculta la participación femenina».

Más allá de los tópicos
La escasez de fuentes que aportan datos sobre la actividad de las cargueras es especialmente notorio antes del siglo XIX. En la exposición se puede ver un cuadro del pintor ilustrado Juan Paret, de 1783 o 1784, una vista de los muelles de Bilbao donde se aprecia unas mujeres realizando labores de carga. Se trata de una representación idealizada, que no refleja ni la verdadera dureza del oficio ni las miserias que vivían aquellas mujeres. Al igual que en el cuadro de Paret, en la mayoría de las fuentes vemos a las cargueras a través de la visión de los hombres, la voz propia de aquellas mujeres se ha perdido en el tiempo.

A partir del siglo XIX, con la proliferación de documentos, aparece la denominación cargueras por primera vez y muchas veces se las describe como ruidosas, gritonas y conflictivas, lo cual vuelve a ser una simplificación de la realidad. «Desde el punto de vista de los valores burgueses, aquellas mujeres que luchaban por salir adelante, que no eran mujeres pasivas, creaba incomodidad o escándalo, existen quejas de que molestaban y peticiones para que las recluyeran en algún lugar».
Por lo tanto, si abandonamos el relato idealizador y miramos más allá del tópico de ruidosas y conflictivas, ¿cómo eran realmente las cargueras? Amaia Apraiz destaca, para empezar, que era un oficio precario, donde no existía ninguna seguridad ni garantía. «Acudían cada mañana a los muelles a ver si las elegían a ellas para trabajar, eso creaba resquemores y conflictos entre ellas, porque la que se quedaba sin trabajo ese día no ganaba nada». Eran mujeres que intentaban huir de la miseria como fuera, de hecho no era raro que tras acabar su labor de carguera tuvieran otros trabajos, como limpiadoras o cuidadoras.

A todo eso hay que sumarle la carga familiar. A diferencia de los hombres, las mujeres no podían permitirse dejar a sus hijos y muchas se los llevaban con ellas al puerto. «Hay que imaginarse a aquellas mujeres llevando y trayendo cargas pesadas y, mientras tanto, preocupándose de alimentar a los niños y vigilándolos para que no se perdieran», evoca Apraiz. Dejar de trabajar era un lujo que no se podían permitir. «Si no podían trabajar por estar impedidas o por vejez, a muchas les esperaba la pobreza más cruda».
Pocos nombres propios
La exposición relata también los intentos de las cargueras por organizarse, por luchar por sus derechos como colectivo. En 1856 Isabel Pildain envió, junto a otros capataces hombres, una queja a las empresas comerciales debido a que cada vez se contrataba a menos cargueras. Aunque la documentación no es muy generosa a la hora de poner nombres y la mayoría de las cargueras han quedado en el anonimato, aquí y allá aparecen los nombres de mujeres que ejercían de líderes en sus grupos de cargueras, como Juana de Bilbao, que en 1809 aparece junto a sus compañeras como encargada de descargar el corsario francés La Mosca, o Dolores de Aguirrezabal, que era la segunda capataza de la descarga de carbón en 1870.
También destaca Trinidad Saldamando, más conocida como La Sañuda, una carguera con alma de líder, muy conocida en el Bilbao de principios del siglo XX. La Sañuda era tan influyente que Amaia Apraiz y María Romano han encontrado indicios de que se llevaba un sobresueldo ayudando a políticos locales a ganar elecciones.

Un año clave fue 1903. Antes ya había habido algunas huelgas y protestas de cargueras en Bilbao y las localidades de alrededor, pero aquel año se creó la Sociedad de Trabajadoras del Muelle, como respuesta a la escasa representación que se les permitía a las mujeres en otros sindicatos y asociaciones de la época. En las décadas siguientes, la Sociedad de Cargadoras y Descargadoras tuvo delegaciones no solo en la capital sino también en Deusto, Sestao, Portugalete, Lamiako y Erandio. Al fin y al cabo el papel de las cargueras va más allá de la historia portuaria y se entrelaza con la historia del movimiento obrero y la lucha de clases.
Según avanzaba el siglo XX, muchos oficios como el de las cargueras fueron llegando a su fin. Amaia Apraiz y María Romano han encontrado un gran vacío documental a partir de la Guerra Civil de 1936. La posguerra fue una época especialmente dura, muchas cargueras se convirtieron en el único sustento de sus familias, debido a que sus maridos habían muerto o estaban encarcelados. Con la llegada de los tiempos modernos, las cargueras desaparecieron de los puertos pero no las mujeres, que encontraron empleo en otros ámbitos del sector portuario o comercial.
Los recuerdos, vivencias y luchas de aquellas mujeres se olvidaron, convertidas en una simple nota al margen, envueltas en un manto de fantasía costumbrista, hasta que Apraiz y Romano se toparon con ellas. Han logrado incluso contactar con la familia de una de las últimas cargueras de Bilbao, aunque no obtuvieron, por desgracia, mucha información, ya que la mujer nunca quiso hablar a sus allegados de aquella etapa debido al estigma que la sociedad había impuesto sobre quienes ejercían el oficio.
La exposición de Itsasmuseum hace justicia a un colectivo que, lejos de ser una simple anécdota, formó parte activa de la historia industrial durante siglos. Aún así, el trabajo de Apraiz y Romano no pretende ser el final del camino, sino un punto de partida, una invitación a seguir profundizando en el legado de las cargueras. “Nosotras hemos trabajado desde una perspectiva de género principalmente, pero se podría enfocar el papel de las cargueras deste otros ángulos, por ejemplo, analizando el impacto económico que tuvo su labor. Quedan muchas perspectivas abiertas”.