Hubo hip-hop, salsa y trap. También hubo coreografías, vídeos y discursos donde se hablaba de confianza, de dejarse guiar por «el pálpito». Pero, por encima de todo, lo que hubo en el concierto de Nathy Peluso fue cuerpo. La contundencia de la artista argentina no era un vehículo: era el espectáculo mismo. Cada gesto estaba milimetrado, cada cambio de vestuario parecía anunciar una mutación identitaria, cada movimiento de cadera funcionaba como una declaración de intenciones.
Nathy Peluso no solo salía al escenario a cantar: desplegaba una dramaturgia física donde lo musical era inseparable de lo performativo. Lo que el público aplaudía no era únicamente una voz poderosa, sino una presencia sobredimensionada, una bestia humana donde se mezclaba la estrella clásica y lo drag. Sensualidad latina y teatralidad barroca.
Se presenciaba lo que podríamos llamar la era de la diva hiperbólica. Una figura que no solo interpreta canciones, sino que las encarna hasta el exceso. Pero ¿es este énfasis corporal una estrategia artística o una consecuencia del mercado y sus algoritmos? ¿Es emancipación o una nueva forma de disciplina?
Para Oriol Rosell, el cambio de paradigma es evidente. «El reguetón pone el cuerpo en el centro. Y eso incomoda a quien aprendió que la música seria tenía que ser cerebral», arguye el autor del ensayo Matar al papito. Frente al rock —que ligaba autenticidad con introspección, angustia o profundidad lírica—, el pop urbano reivindica el baile, el deseo y la exhibición como espacios legítimos de sentido. «Hay un desprecio cultural hacia todo lo que tiene que ver con el baile y el placer», insiste Rosell. El cuerpo, lejos de ser superficial, es el lugar donde se cruzan identidad, política y mercado.
La diva hiperbólica es heredera directa de la diva pop de los años ochenta —de Madonna y su reinvención constante—, pero es también hija de un mundo globalizado y saturado de imágenes. Como explica la profesora Silvia Martínez, no se trata solo de cantar, sino de presentar un show total: «Las divas han pasado de presentarse a sí mismas a presentar un alter ego», reflexiona la doctora en Educación por la Universidad Complutense de Madrid. Cada disco y gira funcionan como una obra distinta que exige una teatralidad renovada y una provocación diferente. Lo musical puede seguir siendo el centro, pero no es lo primero a lo que accedemos: antes vemos el cuerpo, la estética, la narrativa visual.
Dicha hipérbole corporal es, en parte, evolución histórica. En los noventa dominaba un único modelo: la delgadez extrema, el cuerpo femenino blanco, anglosajón, casi etéreo. Hoy el panorama es más amplio. La entrada en el mainstream del busto latino y afrocaribeño ha desplazado los límites de lo normativo. Las caderas voluminosas, el movimiento pélvico, la musculatura marcada o la exuberancia ya no son periferia. «El cuerpo latino, el cuerpo joven, el cuerpo femenino o queer han entrado en el relato global», incide Rosell.

Una ampliación que no elimina la norma, pero la desplaza. Para Martínez, asistimos a una «cierta democratización del cuerpo», aunque matizada: la hipernormatividad no ha desaparecido, se ha transformado. El exceso (más volumen, más brillo, más sexualidad) se transforma en nuevo código. Lo voluptuoso sigue teniendo una dimensión sexual que dialoga con la mirada masculina, pero ahora se exhibe como orgullo y no como vergüenza. Es una ambigüedad permanente.
Ahí emerge otra pregunta: ¿reapropiación del deseo o nueva forma de control? Martínez lo formula sin rodeos: ambas cosas. Por un lado, hay empoderamiento real. Mujeres que producen sus discos, gestionan su imagen y construyen personajes múltiples. Por otro, el cuerpo hiperbólico exige disciplina. Incluso los cuerpos no normativos se someten a una forma de control que regula gestos, cirugías, entrenamientos, estilismos. La emancipación puede convertirse en un dispositivo más de exigencia.
Rosell aporta otra capa al debate. «Muchas críticas al reguetón son, en el fondo, críticas al cuerpo y a quién tiene derecho a exhibirlo». Cuando alguien tacha el género de vulgar, añade, «se está diciendo que no le gusta cómo se mueve ese cuerpo». El perreo no es solo un baile sexualizado, es una ocupación de gesto político. Caderas que se rozan, pelvis que marcan el ritmo, mujeres que miran amenazantes a la cámara: todo ello altera jerarquías tradicionales sobre quién desea y quién es deseado.
Y genera equívocos. Martínez advierte de que el espectador puede confundir ficción y realidad, interpretar la provocación escénica como modelo relacional. El juego del «te ofrezco y no puedes tenerlo» —tan visible en artistas como Nicki Minaj o Bad Gyal— funciona como inversión de poder, pero también como combustible para dinámicas problemáticas cuando se descontextualiza.
También se palpa la diferencia generacional. Para quienes crecieron en el siglo XX, mostrar el cuerpo implicaba posicionamiento moral. Para las nacidas después de 2000, el cuerpo forma parte natural de la identidad pública. Hay mayor libertad para entenderlo como expresión, aunque conviva con trastornos alimentarios y presiones estéticas intensificadas por redes sociales. El canon no se ha diluido, se ha extremado. Lo que antes era 90-60-90 hoy puede ser un tiovivo de curvas imposibles.
En este contexto, la marca propia (o self-branding, siguiendo la costumbre de sucumbir al término inglés) se convierte en herramienta y riesgo. La diva hiperbólica no solo canta: es un sello, es narrativa, es universo visual. Pero, como apunta Martínez, muchas veces lo que se construye no es la persona sino el alter ego. Ese personaje funciona como protección frente al mercado. En el mainstream, la mutación constante —de estilo, de estética, de relato— es casi obligatoria para sostener la atención. El cuerpo deviene proyecto empresarial.
Rosell lo resume con claridad: «El pop contemporáneo ha entendido que la identidad también se construye desde lo físico, no solo desde la introspección». El cuerpo ya no es lo opuesto al pensamiento, sino su extensión. En el pop urbano, la carne piensa. El sudor argumenta. El baile discute con el folclore. Y el exceso no es capricho, sino lenguaje.
Volvamos al concierto de Nathy Peluso. Cuando su figura se agiganta bajo los focos, cuando alterna vulnerabilidad y arrogancia, cuando sus piernas parecen expandirse hasta ocupar cada rincón del escenario, asistimos a una síntesis de esta época. La diva hiperbólica es teatro, mercado, deseo y estrategia. Es emancipación vigilada y disciplina voluntaria. Es espectáculo y manifiesto.
Quizá la clave no esté en decidir si es liberación o control, sino en asumir su ambigüedad. El cuerpo en el pop urbano contemporáneo es un campo de fuerzas donde chocan mercado, feminismo, tradición y cultura afrocaribeña. En la era digital, la hipérbole es la gramática dominante. Más volumen, más brillo, más dramatismo. A conciencia, sin banalidades. Y detrás, el trap, la salsa o el hip-hop.

