El momento culmen de la película Asesinato en 8mm (1999) se desencadena cuando el detective privado Tom Wells destapa la identidad del sádico asesino apodado como Máquina. El protagonista no es capaz de ocultar su sorpresa al descubrir, en lugar de un diablo con ojos inyectados en sangre, a un hombre calvo, rollizo, con gruesas gafas; en suma, a una persona totalmente anodina.
Máquina se muestra divertido ante la reacción de Wells. «¿Qué esperabas? Soy un tío normal. No tengo traumas, ni me pegaban mis padres». Ante semejante ejercicio de banalidad retórica –digno de la obra de Hannah Arendt–, la pregunta es: ¿por qué este hombre ha cometido tamañas barbaridades? ¿Cómo alguien tan común pudo dedicarse alegremente a la tortura, a la pederastia o al asesinato? ¿Por qué? Sin ningún pudor, la respuesta llega de la boca del criminal: «Porque me gusta».
Que el ser humano sea capaz de ejercer de demonio en la tierra no le sorprende a nadie. Bien lo sabía Platón cuando en La República se figura la posibilidad de que un pastor se tope con un anillo que otorga el poder de la invisibilidad. ¿Qué haría ese hombre al que el filósofo bautiza como Giges? Sin duda, nada bueno. En el cuento de Platón, Giges emplearía el anillo para robar, seducir a la reina, asesinar al rey y tomar su trono.
Las distintas sociedades humanas han legislado el comportamiento, tanto el propio como el ajeno. Ciertas conductas se han calificado como loables mientras que otras se han tildado de inmorales, incorrectas, abominables.
El vetusto debate sobre nuestra naturaleza moral se ha dilatado con los siglos. Para algunos adalides del optimismo antropológico los humanos somos bondadosos de forma innata, seres de luz que han perdido el norte por mor de ciertos avatares del entorno. Sin ir más lejos, para Jean-Jacques Rousseau la culpa es de la propiedad privada. En sus antípodas, otros tantos se han abrazado al lema hobbesiano: «Homo homini lupus». A semejanza de esas arañas que devoran a sus propias crías, los humanos han demostrado que ningún comportamiento le está vetado, por muy repulsivo que a priori pueda resultar.
Salvando los extremos, es posible que la respuesta adecuada habite en la escala de grises, como un virtuoso término medio. O quizás no haya ninguna respuesta. Tal vez la pregunta sea defectuosa de partida. Como quien se cuestiona absurdamente por la comida favorita de los números impares, puede que simplemente no haya ninguna contestación adecuada.
Lo que parece claro es que, al menos desde su consolidación como animal comunitario y simbólico, las distintas sociedades humanas han legislado el comportamiento, tanto el propio como el ajeno. Ciertas conductas se han calificado como loables mientras que otras se han tildado de inmorales, incorrectas, abominables. En paralelo, las primeras han sido premiadas –la literatura o la cinematografía dan muestra de ello– y las últimas castigadas –véanse conceptos como el del pecado o instituciones como la prisión.
En el plano filosófico, la discusión ética se ha centrado en hallar unos primeros principios que funcionen al modo de los axiomas de la geometría euclídea. Un denominador común que se presente como guía última y definitiva para filtrar lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto.

No obstante, la empresa se ha antojado sobremanera compleja. Tanto, que a día de hoy, siglos y siglos después, seguimos en las mismas. ¿Están justificadas las mentiras piadosas? ¿Es correcto terminar con la vida de un inocente para salvar la de cien? ¿Las corridas de toros son una exposición suprema de arte o una tortura teñida de vómito y sangre?
Todos aquellos interrogantes que gravitan alrededor del núcleo de la ética siguen anclados en el puerto de partida. Hay más teorías, conceptos, una montaña de textos que aseguran haber encontrado la respuesta final. Tenemos las éticas de la virtud, las utilitaristas, las igualitaristas, las prioritaristas, las teorías de los derechos, la ética formal kantiana, las éticas discursivas, las del cuidado y otras tantas.
Pero todas ellas se desmoronan ante la presencia de quien discrepa sobre este o aquel asunto moral. Como desvela la geopolítica actual, a la postre todo se reduce al ejercicio de poder, a la fuerza. Si se permite un apunte de actualidad, la autoproclamación de EEUU como dueño y señor del petróleo venezolano o las constantes amenazas de su presidente, Donald Trump, sobre una futurible anexión de Groenlandia por medios militares, desvela un trasfondo inquietante, pero no por ello menos cierto. Ya se lo dijo Humpty Dumpty a Alicia: «La cuestión es saber quién manda, eso es todo».
¿Está pecando esta línea de razonamiento de pesimismo? Uno puede meterse en la piel del sofista de turno y aducir que eso depende del punto de vista. Al fin y al cabo, la valoración optimista o pesimista depende de un marco axiológico –moral– previo. El hecho determinante estriba en la ausencia de un punto de amarre que brinde alguna garantía sobre qué es cierto en ética.
