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La gramática como herramienta de poder, eso no lo viste venir

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Todos nos hemos hecho alguna vez esta pregunta delante de un libro de lengua en el colegio: ¿para qué demonios me sirve a mí la gramática si no voy a ser filólogo ni lingüista? Para obtener la respuesta, tendrás que esperar un poco más y seguir leyendo.

A Francisco Escudero Paniagua, filólogo y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, le han hecho cientos de veces esa pregunta. Y decidió que la mejor manera de dar respuesta a ese interrogante era hacer un repaso por la historia de las gramáticas. El resultado es el ensayo Tú a Salamanca y yo a Alejandría (Pie de Página, 2025).

Lo primero que descubrimos en este paseo por la historia es que las primeras gramáticas no fueron prescriptivas, sino que nacieron con otra intención.

«La primera surge en la India, y tiene un motivo principalmente religioso: más o menos, mantener una lengua religiosa», explica Escudero. Se refiere a la que creó Pāṇini hacia el siglo V o VI a. C. conocida como Aṣṭādhyāyī. Sin embargo, el filólogo se salta el orden cronológico para hablar primero de otra más conocida para el mundo occidental, la que escribió Dionisio de Tracia en el siglo II a. C.

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Tanto una como otra se crearon por la necesidad de entender unas lenguas (el sánscrito y el griego de Homero) que ya no se hablaban en el momento de ser escritas. Es decir, eran algo parecido a una herramienta de consulta, como ahora acudimos a un diccionario.

«En su época, el griego clásico de Homero de La Ilíada y La Odisea ya no se hablaba y no se entendía. Así que la gramática era una herramienta para entender todo lo que ponía en esa variedad de lengua ya desconocida. Y lo que querían era entender todo el mundo clásico —recalca el autor del ensayo—. Era realmente filología, es decir, entender la lengua de unos textos antiguos para poder comprenderlos bien, recopilar todo ese saber, hacer buenas traducciones, copiarlas bien, entenderlas, hacer buenos comentarios, una exégesis de los textos».

«Paradójicamente (y hay gente de la filología que no lo sabe), la gramática no nace para decirte “uy, qué bien hablas” o “qué mal hablas”; eso a Dionisio de Tracia le daba absolutamente igual —continúa explicando Escudero—. Él define gramática como lo dicho por los escritores antiguos, especialmente los poetas. No tiene nada que ver con hablar bien, como vemos después, sino entender el pasado y sus textos».

Instrumentos de poder

Pero Francisco Escudero nos revela una intención de las gramáticas en la que nunca habíamos reparado: eran un instrumento que servía al poder. Tal y como escribe en su ensayo, «en época de Quintiliano existía una relación entre la gramática del latín y el poder. La gramática se enseñaba para aprender retórica y la retórica les servía a oradores, intelectuales y políticos para construir sus discursos y persuadir a sus oyentes».

Además, saber latín, estudiarlo y comprenderlo, servía para tener y mantener el éxito y el prestigio laboral y cultural. «Tanto es así que no cesó el estudio de la gramática latina con ese fin hasta muchos siglos después», leemos unos párrafos.

Así pues, «hacer una gramática de una lengua implica que esa lengua tiene prestigio. O, si no lo tiene, se lo quieres dar», aclara el autor del ensayo. Era lo que ocurría con el latín en su momento. Pero Escudero va aún más allá. «El hecho de hacer una gramática de una lengua que no tiene gramática es buscar esa parte del poder. Y puede haber instituciones que favorezcan esa descripción de lengua para aumentar el poder de un estado».

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Porque una lengua no es solo un instrumento de comunicación, es mucho más. El hecho de gramaticalizarla es darle un estatus de privilegio, con todo lo que eso supone: marca unidad nacional, da consistencia a la idea de nación o de estado, se la considera apta para ser enseñada en las escuelas y a los extranjeros, para ser usada en la Administración… «Es decir, hay un aparato de poder ahí y también de contrapoder. Hay gramáticas que se hacen para reivindicar lenguas minorizadas como contrapoder, para cambiar la situación».

