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Suiza no es ni buena ni mala… es rara

El sonriente equipo de gobierno suizo: un Consejo Federal con gente de cuatro partido

El sonriente equipo de gobierno suizo: un Consejo Federal con gente de cuatro partido

En el paladar del ciudadano, Suiza sabe a muchas cosas. Sabe a chocolate, claro. Sabe a neutralidad eterna. Sabe a que uno no termina de tener muy claro si está o no políticamente en Europa. Y sabe, cómo no, a dinero y secretismo contable. Pero Suiza es, ante todo, un país peculiar y muy diferente a todo lo que le rodea, una especie de isla política en el corazón de Europa, con cosas muy buenas… y otras aberrantes.

El país es verde y blanco por su paisaje y su clima. Y blanco y rojo, por su bandera y el movimiento que se inició en su seno y que como símbolo tiene su propia bandera, aunque invertida. Carece de mar, pero mueve muchísimo dinero extranjero. Está en el corazón de Europa, pero no es europea. De hecho, siempre ha estado en medio de todo, pero apenas tiene que ver con nada. Suiza es una cosa rarísima si lo comparas con lo que tiene alrededor.

Posiblemente lo primero que llama la atención es cómo se organizan. Vale, tienen un nivel estatal, uno cantonal y uno local, lo cual no sorprende en muchas partes del mundo y menos en esta España de las Cortes, las Autonomías, las Diputaciones y los Ayuntamientos. Lo curioso es ver cómo reparten sus poderes.

Pongamos el caso de España: aquí un partido gana las elecciones y el presidente nombra un Consejo de Ministros donde rara vez se cuela algún independiente, y casi nunca alguien de otro partido. Bueno, eso pasa en España y en casi cualquier lugar. Menos en Suiza. Allí el poder Ejecutivo lo gestiona el Consejo Federal, formado por siete personas… que no solo pertenecen al partido que logra la mayoría. De hecho, ese consejo se ha mantenido inalterable durante décadas.

¿Que cómo funciona? Con una ley no escrita pero conocida como ‘fórmula mágica’. Consiste en repartir de forma siempre idéntica esos siete puestos por partidos e idiomas, haciendo que esa cámara sea representativa de una sociedad que, por lo visto, es tan estable que parece hasta aburrida. De hecho, desde 1959 y hasta 2003 ese reparto fue siempre idéntico, rigiéndose el país durante 44 años por dos miembros de tres partidos (PRD, PDC, PSS) y uno adicional de un cuarto partido (UDC); además, cuatro de ellos debían ser germanohablantes y los otros tres de las minorías latinas del país -francesa e italiana, básicamente-.

Es decir, que voten lo que voten los ciudadanos, casi siempre el resultado es el mismo… De hecho eso es así porque se vota más o menos lo mismo y en similar proporción. Al menos hasta 2003, cuando la UDC -el partido que contaba con un asiento el en Consejo Federal- multiplicó sus votos, lo que provocó que se cambiara el reparto de asientos y pasara a tener dos en detrimento del PDC.

Vaya, un cambio en la Suiza inmutable.

¿Es positivo o negativo ese sistema de cuotas? Depende: es muy representativo, qué duda cabe, pero solo funciona si la sociedad es siempre así… o si el sistema se adapta a los posibles cambios. Da, eso sí, poca cabida a la irrupción de nuevos partidos o ideas, pero aporta estabilidad, sin duda.

Pero ¿y quiénes son estos de UDC? Un partido que se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo en una derecha muy conservadora en lo social, adalid de frenar la inmigración y promotora de algunas de las iniciativas más polémicas que ha vivido el país.

Recordarás aquel cartel de las ovejas blancas echando a la oveja negra de la bandera suiza en una durísima campaña contra la inmigración en aras de «la seguridad». Era suya. O aquel polémico referéndum de hace unos años, concretamente de 2009, preguntaba sobre prohibir la construcción de minaretes en las mezquitas suizas. También era suyo. Por cosas como estas se les suele incluir en el catálogo de partidos ultraderechistas.

Que un partido así emerja en Suiza tiene mucho sentido: es un país tan próspero, tan acostumbrado a estar al margen de todo, que parece lógico pensar que sea poco amigo de las injerencias… Y para muchos suizos la inmigración es una injerencia en su tranquila vida al margen de todo. Vaya, que uno se vuelve conservador cuando tiene algo que conservar y defensor de lo suyo cuando entiende que es distinto a lo de los demás.

