«La polis (ciudad) es una de las cosas que existen por naturaleza; y el hombre es, por naturaleza, un animal político».
Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.), filósofo griego.
A primera vista, Estocolmo, Singapur, Viena y Tokio no podrían ser más distintas. Climas opuestos, culturas urbanas casi antagónicas y escalas difíciles de comparar. Sin embargo, todas comparten una misma condición: han tenido que enfrentarse, en las últimas décadas, a un crecimiento acelerado —tanto demográfico como económico y territorial— en un contexto de crisis climática, transformación social y agotamiento de los modelos urbanos heredados.
A pesar de ello, ninguna ha aplicado recetas universales. Como recuerda el arquitecto Alfonso Vegara, «las estrategias de éxito de diferentes ciudades no pueden trasladarse de manera directa a ningún otro territorio». Pero observar cómo cada una ha leído su propio contexto permite intuir algo mucho más profundo: que la ciudad contemporánea se diseña para, además de crecer, resistir y adaptarse.
ESTOCOLMO
La capital de Suecia es, quizá, el ejemplo más claro de una ciudad que ha entendido el urbanismo como una negociación constante con la naturaleza. Construida sobre un archipiélago de 14 islas y unidas por más de 900 puentes, su geografía es una condición estructural más que un telón de fondo. El agua y la topografía obligan a pensar cada expansión como un gesto medido, casi quirúrgico.
En los últimos 20 años, la ciudad ha reorientado sus prioridades: menos coches y más transporte público. Menos asfalto y más bicicletas. Menos emisiones y más eficiencia. No se trata únicamente de generar infraestructuras, ya que su cultura urbana entiende el espacio público como una extensión del paisaje. Cortar el tráfico en verano o transformar antiguas zonas técnicas en espacios compartidos (como la reconversión de helipuertos en plazas públicas) son decisiones que revelan un cambio profundo. Aquel en el que la ciudad deja de girar en torno al vehículo, para volver a hacerlo en torno a las personas.

Pero quizá lo más significativo de Estocolmo no sea lo visible, sino lo que ocurre bajo tierra y dentro de los edificios. Su sistema de calefacción centralizada de biomasa, casi completamente libre de carbono, ha reducido drásticamente las emisiones desde 1990 y anticipa un futuro de
emisiones negativas gracias a la captura y almacenamiento de carbono. El uso creciente de la madera en la construcción de nueva planta apunta en la misma dirección, gracias a unos edificios que almacenan carbono y conectan la tradición constructiva con la innovación tecnológica. Todo ello siguiendo la premisa de planificar a largo plazo, más allá del ciclo electoral.
SINGAPUR
Singapur, en cambio, es el ejemplo extremo de la ciudad que no puede permitirse improvisar. Una isla de apenas 750 kilómetros cuadrados, ganada, en parte, al mar, donde cada metro cuadrado cuenta y donde el suelo debe estabilizarse antes incluso de imaginar qué se construirá sobre él. Aquí, el urbanismo es una cuestión de supervivencia, pero también de ambición. Singapur ha entendido que, en el mundo contemporáneo, las ciudades compiten por atraer talento. Y para lograrlo no basta con crear rascacielos o facilitar incentivos fiscales.
Hacen falta lugares con identidad, capaces de mezclar vida, trabajo, ocio y conocimiento. Por eso, proyectos como One North condensan esa visión. Inspirado en los cascos históricos tradicionales (compactos, diversos, activos), este desarrollo híbrido rehúye la zonificación rígida y apuesta por una mezcla de usos y tipologías que mantiene la ciudad viva más allá del horario laboral. La innovación, aquí, no surge de la tábula rasa, sino de la densidad de relaciones.

Algo similar ocurre en Punggol, donde el espacio exterior se funde con el interior y el paisaje se integra como parte esencial de la experiencia urbana. De hecho, Singapur crece incluso fuera de sí misma, extendiendo su influencia hacia Malasia e Indonesia, consciente de que el acceso a la vivienda es también una cuestión territorial. Todo ello bajo planes a diez años, con una fuerte implicación del sector privado y una visión estratégica que entiende la ciudad como un proyecto colectivo.

VIENA
La capital austriaca ofrece un contrapunto revelador. Frente a la lógica de mercado dominante en muchas ciudades europeas, Viena ha mantenido —y actualizado— una tradición centenaria de vivienda pública y control del suelo. En un contexto de crecimiento demográfico y presión especulativa, ha optado por intervenir de forma directa: compra suelo, promueve vivienda y regula los precios del mercado. El resultado es una ciudad donde más de la mitad de la población habita viviendas subvencionadas, con alquileres estables y contratos permanentes. Es decir, la vivienda es entendida como infraestructura social, en lugar de como activo financiero.

El Wien-Plan 2035 articula esta visión bajo el paraguas de la smart city. Entre sus objetivos, está la creación de nuevos distritos concebidos como barrios, implementar el tranvía como columna vertebral, prohibir del coche en el centro, instalar huertos urbanos como espacios de cohesión social y seguir criterios de ciudad esponja para adaptarse al cambio climático. Todo ello acompañado de una cultura del diálogo entre Administración y sector privado, donde la negociación sustituye a la confrontación y donde el diseño arquitectónico es fruto de concursos que integran a arquitectos, paisajistas y colectivos sociales.
TOKIO
Tokio, por su parte, representa el desafío de la hiperdensidad llevada al límite. Una metrópolis en constante expansión, en donde el crecimiento no se detiene. La estrategia japonesa ha sido clara: acercar la vivienda al trabajo, expandir la red de transporte de forma radial y transversal,
y revitalizar áreas interiores mediante la mezcla de usos.
La capital del sol naciente no busca monumentos urbanos, más bien eficiencia cotidiana. Los límites de altura, la preservación de las áreas verdes, el control del ancho de las aceras y el mantenimiento del tamaño de las parcelas son pequeñas decisiones que ayudan a construir una ciudad funcional y adaptable.

La política de vivienda japonesa se apoya en tres pilares —seguridad, asequibilidad y calidad— y se adapta a una sociedad envejecida y a hogares cada vez más pequeños. Sus viviendas priorizan la flexibilidad, al tiempo que se integran entre equipamientos sanitarios y sociales, además de reutilizar grandes áreas infrautilizadas, como antiguas fábricas o playas de vías. Todo ello en un territorio expuesto a terremotos, tifones e inundaciones, por si fuera poco. La colaboración público-privada, mediante concesiones a largo plazo sobre suelo público, permite movilizar recursos sin perder el control estratégico.
Cuatro ciudades, cuatro modelos y cuatro maneras de responder a una misma pregunta: ¿cómo crecer sin renunciar a su identidad? Ninguna ofrece una fórmula exportable. Pero todas comparten algo esencial, ya que han entendido que el urbanismo tiene que ver con el tiempo, la historia y la responsabilidad colectiva.
En un mundo donde las ciudades tienden a parecerse cada vez más, estas experiencias nos recuerdan que el verdadero progreso no consiste en copiar soluciones, sino en aprender a escuchar el territorio, la sociedad y sus límites. Quizá ahí resida la lección más valiosa, la de que la ciudad del futuro no será ni la más grande ni la más brillante. Será la que sepa adaptarse sin olvidar para quién —y para qué— fue construida.
Las reflexiones que atraviesan este texto se apoyan en las charlas impartidas por Torleif Falk, Alfonso Vegara, Andreas Trisko y Hiroaki Matsui durante el Madrid Foro Urbano.