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Capas, colores y mezcolanza: la portada de Enrique Tellechea que define a Yorokobu

Enrique Tellechea portada Yorokobu

Hace unos años Enrique Tellechea compró impulsivamente en Amazon un cubo de cristal con los lados de colores cian, amarillo y magenta. «Una baratija maravillosa. Es como una caja mágica donde meterme cuando no pasa nada. Lo tengo junto al ordenador. Según la luz, unos días es morado, otros rojizo y otras veces me regala naranjas con verdes».

Lo define como preciso, puntiagudo y sólido, pero con la delicadeza del cristal. Guarda dentro los colores más puros y todas sus combinaciones. Es visualmente magnético y cogerlo con dos dedos y girarlo es como una gominola para los ojos.

Cuando pensó en diseñar esta portada tuvo claro que quería reflejar la indefinición, la superposición de capas, la torre de Babel y la mezcolanza de Yorokobu. Pero, sobre todo, tenía claro que sería algo con mucho color. «El color es algo mágico, como la música. Una combinación de colores o acordes puede hacer que algo sea sublime o nefasto. Y para mí es el verdadero rasero».

Enrique Tellechea portada Yorokobu

Para Tellechea, Yorokobu es un constructo donde cabe de todo. Un crisol. Y para su portada buscó conceptos gráficos y conceptos que dijeran eso. «Pero me sentía inepto para ese reto. He visto todas las portadas en estos 15 años y he envidiado a cada diseñador por haber sido capaz de crear la suya a partir de su mundo y su imaginería. Hacer una portada de Yorokobu es una culminación personal después de haber publicado tantísimos posts», explica.

Como otras muchas veces, se reclinó en la silla a pensar y mecánicamente cogió el cubo con dos dedos y lo giró mientras dejaba la mente en blanco. «Me abstraje, y una vez más el silencio me regaló la idea. No sé qué es lo contrario de la kriptonita, pero este cubito para mí lo es. El logotipo de mi empresa también nació de ese cubo y de esa superposición de capas y colores». Y de pronto todo encajó. Lo tenía delante. El color, la transparencia… así que se dedicó a crear una torre inestable y frágil con las letras que le dieran ritmo al diseño y algo de caos. Después trabajó en conseguir que la luz y los reflejos crearan algo confuso y bonito.

«Decía Campoamor que todo es según el cristal con que se mira. Yo intento ver la vida a través de todos los cristales y colores posibles».

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