Icono del sitio Yorokobu

Desgaste cognitivo y la tentación de externalizar el pensamiento

desgaste cognitivo

Hace unos días leí en LinkedIn un texto que reconocí antes incluso de llegar al segundo párrafo. Para los que usamos la inteligencia artificial a diario es sencillo detectar su huella, no por el tema o el autor, sino por la forma. El post en sí tenía esa arquitectura, por desgracia demasiado familiar, de los textos generados con inteligencia artificial y publicados sin una verdadera intervención humana posterior: frases que se cortan de repente, como si cada línea necesitara sobrevivir sola, una progresión impecable de causa y efecto, saltos de línea forzados, alguna emoción señalizada con un emoji y un cierre rotundo.

No me incomodó que alguien hubiera utilizado inteligencia artificial, ese no es el problema (si lo fuese estaría tirando piedras a mi propio tejado). La IA, bien usada, puede ordenar, contrastar, traducir, desbloquear, sintetizar y ayudarnos a pensar mejor (o más rápido). Lo que me inquietó fue la ausencia de digestión humana, la sensación de estar leyendo un texto que no había atravesado a nadie. Un texto sin resistencia, sin pudor estilístico, sin esa pequeña imperfección que delata que alguien ha tenido que pelearse con una idea antes de publicarla.

Comenté, con más hartazgo que dureza, que, si vamos a escribirlo todo con ChatGPT, al menos deberíamos cambiar la estructura, tocar el texto, dejar una huella… La respuesta que recibí fue mucho más interesante que el propio post: la IA, se me dijo, ayuda a reducir el desgaste cognitivo del lector. En internet, argumentaba aquella persona, la gente lee desde pantallas pequeñas, necesita poco texto, espacios, bloques, un buen gancho inicial y un cierre que conecte.

Ojito «desgaste cognitivo».

Esto revela mucho más de lo que pretende resolver. Como si leer una idea con cierta densidad fuera una agresión, como si pedirle al lector que sostenga una frase, atraviese un matiz o tolere una mínima incomodidad intelectual fuera una falta de empatía. ¿Pensar cansa demasiado? ¿Hay que aligerarlo hasta convertirlo en una experiencia de consumo sin rozamiento?

La expresión tiene algo de síntoma cultural. Estamos siendo testigos de una época que confunde la eliminación de la fricción con el progreso, una época que llama eficiencia a distintas formas de empobrecimiento. Queremos reducir la carga de leer, la carga de escribir, la carga de decidir y, principal y terriblemente, la carga de pensar.

En medicina, esta discusión es ética. La medicina no es un territorio cualquiera para experimentar con el lenguaje, la atención y la confianza. La información sanitaria no es un contenido más dentro del ecosistema digital. Una frase mal construida puede generar miedo, una recomendación simplificada puede inducir a error, un titular demasiado eficaz puede convertir una evidencia preliminar en una promesa (como hemos visto recientemente con ciertos avances en el cáncer de páncreas). 

«Hemos aprendido a valorar la claridad, pero la estamos confundiendo con la simplificación»

Una explicación fluida, pero débil en rigor, puede circular mucho mejor que una explicación prudente porque exige menos esfuerzo. Ese es el problema: la facilidad cognitiva no siempre nos acerca a la verdad, puede que solo nos acerque a lo que se procesa más rápido.

Marshall McLuhan escribió que “el medio es el mensaje”. El medio no es solo el canal por el que circula una idea: modifica su escala, su ritmo, su forma e, incluso, el tipo de pensamiento que somos capaces de sostener. McLuhan no hablaba de inteligencia artificial generativa, pero su advertencia sirve para entenderla: una tecnología no solo transmite contenidos; reorganiza la sensibilidad, la atención y la vida social alrededor de sus propias condiciones de uso. 

Neil Postman lo formuló desde otro ángulo en Amusing Ourselves to Death. Su preocupación era que cada tecnología dominante transforma las condiciones del discurso público: no solo cambia lo que se dice, sino lo que una sociedad está dispuesta a considerar serio, tolerable o relevante. En su caso, el foco era la televisión y la conversión del debate público en espectáculo; hoy podríamos preguntarnos si las plataformas digitales y la IA generativa están convirtiendo el pensamiento en formato

Antes de la IA, ya llevábamos años adaptando nuestra escritura a las exigencias de las redes sociales: frases más cortas, menos subordinadas, más gancho inicial, más promesa, más cierre, más estructura visible. La lógica del scroll no destruyó el pensamiento de golpe; lo fue adelgazando y nos enseñó a escribir para ser consumidos antes que para ser leídos. La IA no ha inventado esa tendencia, pero la está acelerando, automatizando y ¿volviendo respetable?.

