A la altura del 214 del madrileño Paseo de la Castellana, el ruido del tráfico se corta de golpe. Basta bajar unos metros bajo tierra para toparse con una mole de ladrillo rojo: un antiguo depósito de 2.500 metros cuadrados sostenido por 144 arcos de siete metros y medio de altura. Durante generaciones guardó millones de litros de agua para Madrid; hoy funciona como un búnker en penumbra donde el silencio pesa casi tanto como el líquido que albergó.
Hoy, en ese antiguo aljibe subterráneo, el agua ya no corre por tuberías ni compuertas. Brota en suspensión. Se ha transformado en luz, en niebla, en cordilleras de hielo y en un rumor remoto que llega a través del paisaje sonoro diseñado por François-Bernard Mâche.
Es la bienvenida a AQUA MATER, la monumental exposición con la que la Fundación Canal y La Fábrica rinden tributo a Sebastião Salgado. Un regreso a la matriz del planeta que coincide con el 175 aniversario del Canal de Isabel II y los 25 años de su fundación, pero que, sobre todo, funciona como una sobrecogedora carta de amor, y de despedida, al ojo que mejor entendió la épica de la Tierra.

Agua
El agua para Salgado nunca fue un simple recurso, sino una biografía. El brasileño que estudió economía para comprender los engranajes del mundo y que a los 29 años decidió cambiarlos por el obturador de una cámara, pasó un cuarto de siglo persiguiendo las formas en que el líquido elemento teje y desteje la vida. No desde la postal complaciente, sino desde la liturgia del blanco y negro. Ese blanco y negro suyo, denso como el petróleo y brillante como el cuarzo, donde no hay grises muertos, sino una gama infinita de presencias.
Casi un centenar de fotografías en gran formato componen este viaje donde el agua se manifiesta en sus tres estados canónicos: sólido, líquido y gaseoso. La mirada viaja desde las fauces ensordecedoras de las cataratas Victoria en Zambia hasta las dunas mudas de Ubari, en Libia, donde la ausencia de agua es tan aplastante como su abundancia. Salgado se sumergió entre los bosques flotantes de algas gigantes en las Malvinas, bordeó la frágil densidad vegetal de la Sierra del Divisor en la Amazonia y encaró la inmensidad marmórea de los icebergs en las islas Sandwich del Sur y la isla Decepción.


Por primera vez, la muestra reúne con esta envergadura las series Aqua Mater y Glaciares. Son estas últimas masas de hielo, retratadas en la Patagonia y la Antártida, las que dotan a la cita de una escala casi mística. Frente a ellas, la sensación no es la de contemplar un paisaje remoto, sino la de estar ante seres vivos colosales que se desvanecen lentamente. Monolitos de hielo que crujen y se deshacen en silencio, suspendidos entre arcos de ladrillo que en otro tiempo contuvieron el agua que bebía Madrid.

Compañera y comisaria
Detrás de cada imagen, como siempre en el universo Salgado, late el pulso de Lélia Wanick Salgado. Compañera, cómplice, productora, ecologista y comisaria de la muestra. Fue ella quien concibió este diálogo espacial y quien articula la advertencia necesaria sin caer en el cinismo del derrotismo: recordar la importancia esencial del agua no es un ejercicio estético, sino una urgencia vital.

Entre los arcos también resuena la continuidad de esa lucha en la voz de Juliano Salgado, su hijo y presidente del Instituto Terra, el proyecto con el que la familia Salgado demostró que donde hubo selva arrasada, la vida y el agua pueden volver a brotar si se plantan con las manos y el corazón adecuados.

Salgado nos dejó un archivo inmenso del dolor del mundo con proyectos como Workers o Éxodos, pero en el último tramo de su vida, aquel que arrancó con Génesis y cristaliza en esta selección, decidió recordarnos por qué merece la pena salvarlo. El agua que fluye por la Castellana 214 no moja, pero cala hasta los huesos y es la constatación de que la Tierra no nos pertenece, tan solo compartimos su cauce por un instante.