Pero entre ese sistema político tan aparentemente poco natural y esos resquicios de ultraconsdervadurismo -cuando no xenofobia- hay propuestas muy interesantes. Allí la ley obliga a que las cuestiones importantes se consulten en referéndum a los ciudadanos. Vale, esto también lo dice la Constitución Española, pero la clave está en definir esas ‘cuestiones importantes’: en nuestro caso solo lo son aquellos cambios relativos a la estructura del Estado (monarquía, organización territorial, sistema bicameral…), siendo que ni siquiera todos los cambios en la Constitución merecen necesariamente de refrendo popular. De hecho, se ha cambiado la Constitución dos veces (una para entrar en Europa y otra hace dos años y medio para limitar el déficit) y tú no votaste nada.

En Suiza esto no funciona así. De hecho, para las cosas que no entran en esa consideración de ‘importantes’, también se puede proponer un referendum de forma sencilla: bastará con que 50.000 ciudadanos lo pidan, cuando en todo el país hay unos ocho millones de habitantes. Calcula: habrá un referendum cuando el 0,6% del país lo pida. Haciendo la conversión a nuestro país, bastaría que lo pidieran 282.000 personas -que es casi los votos que tuvieron partidos como Equo o ERC en las pasadas elecciones-.

Esto, dirán los detractores de convocar tantos referéndums, es sostenible en un país muy estable (salta a la vista que Suiza lo es) y donde la participación ciudadana sea sólida. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Es decir: ¿en España la gente cada vez vota menos y por eso no tendría sentido hacer tantos referéndums, o como la gente no se siente implicada cada vez vota menos? Solo un dato: desde que tenemos democracia solo ha habido dos años en los que no se ha celebrado elección alguna en nuestro país: 2002 y este 2013 que aún no ha terminado. Es decir, que votar votamos… Otra cosa es que votemos para cosas que nos motiven. Porque a ti te gustaría que hubiera referéndums para cada ley importante, ¿o no?

En eso Suiza mola. Y claro, también mola que es un país muy muy próspero. Tanto que apalea el dinero… aunque no siempre el suyo. Por sus bancos pasan millones de divisas extranjeras, tranquilas las fortunas de que los suizos, además de neutrales, son discretos. Tal es la opacidad de las cuentas en el país que no pocas veces se ha señalado eso como un auténtico problema, como una suerte de paraíso económico para capitales de los que poco o nada se sabe. ¿Evasión fiscal? ¿Blanqueo? Todo es posible, o no, cuando nada se sabe del origen o destino, ni de las cantidades, que allí se mueven. De hecho de eso en España sabemos bastante: el caso Bárcenas estalló cuando se tuvo acceso a esas cuentas, y es en España donde está (no sabría decir si preso o protegido) Hervé Falciani, que reveló algunos secretos sobre cuentas poco claras en su muy discreto país.

Y eso ha sido (y está siendo) un escandalazo, a pesar de que poco ha trascendido de lo que él sabe. De hecho, su propio estatus y el grado en el que coopera o no con la Justicia es un misterio, porque lo que él sabe podría (o no) poner en jaque a muchas fortunas del continente.

¿Y cómo es posible que haya tantas diferencias en el corazón del continente? Volviendo a lo de antes, porque Suiza está en medio de todo y dentro de nada. No es miembro de la UE, aunque sí está dentro del espacio Schengen y firmó dicho tratado. Tampoco, claro, tiene el euro, pero es sede de no pocas organizaciones continentales y mundiales. Siempre distantes, siempre neutrales, siempre discretos… parece una buena técnica.

Entonces, ¿qué es Suiza? Un país riquísimo (bien) donde se mueven opacos capitales (mal). Limpio, eficiente y respetado, próspero (bien), pero con un sistema político artificial y podría decirse que inflexible (mal). Neutral y equilibrado, estable como pocos (bien) pero nada implicado en nada de lo que le rodea, lo que le hace estar aislado en lo político (mal). Uno de los primeros bastiones donde la nueva ultraderecha empezó a resurgir (mal), pero cuna de una profunda cultura por los referéndums y la participación ciudadana (bien).

Eso sí, cuidado con pensar que los referéndums son cosa de la izquierda o la socialdemocracia, porque nada más lejos: el último que han celebrado, este mismo fin de semana, ha resuelto no limitar la diferencia salarial de un directivo a doce veces el sueldo de un trabajador como máximo, así que seguirá habiendo desequilibrios de hasta cien veces el sueldo medio. Todo sea por la prosperidad, aunque el desequilibrio social condicione en la ecuación.

Suiza es un lío difícilmente entendible para muchos europeos. Pero ahí sigue, admirada y denostada a partes iguales.

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