Durante mucho tiempo, el gran reto de Tabakalera fue explicar qué era exactamente. Museo no. Centro cultural, tampoco del todo. Laboratorio creativo, quizás. Biblioteca, cine, residencia de artistas, espacio público… también.
Diez años después de su apertura como Centro Internacional de Cultura Contemporánea, el antiguo edificio industrial de Donostia sigue resistiéndose a una etiqueta única. Y quizá ahí esté precisamente la clave de su éxito.
«En Tabakalera cabe todo aquello que nazca de la curiosidad, el respeto y el apoyo por el proceso creativo», explica su directora general, Edurne Ormazábal. «Decimos que las posibilidades son infinitas porque el cruce entre disciplinas como el cine, el arte contemporáneo o la tecnología genera combinaciones que aún no hemos imaginado. Si puedes imaginarlo, probablemente puede suceder aquí».
La frase encaja perfectamente con el lema elegido para celebrar su aniversario: ‘10 años. Infinitas Tabakaleras’. Una campaña creada por la agencia MUY que juega con la sencilla idea de que cada persona vive el espacio de una forma distinta, y todas esas experiencias conforman versiones diferentes del mismo lugar.
«Tabakalera es un espacio en continua efervescencia e hibridación donde pueden convivir al mismo tiempo una exposición de física cuántica, un colectivo de mujeres tejedoras, una charla de Soy una pringada o un taller de robótica infantil… Cada día son infinitas Tabakaleras, porque cada usuario la vive y la hace suya, y eso es algo precioso para un espacio cultural», afirma Ana Herrero, socia fundadora de MUY.
En una década, este centro de cultura contemporánea ha recibido 7,7 millones de visitantes, organiza centenares de actividades cada año y acoge alrededor de 500 creadores anuales. Pero los números, aunque impresionantes, no explican del todo el fenómeno. Porque Tabakalera no es solo un edificio cultural, es un ecosistema.
De fábrica a plaza pública
El mayor logro del proyecto, según Ormazábal, no tiene tanto que ver con la programación como con la transformación simbólica del espacio. «El mayor acierto ha sido convertir un edificio imponente en un espacio ciudadano, una plaza pública que garantiza el ejercicio de los derechos culturales», afirma.
Ese cambio no fue inmediato. Durante los primeros años, el centro se enfrentó a una pregunta recurrente: ¿qué es exactamente Tabakalera? «Al principio, costaba explicar qué éramos porque no había modelos iguales —recuerda—, quizá ese fue el mayor error inicial: la dificultad de comunicar esa complejidad. Pero hoy esa misma complejidad es nuestra mayor fortaleza».
Porque el edificio funciona como una especie de ciudad cultural vertical. En una misma jornada puede haber una exposición, una sesión de cine, un laboratorio tecnológico, un grupo de artistas en residencia y una charla con creadores de internet. «No somos solo un museo, ni solo un centro de residencias, ni solo una biblioteca o una filmoteca —explica Ormazábal—, somos el lugar donde alguien que hace cine, alguien que desarrolla videojuegos y un artista visual comparten espacios y, posiblemente, un proyecto».
El lujo del tiempo
Una de las palabras que más se repiten cuando se habla con artistas que han pasado por aquí es tiempo. En un ecosistema cultural dominado por la velocidad, el centro ha apostado por lo contrario, por ofrecer condiciones para que los procesos creativos puedan desarrollarse sin prisas. «Acompañar hoy significa, sobre todo, proteger el tiempo de creación. En un contexto donde todo exige inmediatez, ofrecer tiempo, estabilidad y confianza es casi un lujo», comenta la responsable del centro.
Ese acompañamiento va más allá de ceder un estudio o programar una exposición. Implica crear una red de relaciones —internacionales, técnicas y humanas— que permita a los artistas desarrollar su proceso sin la presión constante del resultado.«A veces, acompañar es simplemente garantizar que el proceso pueda ocurrir». En diez años, 1.594 creadores han pasado por el centro para desarrollar proyectos.

Uno de los equilibrios más delicados para cualquier centro cultural contemporáneo es conciliar dos necesidades aparentemente opuestas: la apertura al público y el cuidado de procesos creativos que suelen ser lentos, frágiles o incluso incómodos.
Tabakalera ha resuelto ese dilema con una idea casi urbanística. «La clave es entender el edificio como un ecosistema de capas. Hay capas de apertura total, como la Plaza o Medialab, donde garantizamos el ejercicio de los derechos culturales de toda la ciudadanía. Y hay capas más recogidas, donde el proceso creativo puede desarrollarse con calma», afirma Ormazábal.
Medialab, por ejemplo, recibe 260.000 visitantes al año, pero no funciona como un espacio expositivo tradicional. «No vienen a consumir cultura, vienen a ejercer su derecho a crearla, porque aquí lo mismo vienes a usar una fresadora que a aprender a programar o desarrollar un videojuego».
Formas de crear
Para la directora, si hay una tendencia clara en el arte contemporáneo de los últimos años es la creciente relación entre disciplinas. En Tabakalera ese cruce se ha convertido en una línea de trabajo estructural, especialmente a través del programa ACTS (Arte, Ciencia, Tecnología y Sociedad). «La relación entre arte, ciencia y tecnología no es una moda, es una evolución natural del lenguaje artístico, y las obras cada vez se crean más en diálogo con otros campos de conocimiento», indica.
Otra transformación profunda en la forma de crear tiene que ver con el abandono progresivo del mito del artista aislado. «El mito del genio encerrado en su estudio ya no responde a la realidad —afirma Ormazábal—. Hoy la creación es, sobre todo, un ejercicio de inteligencia compartida».
En Tabakalera ese fenómeno se observa casi a diario, ya que las mejores ideas no suelen nacer de una reflexión solitaria, sino del cruce entre diferentes en los pasillos o en los espacios de creación. Es lo que Edurne Ormazábal denomina el efecto ecosistema.
La palabra comunidad aparece constantemente en el discurso cultural contemporáneo, aunque a menudo corre el riesgo de convertirse en un eslogan vacío. Para la directora de Tabakalera, la comunidad se construye de forma mucho más concreta.«Comunidad no es solo quien viene a ver una exposición —explica—. Comunidad son también los jóvenes del proyecto Harrotu ileak, que empezaron viniendo al centro y hoy están creando cortometrajes premiados en festivales internacionales». En otras palabras: pasar de ocupar el espacio a producir cultura dentro de él.
La próxima década
Cuando se le pregunta cómo le gustaría que se hablara de Tabakalera dentro de diez años, Ormazábal responde sin dudar demasiado.«Me gustaría que se dijera que aquí nació la Generación Tabakalera. Una generación de cineastas y artistas que hoy lideran la escena internacional porque hace años tuvieron aquí el tiempo y el apoyo necesarios».
Y también, que el edificio haya terminado de integrarse definitivamente en la ciudad. «Queremos ser esa plaza pública donde la cultura no sea algo elitista, sino un elemento natural de cohesión social».
Después de todo, quizá esa sea la verdadera definición de este espacio. No un museo. No un centro cultural. Y sí un lugar donde las ideas todavía están ocurriendo.

