Icono del sitio Yorokobu

San Valentín: ¿solo, en pareja o ‘es complicado’?

San Valentín

Hay días en los que no pasa nada hasta que el calendario parece que insiste, como está ocurriendo esta semana. Se aproxima el 14 de febrero y para algunas personas será un sábado con exceso de estímulos en nuestra sociedad, un día más, dividida por algo. Como cuando el volumen está un poco más alto de lo necesario y no sabes muy bien por qué Alexa te ataca así, también, de esa manera.

Durante ese día se observan distintas formas de mirarlo, aunque desde aquí se diferencian dos perfiles de personas que a pesar de ser y actuar distintos, tienen algo en común: no aceptan menos de lo que es real —y quizá por eso encajarían sorprendentemente bien—. El romanticón profundo que avanza sin miedo y la narradora escéptica que frena cuando algo no funciona como debería. Hablan el mismo idioma con distinto acento, y donde uno celebra sin pensarlo demasiado, otra piensa demasiado antes de celebrar nada.

Supongamos que es él. Una persona profunda y empedernida por demostrar su afecto. Es su propio fan porque disfruta más haciendo, que dejando que le hagan. No improvisa a última hora ni compra flores porque es lo que toca, sino que cree de verdad en el gesto. Sabe de qué tipo, qué color, qué olor… Qué chocolate. Qué todo. Y si le cuesta, no le cuesta, porque los pequeños detalles son su segunda piel y aprovecha el símbolo del día para afinar una habilidad que ya domina. Podría escribir esa carta cualquier sábado, pero en un día como ese le encuentra más sentido.

san valentin

Una persona que existe y no irrita; de hecho, tranquiliza y no se pregunta si es buena idea, ni si es demasiado o demasiado poco. Simplemente da lo que tiene para ofrecer. Desde ese órgano tan complicado que late, sin pensar. Y eso además de alegrar a quien lo recibe, también despierta una curiosa admiración de su alrededor por esa forma tan poco complicada de hacer feliz a alguien. Y, de paso, a uno mismo.

Después, la narradora. La que no está en contra del amor, ni mucho menos, pero sí un poco del calendario normativo y su guion. No lo rechaza, coexiste y, lejos de adherirse, maquilla sus argumentos en coartadas mentales: es una fecha más cargada de expectativas ajenas, qué pereza. Pero también dice que es un día cualquiera haciendo scroll con una atención sospechosamente superior a la habitual. No porque espere nada concreto, sino porque el día insiste en sugerir que todo es cuestión de probabilidad, aunque ese ámbito sea la menor de sus preocupaciones. A veces no se espera a alguien, sino que el día tenga algo que explicar. ¿Cuál es el motivo? ¿San Valentín? ¿El amor? ¡Si vive rodeada de él! Se despierta descansada. Se siente feliz. Está bien.

Y, aun así, mira el calendario otra vez, por si se le ha escapado algo de su checklist. Ve historias de cenas con velas y no piensa «quiero eso», sino «qué energía la de reservar con antelación». Decide no hacer nada especial y pasa varios minutos reflexionando sobre qué significa exactamente «no hacer nada especial». Ni tristeza ni drama, todo lo contrario. Es una especie de ruido leve, parecido al de la mosca, que escucha cuando una fecha se cree con derecho a opinar. Y luego está El Corte Inglés, preguntando qué piensa hacer hoy con su vida sentimental. Porque el amor se celebra, claro.

Para sorpresa de nadie, San Valentín no crea expectativas nuevas y si así fuera, confirmarlo en este espacio sería reconocerle demasiado poder. Lo que sí hace es dejar en evidencia las que ya estaban ahí, como las ganas de conexión real, el costumbrismo de proyectar o el pensamiento absurdo de pubertad tardía que dice así: «igual hoy sí es el día». Como si el amor tuviera una agenda compartida con un calendario laboral: de seis y media a nueve podría cruzarme con mi media naranja en la sección de quesos del supermercado.

san valentin

Mientras tanto, el afable romanticón no analiza nada de esto. No porque no pueda, sino porque no lo necesita. No se pregunta si llega tarde, o a tiempo, ni si encajarán sus detalles a las posibles expectativas. Simplemente está, hace lo mejor que puede y sabe. Fin. Dicho así, qué fácil, ¿no? Pero lo más curioso —y también bastante atractivo— está en esa falta de ironía, hacer porque así lo siente sin importar el resultado. Esa manera de vivir sin estar interpretándose todo el rato podría ser una siesta española bien merecida, de esas en las que te duermes sin querer un domingo de mayo.

Esta escéptica, en cambio, interpreta mucho, lo que le facilita con la misma magnitud que empeora todo. Identifica, sintetiza y es práctica. Se pregunta si no encajar todavía es un fallo o una forma exigente de escoger. ¿Qué explica, si no, esa costumbre tan ridícula de salir corriendo cuando algo empieza a importar? ¿Cuándo existe un intento agridulce de vínculo? O está evitando algo o simplemente afinando la puntería. Vaya, lo que se conoce como acobardarse.

Quizá Facebook entendió antes que nadie a una generación cuando, además de soltero o en pareja, añadió la opción de «es complicado». Si confunde ganas de conexión con promesas vacías, silencio con señales o la costumbre de no estar sola con amor, su apego evitativo tiene razón.

Ni el punto de vista ni la fecha importan demasiado si se sabe cómo interpretar la presión social por preguntar lo que no se piensa en responder. Si la conexión que se siente es motivo suficiente para quemar los barcos, hacer una pizza casera o regalar un ramo de tulipanes. Y si es amor y no la necesidad de aferrarse a una historia, aunque sea a medias.

 

Aharoa Sarrió es escritora y publica sus textos en Substrack

Salir de la versión móvil