En el ámbito científico, aquel que nos pudiera servir como modelo a seguir, el tribunal está claro. Quienquiera que juegue con sus reglas, debe someterse a cierta metodología y, en última instancia, al imperio de las evidencias empíricas. Ni las elaboraciones matemáticas más complejas e intuitivas –de la guisa de la teoría de cuerdas– merecen la gloria de ser consideradas un modelo de la realidad física sin antes haberlo demostrado. Y la demostración no es otra que la prueba experimental reproducible, sea directa o indirecta.
Afortunada o desafortunadamente, esta es una posibilidad vetada al discurso ético. Al menos desde David Hume, es de sobra sabido que el ámbito de los hechos, de la información captada por los sentidos, no se debe enredar con el de los valores. Una cosa es el ser y otra distinta lo que debe ser. Que siempre haya habido pueblos que roben por la fuerza los recursos de otros no implica que esto deba seguir sucediendo.
A la luz de esta carencia, así como de la ausencia de una razón universal que dicte unívocamente lo que está bien y lo que está mal, no queda otra que afinar las cornetas sofistas. Ante su estruendoso sonido relativista, no pocos se llevan las manos a la cabeza. Tanto peor para ellos.
Siguiendo a Lyotard, nuestra era es la del fin de los grandes relatos legitimadores. No hay Dios que gobierne esculpiendo sus normas en piedra, ni tampoco una razón universal, ilustrada, cuyo buen manejo nos conduzca a la ética verdadera. Lo que razón dice, la razón desdice, y tan racionales son los preceptos de las éticas consecuencialistas como los de sus antagonistas, las éticas deontológicas. Lo que bajo el uso legítimo del entendimiento puede parecer correcto –pongamos por caso, el nudismo–, a otros, racionalmente, se les presenta como obsceno e inmoral.
Tal y como anticipó con agudeza Nietzsche, huele sospechosamente a que hay un fondo emotivo previo al parecer moral, una suerte de voluntad que guía cada relato sobre lo bueno y lo malo. La discrepancia y, en el mejor de los casos, el debate, no sería dentro de este esquema nada más que una manifestación –ornada de retórica, sea mayor o menor la pericia del sujeto– de ese fondo volitivo. La imagen divina ha sido y es esgrimida por muchos como la garantía de que su perspectiva moral es la verdadera. Otros, más materialistas, echan mano de diferentes argumentos, del juego de la dialéctica. En esencia, ambos juegan a lo mismo.
Se comenta que vivimos en tiempos líquidos, relativistas, pese a lo cual el mensaje nietzscheano no ha terminado de calar, de tal modo que la ética mantiene sus ínfulas de universalidad. Tras centurias en la procura de sus principios fundamentales, tal vez sea hora de quitarse las máscaras y de reconocer que «lo correcto» es el disfraz del «yo quiero». Que somos seres interesados, que es imposible no tomar partido, no barrer para casa. Que incluso el rechazo del relativismo es la exhibición de un desagrado.
Este corolario, cabe insistir, no es optimista ni pesimista, pues para ello tendríamos que enfocar el asunto desde una lente moral particular. El corolario es un dato sobre el cual fácilmente podremos lograr un consenso: ningún código moral ha sido ni es aceptado urbi et orbi.
En su vertiente práctica, el resultado no sorprenderá, pues apenas cambia nada. La mayoría de la gente rechaza al asesino y ningún discurso moral que se precie es necesario para justificarlo: la repulsa lo antecede. Queremos que «Máquina» sea castigado o, en todo caso, rehabilitado. No que campe a sus anchas asesinando a la gente.
Lejos de asentar una ley del más fuerte, o del más ducho en los malabarismos dialécticos, un escenario de cinismo, el reconocimiento de la vacuidad de la ética no modificará en nada los hábitos de la gente. Igualmente, no mudará repentinamente los códigos de conducta. Y es que ahí radica, precisamente, el quid: la ética ni ha añadido ni quitado nada en las formas de relacionarse socialmente. Solo es un relato distorsionador dirigido a persuadir a los otros.
¿Qué se conseguiría, pues, con la renuncia al discurso moral? Poca cosa. Aun así, por paradójico que suene, con ello se podría labrar un diálogo más honesto. Uno que no esconda entre bambalinas la verdadera motivación de los actos ni de las opiniones. Un diálogo que no use lo correcto o lo incorrecto como punta de lanza, alegando una supuesta prerrogativa que siempre permanecerá por demostrar.
La comprensión de la ética como un vestigio del pasado, semejante a los rituales chamánicos, podría, quizás, otorgar un espacio de tolerancia en que ninguno de los interlocutores se sienta en posesión de ninguna certeza última. Y ello, en suma, podría entrañar un mundo mejor.