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Hablar sabemos todos, pero ¿y dialogar?

saber dialogar

Hablar parece un acto sencillo que hacemos sin ningún esfuerzo aparente. Las palabras salen de nuestra boca, en la mayoría de los casos, sin que nos demos cuenta. Muchas veces incluso dudamos si nuestro cerebro ha intervenido en el proceso. Las palabras fluyen desde nuestros labios en un torrente incontenido. Porque nos encanta hablar: con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, incluso con desconocidos si se dan las circunstancias propicias.

Somos seres sociables, que necesitamos de la comunicación con otros como parte clave para existir. Necesitamos compartir nuestras ideas, nuestras historias, nuestros pensamientos… ¿o no? Porque ¿qué es lo que verdaderamente nos gusta?, ¿hablar o ser escuchados?

¿Qué es lo que verdaderamente nos gusta?, ¿hablar o ser escuchados?

En los últimos años, es un hecho que cada vez hablamos más. No hay más que ver cómo crece el contenido en redes sociales. Pero la verdad es que dialogamos menos. Para que exista un diálogo es fundamental escuchar. Y eso, lamentablemente, cada día se nos da peor.

Nos gusta escucharnos, pero solo a nosotros mismos. Es la mejor manera de que nadie nos quite la razón. Hablar con nosotros, en un monólogo infinito de afirmaciones. Dialogar con el otro, sin embargo, implica estar dispuestos a asumir que alguna vez no tengamos razón y eso, últimamente, parece que no es de nuestro agrado. Por eso estamos perdiendo nuestra capacidad de dialogar con los demás.

Emitimos palabras que el otro no escucha, porque no está interesado en nuestra historia a no ser que sirva para afianzar la suya propia. Se rechaza sistemáticamente aquella información que difiere de nuestros pensamientos, porque en realidad tenemos miedo del otro. Tememos lo que es diferente, lo que se aleja de nuestra concepción del mundo. Y ese miedo es lo que está matando el diálogo.

Solo cuando se está en un ambiente seguro se pueden mantener conversaciones reales. Para que se produzca un diálogo es necesario que se dé un libre flujo de significados y, la principal barrera para que esto no se produzca es la falta de seguridad.

Normalmente creemos que siempre tenemos la razón y que los demás están equivocados, por eso tememos a las personas que no comparten nuestras ideas. Y entonces solo caben dos tipos de reacciones: huir, encerrándonos en nosotros mismos, sumiéndonos en un profundo silencio; o atacar, combatiendo las ideas de los demás, apostando por la violencia verbal.

Solo cuando estamos en un ambiente seguro podemos hablar de verdad y decir lo que pensamos, sin miedo al otro. Como afirman Patterson et al, en su libro Conversaciones cruciales, el problema no es el contenido del mensaje sino las condiciones de la conversación. Cuando no nos sentimos seguros, no aceptamos ningún tipo de comentario del otro, aunque esté dicho con buena intención.

Tendemos a malinterpretar cualquier intervención que se oponga a nuestras ideas, como si de un ataque personal se tratara. Pensamos que el no estar de acuerdo con lo que decimos supone que la otra persona no nos aprueba, no nos valida como individuo y esto desencadena una reacción en nosotros que impide el diálogo.

Sentirse seguro para poder hablar y decir lo que uno piensa no implica sentirse cómodo

Pero es importante no olvidar que sentirse seguro para poder hablar y decir lo que uno piensa no implica sentirse cómodo. Hay muchas conversaciones incómodas que no nos apetece tener, pero eso no significa que no pueda ser una conversación donde no se pueda expresar la opinión libremente.

Para que se produzca un diálogo en igualdad de condiciones debemos tener en cuenta que no podemos controlar lo que el otro diga, pero eso no implica que ataquemos o huyamos si no estamos de acuerdo o interrumpamos sistemáticamente para anular a la otra persona. Todas estas tácticas son faltas de respeto y, por lo tanto, no crean un ambiente de seguridad donde fluya el diálogo.

Para que se pueda tener una conversación es imprescindible alinear objetivos y mantener un respeto mutuo. Y ese es el gran problema al que nos enfrentamos hoy, la falta de respeto por el otro y por sus ideas, que en muchos casos se oponen a las nuestras, no a nosotros.

Si queremos dialogar tenemos que empezar por observar, por aprender a ponernos en el lugar del otro, a ver la vida a través de sus ojos, a conocer sus razones, lo que no significa darle la razón y enterrar nuestros argumentos. Que no se nos olvide, entender no implica claudicar.  Pero tampoco olvidar que los seres humanos solo percibimos realmente el 5% de las cosas que están ocurriendo a nuestro alrededor. No percibimos la realidad, sino nuestra realidad.

Tenemos una imagen parcial y escuchar al otro nos puede ayudar a entender parte de esa realidad que se escapa a nuestra mirada. Por eso, la próxima vez que deseemos dialogar, no pensemos en nosotros mismos sino en el otro como primera medida para crear un ambiente seguro en el que poder hablar.

Porque el primer paso es poder intercambiar nuestros pensamientos en igualdad. Una fórmula que deberíamos practicar más en el momento en el que nos encontramos, donde el diálogo ha dado paso a la fuerza bruta, y los matones de la clase imponen su voluntad, sordos a las palabras de los demás.

 

Raquel Espantaleón es directora general y de estrategia en Sra. Rushmore.

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