El amor es un sentimiento desbordado. Una enajenación que conduce al abismo de lo incontrolable más allá de la cordura.
Para los escépticos es pura química. Para los superficiales, pura física. Para los oportunistas, pura matemática.
Ahora, además, el denostado amor sufre de un reproche adicional: su presunta condición machista.
La acusación viene sustentada por las miles de canciones escritas sobre el tema por hombres y mujeres. Desde Sabina hasta Rosana.
Cuando Sabina canta eso de:
Tenían razón
mis amantes
en eso de que, antes,
el malo era yo,
con una excepción:
esta vez,
yo quería quererla querer
y ella no.
…se lo está poniendo fácil a sus detractores.
Pero cuando es Rosana la que canta:
No quiero estar sin ti.
Si tú no estás aquí me falta el sueño.
No quiero andar así,
Latiendo un corazón de amor sin dueño.
…la cosa empeora. ¿Amor sin dueño? ¿Pero quién necesita un dueño?, ¿las esclavas, las sumisas, las masoquistas?
Sin embargo, muchas veces no es la letra, sino la música, el arreglo, la coreografía y el tono del intérprete el que puede alterar por completo el sentido de cualquiera de estas canciones.
Recientemente, en la entrega de los premios Goya hemos asistido a un fenómeno de masas de lo más interesante.
Rosalía cantó la canción de Los chunguitos Me quedo contigo, con millones de visitas en YouTube. Pues bien, en la versión de sus creadores, aquella gestualidad tan aseverativa, los arreglos, su propia contundencia al decir:
Si me das a elegir
entre tú y ese cielo
donde libre es el vuelo
para ir a otros nidos, ay, amor,
me quedo contigo.
…sitúa la canción de amor en un territorio propicio a la crítica antimachista. Pero eso resulta mucho más difícil cuando Rosalía realiza su propia propuesta: una versión integradora en la que interviene El Guincho, el Cor Jove de L’Orfeó Catalá y la música flamenca. En este caso, el resultado se torna inclasificable y, en consecuencia, mucho más ecléctico.
Pese a ello, la organización Gitanas feministas ha criticado duramente la actuación de Rosalía clasificándola de antigitana.
Las gitanas feministas acusan a la cantante de antigitana, pero no de antifeminista. También podrían, con la misma letra, acusar a Los Chunguitos de antifeministas, pero no de antigitanos. Es lo que sucede cuando ronda el amor, que la lógica se desvanece.
Tratar de llevar ese desquicio que es el amor al terreno del feminismo o del machismo solo conduce a tropezarse con ese tipo de contradicciones. Es intentar poner orden en lo que, por esencia, es desatino.
Y lo que sucede, además, es que intentar juzgar el amor, tal como se sintió y se cantó en el pasado, con los parámetros del amor contemporáneo es condenarlo de antemano. Tal vez por eso Joan Manuel Serrat, otro de los clásicos señalado hoy por su romanticismo «machista» se cubrió las espaldas hace ya muchos años con esta letra:
Y si quieren saber de mi pasado,
es preciso decir otra mentira.
Les diré que llegué de un mundo raro,
que no sé del dolor, que triunfé en el amor
y que nunca he llorado.
Las emociones de ayer no fueron machistas ni feministas. Fueron las emociones de ayer. Reescribirlas ahora desde los valores y las sensibilidades del presente supondría hacer lo mismo que le exigió el gobierno de Franco a Concha Piquer con su canción Ojos verdes: que en lugar de cantar «apoyá en el quicio de la mancebía», debía sustituirla por «apoyá en el quicio de tu casa un día» (claro, que Concha era mucha Concha y se negó en redondo, pagando de su bolsillo las multas que le ponían).
Porque, además, el riesgo que se corre cuando se cambian las letras del pasado es que, al intentar comprenderlas en el futuro, les pasaría lo mismo que a Serrat en su canción: que será preciso contar otra mentira.