En 1969, una extraña firma estampada en la pared apareció en distintos barrios de Nueva York: TAKI 183. Había nacido un nuevo fenómeno cultural, social y político al que se llamó grafiti y que acabó elevado a la categoría de arte urbano con el paso de los años.
Fundación Canal ha querido hacer un recorrido desde su nacimiento en Estados Unidos hasta nuestros días en la exposición Arte urbano. De los orígenes a Banksy, que podrá verse hasta el 3 de mayo en Madrid.
La muestra está comisariada por Patrizia Cattaneo y alberga más de 60 piezas de algunos artistas ya consagrados como Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Crash, Blek le Rat, Seen, Miss.Tic, Invader, RAVO, OBEY, JR, Os Gémeos, VHILS, SUSO33 y El Xupet Negre. Y, Banksy, por supuesto, a quien dedican toda una sala.
Y al final del recorrido, el espectador es interpelado con una pregunta: ¿Arte o vandalismo? En realidad, no se busca respuesta a este debate, sino simplemente poner de relieve la débil frontera que separa un concepto de otro y reflexionar sobre ello.
La periferia, cuna del grafiti
La necesidad de dejar huella de su existencia acompaña al ser humano casi desde sus orígenes. La silueta de unas manos en las paredes de algunas cuevas así parecen demostrarlo. Esa misma pulsión llevó a aquel mensajero de origen griego que vivía en la calle 183 de Washington Heights, al norte de Manhattan, a escribir su nombre por las paredes de los barrios de Nueva York que recorría por su trabajo.
Detrás de aquellas letras (TAKI 183) había un grito reivindicativo, una voz de espray que reclamaba de aquella manera tan gráfica su derecho a existir, a ser visto, a ser reconocido. En el Estados Unidos de la década de los sesenta el contexto social estaba marcado por la segregación no solo racial sino también espacial, las periferias marginadas del Bronx, Brooklyn o Queens frente al centro urbano. TAKI 183 solo era uno más de una generación de jóvenes que encontró en la pintura de paredes y vagones de metro una forma expresiva y material de afirmación personal: aquí estamos, aunque no queráis vernos.

El writing o tag, que es como se conoce al hecho de escribir el nombre o alias del autor, nació, pues, como una reivindicación social ejecutada de manera rápida con rotulador o espray y no con intención artística. Este nuevo estilo no era una simple inscripción, sino que estaba estrechamente vinculada a la identidad de su autor y era una escritura singular. También suponía un acto de apropiación del espacio público, que pronto se convirtió en un escenario donde los writers competían por llamar la atención en busca del reconocimiento social.
TAKI 183, alias de Demetraki, está considerado hoy como el precursor del grafiti neoyorquino no solo por la enorme presencia de su firma en las calles, sino porque entendió antes que nadie el potencial de los soportes móviles, especialmente los vagones de metro, como medios de difusión masiva. El espaldarazo definitivo al writing y su entrada en la esfera pública llegó cuando el New York Times le dedicó un artículo en 1971. Aquello tuvo un efecto multiplicador y cientos de jóvenes se lanzaron al tagging dejando de lado su ambición por el reconocimiento y buscando más obtener una visibilidad a mayor escala.
En un espacio donde todos dejaban su huella, se hizo necesario diferenciarse para no quedar invisibilizados en la masa. A los tags empezaron a añadírseles otros elementos que hacían la firma algo más compleja visualmente: estrellas, coronas, nubes, incluso algún personaje de dibujos animados. Y las letras que formaban el nombre se hicieron cada vez más elaboradas, dando lugar a estilos como las block letters (letras rectas y angulosas), los throw-ups (con forma de burbuja), los chromes (con pintura plateada o cromada, generalmente delineadas en negro) o los softies (suaves, fluidas y orgánicas). Es lo que se conoció como Style Wars, la guerra de estilos, donde cada writer buscaba destacar por encima de los demás.

Junto a TAKI 183, pronto empezaron a destacar otros como SEEN, al que se le denominaba The Godfather of Graffiti; y más tarde figuras como Crash, Poem One o Quik. Pero ocurrió que la enorme proliferación del grafiti empezó a molestar a las Administraciones, que entre finales de los sesenta y principios de los ochenta, impulsaron campañas de limpieza para eliminar aquellas pintadas. Los grafiteros buscaron entonces otros soportes más allá de los muros. Crash, por ejemplo, empezó a pintar en lienzo. Poem One, por su parte, se inclinó por el diseño gráfico.
Y el grafiti entró en los museos
A comienzos de la década de los ochenta, algunas galerías de arte y espacios alternativos de Nueva York empezaron a mostrar un interés cada vez mayor por aquellas formas de expresión callejeras y abrieron sus puertas al grafiti. Fashion Moda fue uno de aquellos espacios. Situado en el Bronx, funcionaba como un laboratorio cultural que permitió a muchos jóvenes artistas a atreverse con nuevos formatos y públicos, sin renunciar a la calle. Keith Haring y Jean-Michel Basquiat fueron dos de ellos.
Con ellos, el grafiti saltó de la calle a los museos, y lo hicieron transformando los códigos de ese estilo callejero y de la cultura underground en lenguajes personales que podían apreciarse también en instituciones del sistema del arte contemporáneo.

