Tuvieron su prime —¿o ta vez en su peak?— hace ya unos meses. Duran menos de un minuto y en apariencia no son más que pequeñas historias animadas protagonizadas por frutas con vidas sentimentales bastante intensas. Las llaman frutinovelas y han llegado a estar en todas partes. En las redes, pero también en los medios de comunicación que no hemos evitado sucumbir a la polémica que las ha rodeado en todo este tiempo.
Porque aunque a primera vista parecen una mezcla entre meme y culebrón en versión naïf, son sus guiones lo que genera controversia por la forma en la que se repiten sus temas (infidelidades, celos, castigos… ), pero, sobre todo, por la manera de tratarlos. Especialmente cuando entra en juego el deseo femenino. Ahí es donde la cosa se complica. De hecho, según explica Ana Lombardía, sexóloga y experta en bienestar sexual, el éxito de este tipo de contenido está bastante relacionado con ello y llega en un momento muy concreto.
«Estamos en un contexto en el que las relaciones han cambiado mucho y ya no hay un guion claro», explica. La transformación de los roles de género, la mayor autonomía de las mujeres o la apertura en torno al placer han generado nuevas formas de relacionarse, pero también, añade, cierta desorientación. «Para muchas personas, eso puede resultar incómodo. Y estas historias simplifican todo ese escenario devolviendo modelos muy claros y reconocibles». En otras palabras: cuando todo es complejo, lo simple sale ganando.

El algoritmo premia lo simple
Las frutinovelas condensan una historia en menos de un minuto y lo hacen a través de un lenguaje directo, con las frases cortas, sin matices, y guiones de lo más simples —tanto que el de cualquier película porno podría parecer digno de Christopher Nolan comparado con las tramas de algunas frutinovelas—. Todo sucede rápido y todo se entiende a la primera.
Ese tipo de narrativa encaja perfectamente con la lógica de plataformas como TikTok o Instagram, donde el contenido compite por segundos de atención y donde la repetición es clave para la viralidad. De hecho, distintos estudios sobre consumo digital apuntan a que los contenidos breves y altamente emocionales tienen más probabilidades de ser compartidos. Una investigación de Jonah Berger y Katherine L. Milkman sobre viralidad concluye que los contenidos que provocan activación emocional —ya sea sorpresa, indignación o ansiedad— se difunden más rápido.
Pero en esa simplificación hay un peaje. «Estas historias eliminan toda la complejidad de las relaciones», señala Lombardía. «Reducen los vínculos a esquemas muy básicos, sin matices ni contexto».
Moraleja en forma de fruta
Si algo define a estas historias es que no dejan mucho margen a la interpretación. «Muchas son directamente aleccionadoras», explica. «Transmiten mensajes muy claros: si no cumples ciertos estándares físicos, te abandonan; si no eres lo suficientemente atractiva o joven, eres reemplazable; si disfrutas de tu deseo, habrá consecuencias negativas».
La estructura no es nueva. Lo que cambia es la manera de contarlo y también los medios a través de los que se difunde. Antes fueron cuentos tradicionales. Después, ciertas narrativas del cine o la televisión (¿quien no recuerda cuál era el destino final de las queridas en las telenovelas de los 80, como Cristal?). «El formato es nuevo, pero las historias son las de siempre», resume la sexóloga.
La estética es otro factor clave. Los colores llamativos o las formas redondeadas e infantiles bajan la guardia del espectador. A primera vista pasan por historias dirigidas al público infantil o juvenil. «El cerebro no distingue entre un mensaje transmitido por dibujos o por actores reales. Las ideas llegan igual, pero cuando vienen en formato animado nos parecen menos peligrosas».
Esta idea conecta con lo que en psicología se conoce como transporte narrativo, un concepto desarrollado por investigadores como Melanie Green y Timothy Brock y que viene a concluir que cuanto más nos dejamos llevar por una historia, menos cuestionamos sus premisas.
Relaciones sin matices
Lejos de dejarnos llevar por el mensaje tremendista y el «¡vamos a morir todos!» que suelen suscitar determinadas modas que surgen en Internet, lo que queda claro es que estos contenidos tratan de construir o reforzar un imaginario concreto. «Promueven roles de género muy marcados, presión estética, dinámicas de poder muy claras», explica Lombardía. «Y eso se traduce en relaciones donde la mujer queda en una posición subordinada».
En ese esquema, el deseo femenino no desaparece, pero sí se penaliza. Se convierte en algo que siempre suele desencadenar conflicto, culpa o castigo. Y todo eso se presenta en cápsulas de menos de 60 segundos.

Entretenimiento que «educa»
El consumo rápido juega a favor de ese tipo de mensajes porque el propio diseño de las plataformas dificulta el análisis crítico. Apenas queda tiempo para procesar lo que se acaba de ver.
«Son contenidos que pretenden moralizar, pero desde el entretenimiento», señala la experta. «Y eso los hace más peligrosos, porque no los cuestionamos».
De ahí que a Lombaría como a otros muchos les cueste encontrar su lado positivo. «No creo que aporten nada nuevo. Pero pueden servir como punto de partida si se sacan de ese contexto y se analizan en grupo».