Icono del sitio Yorokobu

Vivir de puntillas: ¿Estamos perdiendo la guerra de la atención?

guerra por la atencion

Vivimos en una amnesia por lo automático. Cada día nos cuesta más almacenar nuevos recuerdos, recordar lo que hemos hecho la semana pasada.

Vivimos intensamente en un mundo frenético, pero no somos capaces de recordar lo vivido con detalle. Los recuerdos se emborronan en nuestra mente. Tratamos de acceder a ellos, pero se desenfocan, alejándose de nuestro alcance. Nuestros recuerdos viven rodeados por una densa niebla, que todo lo cubre, amortiguando nuestra capacidad para recordar. Una nube gris, pesada y espesa, en la que, cuando alargas la mano para tocar tus recuerdos, estos se deshacen entre los dedos.

Quizás somos capaces de recordar, en algunos casos, datos concretos asociados a una situación específica. De ese día en el campo recordamos dónde estábamos, con quién, qué hacíamos, incluso quizás seamos capaces de recordar de lo que hablábamos, pero cuando queremos profundizar en el recuerdo, nos damos cuenta de que nos es casi imposible recordar cómo nos sentíamos en ese momento.

Esa densa niebla empaña nuestros recuerdos, nuestras vivencias. Y si no podemos recordar con propiedad, terminaremos por diluir nuestro yo. Porque las personas somos nuestros recuerdos, nuestras historias y nuestras anécdotas. ¿Y de dónde nace esa niebla que empaña nuestra mente? De nuestra falta de atención.

Vivir hoy cansa y mucho. Simplemente es agotador

Vivimos en un mundo cada día más ruidoso, dominados por las prisas, el multitasking y por ingentes cantidades de información y desinformación. Un mundo cada día más demandante y exigente, sobre todo a nivel cognitivo. Porque vivir hoy cansa y mucho. Simplemente es agotador.

Sentimos el cansancio arraigado en nuestro cuerpo, en nuestros huesos y en nuestra mente. Una pesadez constante, que nos atenaza y nos impide movernos. Hagamos lo que hagamos, sentimos que nunca nos recuperamos plenamente. Y esta sensación afecta a nuestra capacidad de prestar atención. Porque atender, poner foco en algo, implica un sobresfuerzo que no somos capaces de realizar en muchas ocasiones.

Atender implica también renunciar al resto de estímulos que no son objeto de nuestra atención. Cuando atendemos desatendemos a todo lo demás. Al atender, debemos sumir el resto del mundo que nos rodea en la más absoluta oscuridad y eso es algo muy complejo de llevar a cabo hoy en día. Porque vivimos rodeados de millones de estímulos que no nos dejan desatender. Estímulos que compiten constantemente por nuestra atención bajo una luz cegadora que se resiste a quedarse entre las sombras.

Seguro que llegar hasta aquí ha resultado complicado. Wasaps, notificaciones, alarmas en nuestro móvil que nos requieren y reclaman continuamente. Destellos de luz que nos atraen irracionalmente como a los insectos y a los que es muy difícil decir que no. Porque no queremos renunciar a nada, nos da simplemente miedo prestar atención a algo ya que eso significa no prestar atención al resto.

Nuestra vida está llena constantemente de interferencias que ponen a prueba nuestra capacidad de control de la atención. Nuestra atención es un elemento escaso y frágil, casi en peligro de extinción en este mundo digitalizado. Debemos cuidarla y mimarla con esmero si no queremos perderla para siempre.

Nuestros cerebros están en un continuo diálogo. Un parloteo difícil de acallar y que nos impide escuchar la realidad que nos rodea

Y aunque nos encantaría poder culpar al mundo que nos rodea como principal actor que merma nuestra atención, la verdad es que el 80% de las distracciones que secuestran nuestra mente son provocadas por nosotros mismos. Nuestros cerebros están en un continuo diálogo. Un parloteo difícil de acallar y que nos impide escuchar la realidad que nos rodea.

La guerra de la atención hoy es con nosotros mismos, no con el exterior. Nuestra mente nos dice que tenemos que hacer más, vivir más, aprovechar más el momento. Miles de planes que estamos barajando continuamente. Pero no somos conscientes de que cuanto más tratamos de vivir, menos vivimos realmente.

Si no podemos recordar, de qué sirve vivir miles de experiencias, ir a cientos de lugares o experimentar millones de nuevas sensaciones. Y no se trata de almacenar nuestra vida en soportes digitales, convirtiendo nuestro móvil en una memoria externa, ajena a nosotros. Aunque nos parezca increíble, nuestro móvil no somos nosotros, por muy apegados que nos sintamos a él.

Si no podemos recordar, de qué sirve vivir miles de experiencias, ir a cientos de lugares o experimentar millones de nuevas sensaciones

Podemos almacenar millones de fotos y vídeos, pero no podemos almacenar las sensaciones y sentimientos que nos provocaron nuestras vivencias. Los sentimientos y las sensaciones solo podemos volver a reproducirlos en nuestra mente, pero para ello necesitamos dar tiempo a nuestros recuerdos para que se consoliden, maduren y terminen siendo parte de nosotros mismos.

Más que nunca, necesitamos aprender a vivir más y mejor. Vivir despacio, saboreando cada momento, permitiendo que nuestros recuerdos se graben en nuestras maltrechas y sobrestimuladas memorias para ser más humanos que nunca.

 

Raquel Espantaleón es directora general y de estrategia en Sra. Rushmore.

Salir de la versión móvil