De ahí que el debate no pueda reducirse a si cuando leemos un texto “se nota” o no se nota que está escrito con IA. Esa pregunta se quedará vieja muy pronto… la pregunta relevante es: ¿aquí ha pensado alguien?

La medicina siempre ha vivido de una tensión delicada entre conocimiento técnico y juicio humano. Diagnosticar no es únicamente aplicar un protocolo, informar a un paciente no es únicamente trasladar datos, acompañar una enfermedad crónica no es únicamente emitir recomendaciones, educar en salud no es únicamente producir mensajes comprensibles. La medicina exige interpretar, jerarquizar, escuchar, sospechar, contextualizar y soportar la incomodidad de no tener una respuesta inmediata.

La medicina exige pensamiento, pobres de nosotros si olvidamos eso. 

Deberíamos ser prudentes con cualquier cultura tecnológica que presente el esfuerzo mental como una fricción a eliminar. Claro, no todo esfuerzo cognitivo es valioso, hay carga burocrática absurda, procesos mal diseñados, duplicidades, formularios interminables y tareas administrativas que roban tiempo clínico y deterioran la relación con el paciente. Si la inteligencia artificial sirve para reducir eso, bienvenida sea, si ayuda a ordenar información, detectar patrones, resumir historiales, facilitar búsquedas bibliográficas o liberar a los profesionales de trabajo mecánico, será una aliada extraordinaria.

Pero una cosa es eliminar esfuerzo inútil y otra muy distinta es desactivar el esfuerzo imprescindible.

La psicología cognitiva estudia desde hace años el cognitive offloading: la tendencia a descargar parte de nuestras tareas mentales en herramientas externas. Risko y Gilbert lo describen como una forma esencial de comprender cómo usamos objetos, tecnologías y entornos para ayudarnos a pensar. No es algo nuevo ni necesariamente negativo: escribimos para no depender solo de la memoria, usamos mapas, calculadoras, agendas, buscadores, historiales clínicos y sistemas de apoyo a la decisión porque la inteligencia humana nunca ha funcionado en completo aislamiento. 

La cuestión es qué parte del pensamiento estamos externalizando.

No es lo mismo descargar memoria que juicio, delegar una búsqueda que delegar una interpretación. No es lo mismo pedir ayuda para ordenar materiales que permitir que una herramienta produzca la apariencia completa de una posición intelectual

Esta diferencia importa en salud porque el lenguaje no es decorativo. Cuando un médico informa, una enfermera educa, una institución sanitaria comunica, cuando un periodista escribe sobre prevención, diagnóstico o tratamiento, no está simplemente “generando contenido”. Está interviniendo en la manera en que comprendemos nuestro cuerpo, nuestras enfermedades o qué posibilidades de cuidado se abren ante nosotros. En salud, la autoría no es un adorno sino una responsabilidad.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado que los grandes modelos multimodales de IA tendrán aplicaciones relevantes en atención sanitaria, investigación, salud pública, administración y desarrollo farmacológico, pero también insiste en la necesidad de gobernanza, evaluación, seguridad, ética y supervisión humana. No basta con que una tecnología sea impresionante o útil, debe ser fiable, justa, explicable y clínicamente responsable. 

La advertencia no es menor, porque el ecosistema digital sanitario ya ha premiado demasiadas veces lo fácil frente a lo verdadero. Un estudio publicado en JAMA Network Open analizó 309 afirmaciones médicas en vídeos creados por profesionales sanitarios y encontró que el 62% se apoyaba en muy poca evidencia o en ninguna, mientras que menos del 20% estaba respaldado por evidencia de alta calidad. Peor aún: los vídeos con evidencia muy baja o inexistente se asociaban a un 35% más de visualizaciones que aquellos sustentados en evidencia muy alta. 

Ese dato confirma que la arquitectura de la atención digital no está diseñada necesariamente para premiar el rigor. Premia lo que retiene, emociona, simplifica… lo que se entiende rápido y comparte sin fricción. En salud esa diferencia puede marcar la distancia entre alfabetización sanitaria y desinformación bien presentada.

Hemos aprendido a valorar la claridad, pero la estamos confundiendo con la simplificación. Intentamos cuidar la atención del espectador pero lo tratamos como si fuese incapaz de entender una idea, escribimos para las pantallas pero hemos olvidado que no todo lo importante cabe en un formato optimizado para el desplazamiento del pulgar.

La claridad es una obligación en comunicación sanitaria, nadie debería defender textos oscuros, tecnocráticos o innecesariamente complejos. Explicar bien una enfermedad, una prueba diagnóstica, un tratamiento, una pauta de prevención o una recomendación terapéutica exige precisión y accesibilidad. Pero la accesibilidad no consiste en vaciar el pensamiento, sino en hacerlo transitable, en acompañar al lector sin infantilizarlo.