Basquiat y Haring abrieron el camino a una nueva generación de artistas que consolidarían, en décadas posteriores, la presencia del arte urbano en el mercado del arte internacional. Aunque eso no significaba que abandonara su espíritu reivindicativo y rebelde.
A partir de ese momento, surge una diferenciación conceptual en este movimiento que perdura aún hoy. Por un lado, el writing, profundamente ligado a la identidad individual del tag y a la ilegalidad. Por otro, el arte urbano, orientado al diálogo con el público y a la reflexión crítica.
La llegada al Viejo Continente
De América, el fenómeno saltó a Europa, donde los artistas empezaron a adquirir su propio estilo. El francés Zenoy fue uno de ellos, que destacó por su uso audaz del color y sus composiciones explosivas.
El grafiti, en sus manos y en la de otros que empezaron a surgir en el Viejo Continente, dejó de ser simplemente una firma para convertirse en un lenguaje visual diferente, autónomo, con códigos propios y una estética reconocible.

El interés europeo por el arte urbano llegó de la mano del cine y algunos documentales, que contribuyeron a expandir una imagen mitificada de Nueva York. Pero en Europa, los contextos urbanos eran diferentes y, de manera natural, el grafiti marcó sus propios códigos. De ser una mera caligrafía críptica para iniciados, evolucionó a un lenguaje figurativo, público y consciente que dialogaba con la arquitectura, el contexto histórico y el recuerdo colectivo. París y Berlín se erigieron como los dos primeros focos de este nuevo estilo.
En la capital alemana, su Muro se convirtió en un monumental lienzo político y símbolo de libertad expresiva y de reivindicación ideológica que atrajo a multitud de artistas. En París, por su parte, se consolidó una de las escenas más dinámicas y reflexivas de Europa, y fue especialmente receptiva a la dimensión conceptual del arte urbano.

Junto al aerosol, y debido también a la necesidad de pintar rápidamente en las paredes para no ser detenidos por la policía, surgió el esténcil. Aquí destaca la figura de Blek le Rat, que utilizó la plantilla introduciendo figuras recurrentes (en su caso, la rata como seña de identidad) y personajes como políticos y soldados a escala real que invitan a reflexionar sobre el poder, la vigilancia y la identidad.
En paralelo, surgieron otros artistas como Miss.Tic y Jef Aérosol, que incorporaron el retrato, la poesía visual y la provocación feminista con una dimensión íntima y accesible, que interpelaba directamente al espectador.

Grafiti con acento español
España no fue ajena a la llegada e influencia del arte urbano. De hecho, el impacto del grafiti dio lugar a una de las reinterpretaciones más originales del fenómeno. En Madrid, por la Movida y el contexto político de final de la dictadura, el arte urbano se alejó de la agresividad visual del modelo estadounidense para buscar una relación más armónica de la ciudad.

Y es en este contexto donde surge la figura de SUSO33, que ha llevado el grafiti y la firma hacia una dimensión performativa y conceptual con sus Ausencias. Se trata de siluetas fluidas, hechas con trazos rápidos y delineadas con una línea continua; presencias en movimiento que expresan estados de soledad y abandono y que aprovechan el estado de deterioro de los edificios y paredes donde las pinta para denunciar el estado de abandono de esas áreas urbanas deprimidas por culpa de políticas urbanísticas injustas.

Barcelona, sin embargo, ofreció un contrapunto diferente. En esta ciudad destaca El Xupet Negre, y con él el grafiti se adelantó a la lógica del branding urbano y del Logo Art. Ya no hay letras, su firma es un símbolo (un chupete antropomórfico), un icono capaz de transmitir cualquier mensaje.

Fuera de estas dos capitales, en Valencia destaca el dúo PiciAvo, que fusiona grafiti, clasicismo y figuración.
El grafiti hoy
A partir del año 2000, el arte urbano entra en una fase de expansión por toda Europa que supone un estallido creativo a todos los niveles. Por un lado, surge la corriente del posgrafiti, una reformulación del grafiti clásico que sustituye el tag por iconos, símbolos y narrativas visuales accesibles para todos los públicos. Las técnicas preferidas por los artistas son aquellas que tienen un bajo coste: esténcil, sticker art (pegatinas), adbusting (sabotear soportes de la publicidad comercial) o incluso la serigrafía.
Y, por otro lado, emergen con fuerza las obras propiamente dichas, donde las actuaciones no se imponen al espacio, sino que dialogan con él o lo transforman.

De esta época son el portugués VHILS (que trabaja los muros por extracción, es decir, utilizando cinceles y taladros con los que excava la pared), la polaca NeSpoon y la austriaca Chinagirl Tile, entre otros.

Pero hay una corriente más, la que investiga las posibilidades de percepción visual y los juegos ópticos. Es el caso del colectivo Truly Design y el artista No Curves, ambos de Italia.

Las temáticas cambian también. Atrás queda la autorreferencia para buscar la reflexión sobre el individuo y el colectivo, como demuestran las obras de Nevercrew, NemO’s o C215, entre otros.
Banksy, cómo no
Si hay un nombre que destaca por encima de todos los demás y que se ha convertido en uno de los fenómenos culturales más influyentes del arte contemporáneo, ese es Banksy. Y a él la exposición dedica toda una sala en exclusiva, donde no faltan sus icónicas niña con globo o su reinterpretación de Pulp Fiction.

Además de por su arte, Banksy destaca por utilizar el anonimato como estrategia. Con ello consigue desplazar el foco de atención hacia el mensaje, con el que critica con fuerza las estructuras de poder que nos rigen actualmente.

Su obra está basada en un diálogo constante con la historia del arte moderno y contemporáneo. Lo que hace son relecturas críticas de iconos muy reconocibles, a los que saca de su contexto para ponerlos en otros que nada tienen que ver, con los que adquieren nuevos significados.

La crítica al poder es otra de sus características, una denuncia constante del capitalismo salvaje y del propio sistema del arte. También hay sátira en sus obras, así como rechazo a la violencia y la guerra. Pero, a pesar de ello, siempre prevalece en sus creaciones un mensaje positivo: el cambio es posible.