¿Cuándo fue la última vez que desbloqueamos el móvil y no sentimos que el mundo se hundía un poco más? Hacemos scroll y es esquizo que pasemos de la última actualización sobre el conflicto en Oriente Medio a una receta de bizcocho de plátano en un segundo, cuando no es el enésimo titular que leemos sobre una IA que jubila a un departamento de cierta agencia creativa.
Por algún motivo, un algoritmo quiere que aprendamos a hornear con fruta madura antes de que el mundo pete. Bloqueamos la pantalla sin pensar mucho en ello, respiramos hondo y desviamos la atención finiquitando nuestros emails con esos «saludos cordiales» que pesan más que si saludáramos a san Pedro solo por ahorrarnos un próximo meeting. Nos convencemos de que podría ser peor, pero la realidad es que estamos a un «quedo a tu disposición» de mandarlo todo a tomar por saco.
Hubo un tiempo no muy lejano en el que nuestra crisis digital era más simple: podíamos permitirnos el lujo de fingir una confusión de amor por un chat de Terra, aunque solo fuera por bailar en el limbo de «¿será esta conexión real?» — algo que nos hizo expertos en habitar el quizás de quien nos quiere cerca pero no mucho—.
Ahora sabemos perfectamente por qué estallaría la Tercera Guerra Mundial, pero no tenemos ni idea de cómo estar cinco minutos a solas
Otro era perder horas en Messenger analizando si un estado era una indirecta o el encefalograma plano de un tío que escribía en Comic Sans azul eléctrico y mandaba zumbidos sin venir a cuento. Una prehistoria emocional mucho más honesta que la de hoy, vaya. En cambio, ahora sabemos perfectamente por qué estallaría la Tercera Guerra Mundial, pero no tenemos ni idea de cómo estar cinco minutos a solas sin que el ruido de los “¿y si…?” nos incomode.
Por eso, acabar obsesionados con vídeos de gatos, nutrias abrazadas o pensar en bucle en por qué todos quieren pegar al monito Punch, no es chiste, sino una especie de química de supervivencia: si el algoritmo nos ofrece un chute baratito de dopamina para compensar picos de cortisol por noticias como la subida de impuestos ante sueldos congelados desde hace años, lo compramos sin mirar el precio. Desviamos. Evadimos. Buscamos ese rincón donde nada detona por un momento.
Igual sí vivimos en crisis permanente, y no solo de cara al exterior. Si profundizamos más, nos da pánico hacernos las preguntas que podrían obligarnos a actuar cuando no tenemos energía ni para elegir una serie. Visto así, tendría sentido que acabáramos cediendo la responsabilidad de nuestras decisiones a una moneda al aire, al universo o a una lectura de tarot en TikTok en la que una desconocida nos asegure que esta semana todo va a fluir con tu persona o te advierta de que Mercurio retrógrado pegará fuerte.
Y nos lo creeríamos, porque responsabilizarnos de eso también sería demasiado. Ya nos basta con quedar a disposición de horas extra de esa tal Margarita Soler por email, porque, claro, el alquiler no se paga solo.
Lo más irónico es que no necesitamos a nadie que nos descifre el mañana. En realidad, hace tiempo que aprendimos a leer nuestro propio borrador. En ese pulso constante entre el miedo a mandarlo todo a la mierda y la desidia de conformarnos con lo que no nos llena, acabaremos eligiendo lo que nos quema por dentro. Eso que se cuela en el inconsciente sin permiso. Lo que se le conoce como: explotar.
Quizás sonará a un suicidio emocional, pero preferimos ignorar las red flags antes que escuchar al raciocinio que hace tiempo no tiene nada nuevo que decirnos. Total, si el sistema ya nos trata como datos de entrenamiento para su próxima IA, que al menos un ratito sea para lo que nos acelere el pulso de vez en cuando.
¿Desde cuándo sobrevivir cuenta como éxito? Que no, que resistir no es un prestigio ni una aptitud
La transición generacional ha puesto en duda lo que parecía el único camino válido: estudiar. Trabajar y ahorrar. Comprar una casa, echar raíces y hacer familia. Y aquí estamos, siendo adultos responsables y productivos, pero también confusos por sentir que todo es provisional, incluso nuestra propia identidad. Calculamos si podemos permitirnos un hijo o si es más viable tener un agaporni, mientras el futuro nos acecha con desconfianza. Ahora, ¿desde cuándo sobrevivir cuenta como éxito? ¿Y brindar por cobrar antes del día 30 tiene el mismo peso que ganar un oro olímpico? Que no, que resistir no es un prestigio ni una aptitud. Si el único horizonte que nos ofrecen es seguir soportando, claramente el paisaje está roto. Eso o que seguimos empeñados en mirar por la ventana equivocada.
Que sí, que necesitamos más buenas noticias, al menos para que dejen de sentirse como un accidente. Que aguantar no es de valientes, pero quizás sí lo sea saltar por esa ventana por la que nos negamos a mirar. Incluso dejar de pedir perdón por querer algo más. O distinto. Porque si la estabilidad es un mito y el futuro es un susto que nos llega a modo de notificación, lo único que nos queda es la soberanía de mandarlo todo al traste cuando el cuerpo nos lo pida. Dejar de aplaudirnos por seguir de pie como si fuera un mérito.
Al final, lo más revolucionario que podemos hacer es elegir lo que nos queme y estalle, aunque sea un error. De algún modo, hay que destruir para construir.
Aharoa Sarrió es escritora y publica sus textos en Substrack.