En Hanoi cada día millares de motos se desplazan de un lugar a otro. Más de la mitad de los conductores son mujeres. En medio del caos que supone la hora punta, ellas convierten esa locura de tráfico y humo en un desfile sobre dos ruedas de modelitos con flores.
Con una serie de retratos aparentemente sencillos, Christian Rodríguez cuenta una historia compleja sobre el crecimiento desmesurado de las economías emergentes del sudeste asiático: la contaminación que conlleva, los cánones estéticos importados de Occidente y la obsesión de las mujeres vietnamitas, que no quieren broncearse para sentirse más blancas.
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El trabajo fotográfico Motobaik nace de una deliciosa casualidad. «Llegué a Vietnam para realizar mi proyecto XIEC sobre las dos grandes compañías circenses del país», cuenta Rodríguez. «En Hanoi vivía en un barrio tradicional a unos ocho kilómetros del parque Lenin, donde estaba el edificio principal de la Federación del Circo de Vietnam. Cada día, a la hora punta, aquello se transformaba en un mar de motos. El tráfico era completamente caótico: muchas personas tocando el claxon al mismo tiempo, motos en todas las direcciones y yo intentando llegar al circo sin perderme», añade.
Rodríguez observó la vestimenta de las mujeres. ¿Por qué ellas se taparían hasta las cejas con el calor que hace en Vietnam? «Verlas completamente cubiertas y encima con casco me resultaba surrealista», indica el fotógrafo, que quiso saber más.
El uruguayo descubrió que en Vietnam tener la piel tostada está asociado a un estatus social más bajo. Cuanto más blanca es la piel, más guapa es considerada la mujer. «El ideal de belleza viene impuesto desde Occidente e incluso desde otros países asiáticos como Corea del Sur o Japón, donde la mujer tiene una piel más clara. Muchas mujeres vietnamitas usan cremas blanqueadoras y tratan de estar expuestas al sol lo menos posible. Las chaquetas están hechas para que ninguna parte de los brazos tome sol, con una extensión para cubrir las manos y todo el rostro. Llevan un cierre que llega hasta por encima de la nariz», señala.
Para él, esta prenda revela la presión social a la que están sometidas las mujeres vietnamitas que intentan seguir cánones de belleza impuestos por culturas lejanas, que condicionan la forma de vestir y de viajar en moto. En otras palabras, la imagen de alegría que se desprende de estos trajes entraña un hipertexto siniestro.
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«Salta a la vista que los únicos que no usan estas chaquetas son los hombres y las mujeres mayores. Es interesante cómo la moda puede hablar de realidades muy complejas en cada cultura», destaca Rodríguez, que estudió moda en Uruguay y tiene su base en Madrid.
Al principio, el fotógrafo retrataba a las motoristas en el medio del tráfico. En su segundo viaje, optó por descontextualizarlas empleando un fondo blanco. «No es más que un mantel blanco que compré en un chino en Lavapiés, mi barrio madrileño durante muchos años», revela.
Cuando las motos paraban en los semáforos durante algunos segundos, Rodríguez corría junto a su asistente. «Él se ponía detrás y yo hacía la foto. Si tenía tiempo, hacía dos tomas: un plano cerrado y otro abierto. No sé decir a cuántas motoristas retraté, pero fueron muchísimas. Durante varias semanas hice fotos todos los días», afirma.
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Durante la edición del libro, que ha publicado junto a la editorial brasileña Vibrant, decidió descontextualizar más aún a sus modelos y eliminó por completo su entorno. «Quería que el lector fuese descubriendo poco a poco el tema y no dárselo todo masticado», asegura. «Mi intención es generar cierta expectativa y curiosidad, para que lleguen incluso a pensar que las fotos podrían haber sido producidas o hechas en estudio».
A lomos de sus motos, las mujeres vietnamitas luchan con prendas floridas contra un sol terrible que amenaza con requemar su piel. Pero el enemigo es otro: un canon de belleza extranjero que les debería resultar ajeno.
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