Hay una generación entera de hijos de la distancia que aprendieron a ubicar sus raíces no en un mapa, sino en la voz de sus padres. Para Sarah Viguer Cebriá, el origen de todo no fue un paisaje real, sino el trayecto nocturno por la autopista que cruza los Pirineos.
Mientras ella dormitaba en los asientos traseros de un Renault 5, su padre, cineasta y guionista, transformaba el viaje en una ficción continua. Entre juegos de palabras y trabalenguas, brotaban anécdotas sobre el olor del horno del abuelo, excursiones a la escuela en carro y la memoria colectiva de una ciudad salvada de las aguas tras la riada del Turia.

«Esta fuerza fabuladora me hizo amar a Valencia y reconocerla antes de conocerla. Era su forma de contar la ciudad desde la distancia, y una declaración de amor a la terreta como para superar la culpa de haber partido», señala Viguer.
Ese mito infantil moldeado en la carretera es el núcleo de Retales Altares Telares, la exposición de la artista franco-española en la galería Vangar de Valencia. Una muestra que aborda la pertenencia no como un documento de identidad inmóvil, sino como un ejercicio de imaginación y reconstrucción física frente a las ausencias del pasado. «La memoria no es una herramienta nostálgica, sino una materia emocional. Han desaparecido tantas pruebas físicas de mi pasado familiar que tengo que volver a crearlas como un acto de supervivencia».

El hilo como lenguaje universal
Frente al consumo digital inmediato, Viguer propone un regreso radical a la materia. Sin embargo, su dominio del telar y la fibra no responde a una formación académica al uso, sino a un mapa de aprendizajes compartidos con tejedoras de medio mundo: desde los paños tradicionales en Uagadugú (Burkina Faso) o la rafia en Antananarivo (Madagascar), hasta talleres artesanales en Francia y firmas industriales en Suecia.
«Presencié numerosos rituales —explica la artista—, las vi hablarle al tejido, pidiéndole al hilo que destrabara sus dudas. En muchos talleres se trataba de dar a luz, se hablaba de la «bajada del telar», de recibir la pieza en otro tejido como se recibe a un recién nacido. Estas labores compartidas entre mujeres me transportaron a los recuerdos de mis tías vistiéndome de fallera por primera vez».

Al regresar a Valencia, ese bagaje técnico dialogó de inmediato con los gremios locales. La artista comenzó a tejer red junto a artesanos del bronce, la cerámica de Manises, las monjas de clausura o los talleres multiseculares de la Compañía de la Seda. «Gran parte de mi trabajo es una orquestación de cruces entre artesanos, técnicas, periodos y materiales. Ninguna revolución tecnológica es revolucionaria si su propósito no reside en aumentar la habitabilidad del mundo o en establecer mejores relaciones entre seres».
Las algarrobas de posguerra
Recorrer la sala de exposiciones equivale a descifrar un archivo de reliquias personales. Hay cortinas metálicas que matizan la luz como en las entradas de las casas de pueblo, pequeños zapatitos de cerámica de niña fallera y composiciones donde conviven castañuelas, pétalos de flores y algarrobas. «Mostrándome unas algarrobas como si fueran habichuelas mágicas, mi padre me contó que muchas familias valencianas sobrevivieron gracias a este fruto. «Les debes la vida», me dijo».

Esa necesidad de buscar protección mediante símbolos la ha llevado a inventar sus propios rituales contemporáneos. Para la exposición, salió a cazar los míticos gambusinos entre los naranjales de la huerta para darles forma textil, e ideó una serie de esculturas donde fusiona la icónica Virgen de los Desamparados con la figura del murciélago. «El mito es una estructura plástica, un «código abierto» que me permite colmar mis propios vacíos. Sincretizar a la Virgen y al murciélago en un único talismán se despliega como un acto ritual paganista que prioriza la intuición, la imaginación y los ciclos estacionales».
Belleza e historia política
Pero la muestra elude el mero esteticismo. La belleza delicada de las sedas y el ornamento contrasta de forma deliberada con la dureza estructural de sus grandes trípticos de hierro. En ellos, Sarah Viguer documenta episodios traumáticos de la memoria familiar y colectiva: el desahucio de la alquería propiedad de su familia durante el desarrollismo franquista o el recuerdo del hotel de Montanejos, célebre por sus aguas termales, adonde eran enviadas mujeres por prescripción médica para tratar sus crisis psicológicas.

«Estas briznas de relatos me fueron repetidas en los mismos términos y las mismas palabras por diferentes familiares, revelando su carácter traumático. Construyo los trípticos con estructuras metálicas para aportar peso y dureza, algo que contrarresto con las sedas falleras. Estas telas funcionan como el papel pintado de unas casas que nunca conocí», explica Viguer.
En última instancia, su obra nos recuerda que el tejido es la primera arquitectura que habitamos. Una segunda piel maleable capaz de unir geografías distantes, reparar grietas emocionales y devolvernos el sentido del tacto en un mundo cada vez más incorpóreo. «Somos seres textiles: nacemos acunados por pañales, habitamos el descanso entre sábanas y nos despedimos del mundo envueltos en mortajas. Nuestra propia epidermis es un tejido vivo», concluye Sarah Viguer.