Existe una maldición (atribuida a los gitanos, pero vete tú a saber) que dice: «Que Dios te dé todo lo que eres capaz de soportar».
Nuestra capacidad de aguante es inmensa, pero no infinita. Ese es el problema. Porque en el ilimitado espacio entre lo inmenso y lo infinito es donde reside todo el sufrimiento que podemos soportar.
Ejercitarse en el arte del sufrimiento es, en sí mismo, otro sufrimiento. Aunque eso sí, quien lo consigue (como le sucede, por ejemplo a Rafa Nadal) saca adelante eso que comúnmente llamamos fuerzas de flaqueza.
Para lograrlo hay que saber, de entrada, que el sufrimiento (según nos descubrió Buda ya en el siglo V antes de Cristo) es la inadaptación de la mente a la realidad. Inadaptación que se produce por la presencia de los apegos, ya sean a determinadas expectativas, a bienes materiales o a afectos espirituales, incrementados todos ellos por nuestra dificultad para acomodarnos a situaciones siempre cambiantes.
Pero lo peor de todo es que el sufrimiento no es lineal, sino acumulativo. La llamada gota que colma el vaso se produce también en este terreno. Es como en el boxeo. El último gancho no es el que te tumba, te tumban todos los anteriores.
Michel de Montaigne cuenta en su libro Los ensayos, cómo el rey de Egipto Psaménito, «vencido y capturado por el rey de Persia Cambises, al ver pasar ante él a su hija prisionera, vestida como una criada, a la que enviaban a por agua, se mantuvo firme sin decir palabra, con los ojos fijos en el suelo, mientras todos sus amigos gemían y sollozaban en torno suyo».
«Poco después, vio también conducir a su hijo a la muerte y permaneció en la misma actitud. Pero añaden que, cuando reparó en uno de sus amigos, al que conducían entre los prisioneros, empezó a golpearse la cabeza y a dar signos de un dolor extremo».
¿Es que acaso Psaménito sentía esa presencia de los apegos de la que hablaba Buda con mayor intensidad en uno de sus amigos que en sus propios hijos? No, sencillamente su capacidad de sufrimiento se vio desbordada ante él porque ya venía suficientemente demolido con los dos impactos anteriores.
Este conocimiento sobre el poder acumulativo del sufrimiento ha sido especialmente estudiado por los grandes torturadores de la historia. La Inquisición, por citar a los más versados sobre el tema, fue capaz de crear algunos suplicios tan eficaces que todavía hoy siguen siendo utilizados por los servicios de inteligencia de muchos países.
Uno de ellos, probablemente el más famoso y que hemos visto en incontables películas, es el llamado «tormento del agua». Consiste, sencillamente, en tumbar a una persona sobre una mesa y, una vez bien sujeta, obligarle a beber hasta alcanzar la sensación de ahogamiento. Y así una vez tras otra hasta conseguir que dicha sensación resulte insoportable.
Pero lo que la convierte en insufrible no es el efecto inicial, sino precisamente la acumulación de ellos a través del tiempo.
Esta es la cuestión que debemos tener en cuenta a la hora de gestionar cualquier sufrimiento que nos sobrevenga en la vida, incluso sin necesidad de ser torturados. Que el tiempo juega en nuestra contra. Por eso hemos de asumir que la capacidad de resistencia que reconocemos en nosotros mismos al comienzo de una tragedia se irá debilitando conforme pase el tiempo hasta destrozarnos por completo.
El tiempo es devastador y nadie puede soportar su poder cuando juega a la contra. Esa es la razón por la que, si algún miembro de la resistencia francesa era capturado por los nazis, no se le exigía que no delatara a sus compañeros, sino que aguantara el tiempo suficiente para que sus estos pudieran escabullirse.
En la vida, todos podemos de soportar mucho más de lo que creemos. Pero lo que no debemos es engañarnos. Nadie es capaz de sufrir, sin derrumbarse, ante el poder acumulativo de un dolor permanente instalado en el tiempo.