Y eso puede producirse antes o después de obtener ese privilegio: «como ya tiene prestigio, se hace una gramática (eso le pasó más o menos al castellano). Y al revés, no lo tiene y voy instaurándola para que vaya cogiendo reconocimiento, como suele pasar con lenguas minoritarias o minorizadas, como el euskera, el catalán en su momento. Y con el asturiano y el aranés». Por tanto, concluye el filólogo, «la gramática se usa para defender cierta manera de ver el mundo y reivindicar lenguas. Y para fijar lenguas».

Palabra (pura) de dios

Otra forma de poder es la religión. Muchos de esos credos tenían el objetivo de mantener intacto el mensaje divino, y para eso era fundamental conocer y entender su lenguaje para poder expandir por el mundo su palabra. Mucho más cuando esa palabra de los dioses iba quedando atrás en el tiempo.

«Eso también tiene que ver con el poder. Si tú tienes un texto sagrado bien definido, bien comentado, para poder acceder a esa palabra de Dios que cada vez va quedando más atrasada en el tiempo, necesitas conocer bien ese texto, necesitas esas herramientas para entenderlo. Y al final, tu interpretación del texto puede predominar, y eso, dentro de círculos políticos, también es interesante. Podemos pensar en las guerras de religión del siglo XVII, por ejemplo; o las diferentes vertientes dentro del islam, etc.».

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Luego, cada religión tendrá sus propias motivaciones para mantener puro su idioma. Para el islam, el objetivo era mantener la pureza del mensaje de Alá. De ahí que se evite traducir el Corán, porque una traducción se considera una interpretación; ya no es la verdadera palabra divina, la que él dio a su profeta directamente. Una motivación parecida (la pureza) fue la que movió a Pāṇini para escribir su gramática. Él describió el sánscrito, que era la lengua con la que se hacían los ritos sagrados. Por tanto, para él era importante saber cómo se pronunciaba aquello, qué frases había que utilizar en los diferentes contextos porque era imprescindible para saber qué clase de relación entablar con su dios.

Sin embargo, el cristianismo dio más importancia a la difusión de la palabra divina y no tanto a su pureza. Por eso, cuando los primeros religiosos llegaron a América, tuvieron más interés en entender la lengua de los nativos que en imponer la suya, porque hablar su mismo idioma les servía mucho mejor para transmitir la palabra de Dios.

De aquellos polvos, estos lodos

Ese espíritu de poder, aunque matizado, sigue pesando aún en las gramáticas actuales. «Si vamos a la gramática que la RAE publicó en 2009, sí tiene una ideología. No en el sentido de derechas o de izquierdas, pero sí una manera de ver el mundo, de entender cómo debe ser y cómo construirlo. Ahí se ve la idea del panhispanismo, la idea de que no existe una variante mejor que otra, que todas son respetables…», comenta Francisco Escudero. Y matiza acto seguido: «También hay que ver cómo se hace, cómo se lleva a cabo».

Porque para crear una gramática, en este caso del español, se recurre a corpus escritos y, en ese sentido, pueden verse infrarrepresentadas otras variantes que no han sido documentadas con tanta frecuencia como el español de España, como podría ser el caso del español de Guatemala, o de Guinea Ecuatorial o de Filpinas, entre otras. «Ahí también se ve la idea de poder, en la representación de los ejemplos. No es ideología, pero cómo está conformado el mundo determina, en parte, cómo vamos a describirlo, porque vamos a tener más datos de un lado que de otro».

Lo cierto es que no hay que olvidar que las gramáticas son una herramienta, pero también un producto cultural. Y en ese sentido, no todas las sociedades han necesitado una, por las razones que sean.

La importancia de Nebrija y su gramática

En su ensayo, Francisco Escudero dedica un capítulo a destacar y analiza la importancia de Elio Antonio de Lebrija o Nebrija, como es más conocido. Nebrija ya era un experto estudioso de la gramática latina y en esa lengua centró todo su interés. Era la que hablaban los clásicos y en la que estaban escritas las grandes obras literarias de la antigüedad. También era la lengua de la Biblia, la palabra de Dios, por eso era fundamental estudiarla y comprenderla a la perfección.

Entonces, ¿por qué se le ocurre la peregrina idea de crear una gramática de un idioma como el castellano, tan poca cosa al lado del latín? Y si las gramáticas del griego, del latín, del hebreo, del árabe clásico se utilizaban para entender lo que se había dicho tantos siglos atrás, ¿para qué necesitaba nadie entender una lengua que ya se hablaba? Una lengua, además, que hablaba también un campesino, por ejemplo, frente a la que hablaron Cicerón y César.