Maryanne Wolf ha advertido sobre los efectos de la lectura digital en la lectura profunda y sobre su relación con capacidades como el pensamiento crítico, la empatía y la reflexión. Su preocupación no es una nostalgia del libro impreso, sino una pregunta sobre el tipo de mente que entrenamos cuando todo es rápido, fragmentado y permanentemente interrumpido. 

Nicholas Carr planteó una preocupación similar en The Shallows: Internet no solo cambia cuánto leemos, sino cómo leemos, cómo atendemos y cómo recordamos. Su tesis apunta a una transformación de nuestros hábitos de concentración y lectura sostenida en entornos digitales. 

En medicina, la lectura profunda es una competencia sanitaria. La necesita el profesional que interpreta una historia clínica compleja, la necesita el paciente que intenta comprender una enfermedad crónica, la necesita el gestor que toma decisiones sobre recursos limitados. La necesitamos los comunicadores que informamos sobre salud pública o que trabajamos en sanidad. La necesita cualquier ciudadano que deba distinguir entre una recomendación médica, una opinión de apariencia técnica y una promesa disfrazada de evidencia.

Si perdemos esa capacidad, no solo leeremos peor, decidiremos peor.

La IA puede ayudarnos a reducir carga cognitiva inútil, pero también puede acostumbrarnos a no ejercitar operaciones mentales esenciales: dudar, verificar, comparar, contextualizar, matizar, asumir responsabilidad. En el ámbito clínico, este riesgo conecta con un fenómeno bien descrito: el sesgo de automatización, la tendencia a confiar en exceso en sistemas automatizados o de apoyo a la decisión, reduciendo la vigilancia crítica del usuario 

Si una herramienta produce un texto correcto, fluido y aparentemente sensato, ¿cuántas veces dejaremos de preguntarnos si realmente dice lo que debe decir? ¿cuántas veces aceptaremos una formulación porque suena equilibrada? ¿cuántas veces confundiremos una estructura impecable con una idea verdadera?

La fluidez tiene un poder extraño. Un texto bien ordenado parece más fiable, una respuesta segura parece más competente, una explicación sin vacilaciones parece más científica. Pero en medicina la seguridad verbal no siempre equivale a rigor, la buena medicina duda y dice «no lo sabemos todavía». 

«Hay una diferencia enorme entre cuidar al lector y evitarle toda exigencia. La medicina no debería aceptar esa rebaja del ciudadano, tampoco debería aceptarla la comunicación pública»

La inteligencia artificial produce una versión muy persuasiva de la normalidad discursiva: frases razonables, tono amable, estructura limpia, conclusiones prudentes. Todo parece correcto y útil, parece suficientemente humano, pero ¿quién responde por lo que dice? 

Hannah Arendt entendía el pensamiento como una forma de diálogo interior, una conversación silenciosa con uno mismo que permite no renunciar al juicio. Pensar era para ella una actividad vinculada a la responsabilidad de responder ante lo que uno dice y hace. Hoy me resulta interesante citarlo porque el mayor peligro de delegar demasiado no es equivocarnos más, sino dejar de mantener esa conversación interna que nos obliga a preguntarnos: ¿esto lo pienso de verdad?¿puedo argumentarlo? 

Hay una diferencia enorme entre cuidar al lector y evitarle toda exigencia. La medicina no debería aceptar esa rebaja del ciudadano, tampoco debería aceptarla la comunicación pública. Una sociedad que deja de tolerar el esfuerzo de leer acabará teniendo dificultades para comprender, una sociedad que confunde comprensión con consumo rápido será más vulnerable a cualquier mensaje que llegue bien estructurado, con espacios suficientes y un cierre emocionalmente eficaz.

La medicina del futuro necesitará inteligencia artificial, sería absurdo negarlo. Pero necesitará todavía más profesionales capaces de no rendirse ante la primera respuesta plausible. Necesitará pacientes que entiendan lo que consumen, periodistas que no conviertan cada estudio preliminar en una promesa y comunicadores que sepan usar la tecnología sin convertirla en coartada para publicar sin criterio.

Que la IA nos ayude a reducir burocracia, duplicidades, tareas mecánicas, búsquedas interminables y procesos mal diseñados. Pero que no nos ahorre la parte del pensamiento que nos hace responsables, que no nos quite la incomodidad de verificar. Que no nos acostumbre a aceptar una frase porque suena bien, que no convierta a profesionales, instituciones y ciudadanos en meros validadores. 

El desgaste cognitivo no siempre es el enemigo, es la señal de que todavía estamos pensando.

 

 Alicia Batle Zapata es responsable de Comunicación en Linde Médica

Salir de la versión móvil