Una plaza se convirtió en una playa. Un solar vacío acogió un circo. En otro punto de la ciudad, un jardín invitaba a intercambiar semillas con desconocidos y una pequeña construcción de piedra estaba pensada para que entrara una única persona a escuchar.
Vistas por separado, parecen escenas sin relación, pero juntas, con otras muchas más, forman el mapa de Concéntrico, el festival internacional de arquitectura y diseño que cada año transforma Logroño en un banco de pruebas para imaginar otras formas de habitar el espacio público. Desde su creación en 2015, Concéntrico ha desarrollado más de 180 intervenciones urbanas y se ha convertido en una de las plataformas internacionales de referencia en experimentación arquitectónica.
Aunque el verdadero material con el que trabaja este festival no es el hormigón ni el acero, sino los comportamientos de las personas. Veamos.
La arquitectura ya no solo diseña espacios
Durante mucho tiempo se dio por hecho que el trabajo de la arquitectura se limitaba a construir edificios. Hoy, el foco parece haberse ampliado. Porque ya no se trata únicamente de cómo levantar un pabellón o diseñar una plaza, sino de preguntarse qué ocurrirá cuando alguien los atraviese o los habite, qué conversaciones provocarán o qué usos inesperados generarán.
Vista desde esa perspectiva, una playa urbana deja de ser una extravagancia. Igual que un jardín pensado para intercambiar semillas o una estructura concebida para que solo pueda entrar una persona. Todas esas intervenciones funcionan como pequeñas hipótesis sobre cómo podría comportarse una ciudad.
Diseñar situaciones
La edición de este año ha insistido especialmente en esa idea. Los belgas CENTRAL y Maxime Delvaux, por ejemplo, transformaron la Plaza del Mercado en una gran playa urbana que terminó convirtiéndose en escenario de un ritual colectivo durante la noche de San Juan.


El arquitecto chileno Smiljan Radić, por su parte, recuperó la tradición de los circos pobres chilenos, mediante una estructura efímera en cuyo interior seis pantallas tendidas sobre el suelo proyectaban imágenes mientras unas sencillas sillas plegables invitaban a detenerse.

En todos los casos, la instalación importa menos que lo que sucede a su alrededor. La arquitectura deja de entenderse como un objeto para convertirse en un detonante.
Una ciudad también necesita ensayar
La programación del festival deja entrever otra idea: las ciudades no son sistemas terminados. Evolucionan, a veces se equivocan, otras dan en el clavo… Algunos de esos ensayos pudieron verse hace apenas una semana en Logroño, de la mano de propuestas como el jardín cívico de la arquitecta Sahra Hersi, The Library Garden. Rodeado de especies resistentes a la sequía, el espacio propone un lugar para cultivar, conversar e intercambiar semillas. Por su parte, los pabellones experimentales del colectivo alemán Raumlabor investigan cómo generar pequeños microclimas urbanos mediante materiales naturales.

También la instalación del estudio chileno NOOF Group, que convierte la sombra y el confort térmico en una experiencia compartida en plena calle.

Intervenciones que funcionan como prototipos o pequeños ensayos sobre cómo podrían ser nuestras ciudades si nos atreviéramos a utilizarlas de otra manera.
Lo invisible también construye una ciudad
El estudio palestino AAU Anastas levantó una pequeña construcción de piedra pensada para un único visitante. En su interior no ocurría prácticamente nada. Solo había una cavidad, luz cenital y una programación sonora que invitaba a detenerse y escuchar. Una propuesta de lo más alejada del urbanismo entendido como espectáculo.
Lo mismo ocurre con Sounds of Architecture, un proyecto que durante el festival ha ido componiendo un retrato sonoro de Logroño a partir de conversaciones, voces y paisajes acústicos de la ciudad. Porque una ciudad también está hecha de aquello que no puede fotografiarse: los sonidos, las conversaciones, los gestos cotidianos o la forma en que las personas ocupan el espacio cuando nadie les dice cómo hacerlo.