Porque «Nebrija pensó que aprender primero la gramática de la lengua que ya conocemos podía ser bueno para luego estudiar la gramática latina con más facilidad. En otras palabras, si aprendes la gramática de tu lengua, te será más fácil después estudiar la gramática de otra lengua por comparación», escribe Escudero en Yo a Salamanca y tú a Alejandría.

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Él puso la excusa de que lo hacía para que a los no hablantes de castellano les resultara más fácil aprenderlo. De hecho, «en realidad no hizo una gramática, sino dos: una para hispanohablantes y otra para extranjeros no hispanohablantes», aclara.

«Tuvo mucha osadía. Lo que quería, en realidad, era favorecer el estudio del latín, pero a nadie se le había ocurrido dedicar tiempo y esfuerzo en hacer una gramática en castellano. Y lo hizo muy bien. Él añadió clases de palabras, por ejemplo. No hizo una traducción de una gramática del latín. Se tuvo que sentar y observar cómo se hablaba el castellano, y eso no es fácil. Hacer una gramática casi por entero basada en lo oral es muy complicado». Además, añadió una sintaxis, algo que las gramáticas de la época no hacían por considerarlo demasiado complejo.

La suya, al igual que las anteriores, tampoco tenía una intención prescriptiva, sino descriptiva. «Describían un estado de lengua y, en cierta manera, pretendían fijarlo. Tenía una función propedéutica: enseñanza para extranjeros, fijar la lengua, intentar que no evolucionase». Porque Nebrija consideraba que el castellano que se hablaba en su tiempo ya había llegado a lo más alto, era imposible que se hablara mejor. Por eso había llegado el momento de que quedara descrito, porque a partir de ahí solo llegaría su deterioro.

Entonces, ¿para qué sirve la gramática?

Llegados a este punto, toca responder a la pregunta inicial: ¿para qué demonios sirve una gramática?

Escudero enumera una lista de utilidades en el epílogo de su ensayo. No vamos a hacer un destripe ahora de lo que allí cuenta, pero sí dejaremos caer algunas ideas de sus posibles bondades. Lo primero que hay que entender, sugiere el filólogo, es que «cada sociedad le ha dado una utilidad, y que existe la gramática porque es útil». Ya, pero eso, pensarás, no es decir mucho. Ahí va otra idea:

«A todo el mundo le puede servir saber de gramática —por lo menos la gran variedad y la complejidad que tiene—, primero para valorar la diversidad lingüística. Es decir, entender que unas lenguas y otras no son más o menos importantes por el número de hablantes o por la gramática que tiene o que no tiene. Que Nebrija fuera el primero en hacer una gramática castellana no implica que el castellano fuera la mejor lengua de todas las que surgieron del latín, ni muchísimo menos».

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Glosario de términos gramaticales. @RAE

Él recomienda entender que las gramáticas son herramientas y que las necesitamos de todas las lenguas posibles y de todas sus variedades. ¿Para qué tanto empeño?, dirás. Para algo tan elemental como que Alexa entienda, por ejemplo, a un extremeño con el acento más cerrado del mundo. O lo que es lo mismo, para que las inteligencias artificiales entiendan y respeten tu forma de hablar.

«Es importante entender que la gramática puede ser un sistema que tenemos en la cabeza, un conjunto de reglas que tenemos dentro de nosotros. Eso es una parte fundamental que nos hace seres humanos, nos define de alguna manera —añade Escudero—. En relación con esto, nuestras lenguas también nos identifican. Las gramáticas nos definen por dentro y por fuera; por dentro y en comunidad».

Y remata: «Las gramáticas tienen un fin, una utilidad. Desde su origen, cada sociedad ha tenido la suya como respuesta a un interés. A unos, para difundir la palabra de Dios. Para otros es su herramienta de trabajo (periodistas, traductores…). Puede ser útil en las escuelas para fomentar la introspección, entender a organizar y entender el mundo en que vivimos, como lo hace la física, por ejemplo. Otros usan la gramática para que su lengua no se pierda. O para entender mejor el cerebro humano. En resumen, las gramáticas sirven para algo y cada quien decide para qué».

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